Veintiocho horas de leña

El camión de los raídos entró al patio a las seis de la tarde, con el sol bajo y colorado sobre la tierra colorada, y Tomás Zaluski entendió que su abuelo no iba a volver a tiempo.

Wasyl se había quebrado la cadera el martes, bajando del tractor, y desde entonces dormía en el hospital de Apóstoles con una sonda y el rosario de la vecina enroscado en la baranda de la cama. Esa mañana Tomás lo había ido a ver antes de la escuela. El viejo le agarró la muñeca con una fuerza que no parecía de cama.

—El camión llega hoy —dijo—. Esa yerba se zapeca antes de las veinticuatro horas o se pierde. Después va al barbacuá y el fuego no se apaga. Veintiocho horas, Tomás. Ni una menos.

—Mi mamá dice que llame a don Ferreira, el del secadero grande.

—Don Ferreira tiene cinta transportadora y termómetro. Yo tengo esto.

Y se tocó la nariz con dos dedos.

Ahora el camión resoplaba en el patio y los tareferos bajaban los raídos de a dos, grandes bolsones de lienzo atados por las cuatro puntas, cada uno de cien kilos de hoja verde que todavía olía a monte mojado. El capataz le puso el papel del pesaje en la mano y se quedó mirándolo.

—¿Y tu abuelo?

—Viene más tarde —mintió Tomás.

La mamá estaba en el hospital y el papá en Buenos Aires hasta el domingo. En el patio quedaban la perra, el galpón de chapa, el barbacuá con su techo cónico, y un chico de trece años con las manos todavía manchadas de tinta de la escuela.

Primero el sapeco. Eso lo había visto cien veces: las hojas pasadas por las llamas treinta segundos, el crepitar que parece de granizo sobre chapa, el olor que de golpe deja de ser a hoja verde y empieza a ser a otra cosa. Lo hizo con Beto, el peón, que se fue a las nueve diciendo que su señora lo esperaba y que «el viejo lo hacía solo, pero el viejo es el viejo».

Después la yerba sapecada subió al zarzo, esa grilla de varas por encima de la hornalla, y quedó tendida como una alfombra seca y pálida. Abajo, en el túnel de ladrillo, el fuego. Wasyl le había enseñado la regla en voz baja, de chico, sin darle importancia: leña dura y seca, eucalipto, lapacho si hay. Nunca pino. El pino llora resina, la resina huele, y la yerba se acuerda para siempre.

A las once Tomás ya había acomodado tres veces los troncos. A medianoche comió una galleta con dulce de leche, parado, mirando el fuego. A las dos escuchó el zarzo. Tenía un ruido, un tic tic muy flaco de hoja que se seca, y se puso a contarlo para no dormirse. Contó hasta ochocientos. Después contó otra vez.

Cuando abrió los ojos estaba sentado en el piso del galpón con la espalda contra un tronco, y la luz era distinta. No era la del fuego. Era gris, de antes del alba.

Se levantó de un salto. Metió la cabeza en el túnel. Brasas. Unas pocas, rojas, pequeñas como ojos de bicho, y nada más. El aire que subía al zarzo estaba tibio y ya no caliente.

Corrió al montón de leña. Lo de arriba estaba mojado por la llovizna de la madrugada. Al fondo, contra la pared, había un cajón de pino partido que el papá había juntado para el horno de barro. Seco, resinoso, listo para prender en un segundo.

Se quedó parado con un tronco de pino en cada mano. Casi lloró. Después se acordó del dedo de su abuelo sobre la nariz.

Los dejó en el piso. Con el cuchillo fue sacando de los troncos mojados la corteza húmeda hasta llegar a la madera clara de adentro, que todavía estaba seca. Hizo astillas finas, las apoyó sobre las brasas, y se agachó a soplar. Una vez. Dos. Diez. Se le nubló la vista y el humo le pegó en los ojos, pero a la quinta ronda una de las astillas se prendió, azul y torcida, y después otra.

No tuvo fuego hasta las siete. No tuvo fuego como el de su abuelo hasta las nueve. Se quedó con los antebrazos negros y las cejas chamuscadas, y la perra lo miraba desde la puerta con cara de reproche.

A las diez y media sonó el celular. Era la mamá, con la voz del abuelo detrás, cascada, cerca del tubo.

—Dice que te pregunte a qué huele.

Tomás cerró los ojos. Se acercó al zarzo, agarró un puñado de yerba, lo apretó entre los dedos. Crujió.

—A pan quemado —dijo—. Un poco. Y a humo de leña. Y nada más.

Del otro lado hubo un silencio largo, de hospital.

—Eso es —dijo Wasyl—. Eso es, nene. Yo a veces me duermo también.

Tomás cortó la comunicación. Se sentó junto al túnel con la hoja tostada todavía en la mano. Se la llevó a la boca, la masticó despacio y le supo a tierra colorada, a humo, a madrugada. Faltaban diecisiete horas. Fue por otro tronco.

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