El vidrio de abajo

Aurelio Dufau subió con una botella vacía de Hesperidina envuelta en un repasador, para que no sonara contra la mochila. Tenía setenta y cuatro años, una rodilla que le avisaba cuándo iba a llover y un permiso de la guardia del Parque Lítico que había conseguido a fuerza de insistir: media hora en la cima, un martes de octubre, antes de que abrieran.

Había sido guía en el Cerro La Movediza durante treinta y un años. Se sabía los escalones de memoria, incluso los que habían puesto después, cuando hicieron el circuito de bajada y el deck de madera. Se sabía también la frase que les decía a los turistas frente a la réplica, siempre la misma, con el mismo tono de quien cuenta algo gracioso: «Antes se movía. Ahora no. Pero la vista sigue igual».

La vista, en efecto, seguía igual. A esa hora el cerro tenía el color de un pan duro, y abajo Tandil era un tablero de techos con humo de panaderías. Aurelio apoyó la mano en la piedra de resina y fibra, fría, lisa, perfecta en el peso que no tenía.

—¿Se le perdió algo, don?

Era una chica con el chaleco verde del parque y un termo bajo el brazo. Veintipico de años. En la credencial decía Luciana.

—Estoy de visita —dijo Aurelio—. Trabajé acá.

—Ah, usted es el Dufau. Me hablaron. —Se sirvió un mate cocido y no le ofreció, porque en la cima no había dónde apoyar nada—. Dicen que sabía todas las historias.

—Sabía las que me contó mi abuelo.

Faustino Dufau había sido guía cuando la piedra todavía estaba entera, antes de 1912. Llevaba a los visitantes del pueblo hasta arriba en jardinera y después a pie, y para probarles que la Movediza se movía hacía lo que hacían todos los guías: metía una botella por el cuello entre la roca y el cerro, empujaba con el hombro, y la botella estallaba con un chasquido seco. Los visitantes aplaudían. Con los años, decía Faustino, debajo de la piedra se juntó una cama de vidrio de todos los colores, y a la tarde, con el sol bajo, brillaba como si el cerro tuviera los ojos abiertos.

—Cuando era chico yo le pedía que me dejara tirar una —contó Aurelio—. Me decía que la piedra ya no estaba, que se había caído un año bisiesto, y que a los que se quedan sin la cosa no se les presta el gesto. Me crié con esa botella pendiente.

—¿Y trajo una.

—Una de Hesperidina, la que tenía en casa. —Sacó el bulto del repasador—. Pensé que si la ponía abajo de la réplica, aunque sea una vez, iba a escuchar el chasquido. Treinta y un años contándoles a los chicos lo que hacía mi abuelo y yo nunca lo hice.

Luciana miró la base. La réplica estaba anclada sobre una placa, justo en el lugar donde había estado la original, con la misma forma y el mismo color. No había hueco. No había dónde meter ni un dedo.

—No entra —dijo ella—. Lo sabe.

—Lo sé. Lo supe en la escalera. —Aurelio se rió por la nariz, sin ganas—. Qué viejo pelotudo. Subir hasta acá para eso.

Luciana se quedó mirando la botella, el cuello verde oscuro, la etiqueta casi borrada. Después miró hacia abajo, a la ladera donde el cerro se pone empinado y entre los pastos, lejos de la cima, quedan tirados los tres pedazos de la caída verdadera.

—Yo entro a las diez —dijo—. Tengo veinte minutos de ventaja.

—¿Para qué?

—Para que me muestre dónde cayó. Siempre me preguntan y yo solamente sé lo que dice el cartel.

Bajaron por las escaleras largas, despacio, por la rodilla de Aurelio, hablando poco. Él le fue señalando cosas sin darles importancia: dónde paraba la jardinera, dónde se sentaba su abuelo a fumar, la grieta por donde se colaba el viento del sudoeste. Cuando la ladera se acabó de ponerse áspera, se desviaron entre los pastos hasta uno de los pedazos, enorme, redondeado, gris con manchas de líquen naranja, más grande que la camioneta del parque.

Era piedra de verdad. Aurelio la tocó con las dos manos. Estaba tibia donde le daba el sol de la mañana.

—Mirá —dijo Luciana.

A los pies de la roca, medio hundidos en la tierra, asomaban unos fragmentos de vidrio: uno verde, uno ámbar, uno turquesa gastado hasta quedar opaco. Habían rodado cuesta abajo con el derrumbe y se habían quedado ahí, más de cien años, esperando que alguien se agachara.

Aurelio se agachó. Le crujió la rodilla y no le importó. Levantó el pedacito turquesa, lo sostuvo contra la luz, y se lo dio a Luciana.

—Para la guía nueva. Que sepa de qué se trata.

Ella lo guardó en el bolsillo del chaleco sin decir nada.

Después Aurelio buscó el hueco entre el pedazo grande y el suelo, donde la tierra había cedido y quedaba una boca oscura, del ancho justo. Metió la botella de Hesperidina, con el cuello hacia afuera, apenas inclinada, y la acomodó con piedritas para que aguantara.

—No la rompo —dijo—. Mi abuelo tenía razón. A lo que ya se cayó no se le presta el gesto.

Se incorporaron. Arriba se oyó una camioneta, la guardia abriendo el portón. El viento del sudoeste subió por la ladera, rozó la roca, y pasó por la boca de la botella.

Sonó una nota larga y grave, sin chasquido, como alguien que contesta desde muy abajo. Aurelio y Luciana se quedaron quietos hasta que terminó.

—Piedra que late —dijo ella, bajito.

Aurelio no respondió. Le temblaba apenas la mano, y la dejó apoyada sobre la roca.

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