La lata de Gwenda

La lata estaba en el estante de arriba de la alacena, detrás de los frascos de dulce de cereza, y Ifor Hughes la bajó con las dos manos, como si pesara más de lo que pesaba. Era una lata de galletitas con un velero pintado en la tapa. El velero ya casi no tenía mástiles. Le habían quedado sin color de tanto abrir y cerrar.

Afuera, en Gaiman, el viento del oeste le sacudía las ramas a los álamos de la calle 9 de Julio. Era un martes de octubre, a media mañana, y el río Chubut pasaba marrón y ancho detrás de las chacras.

Lo esperaba su nieta Carina en la mesa de la cocina, con la libreta abierta y una birome mordida en la boca. Tenía veintiséis años, un casamiento fijado para el primer sábado de febrero y la idea fija de hornear ella misma el piso de abajo de la torta, como había hecho su abuela Gwenda en 1969.

—Ya probé cuatro veces —dijo Carina—. Me sale rica, abuelo, pero no me sale la de la abuela. Te juro que sigo la receta del cuaderno al pie de la letra.

—El cuaderno lo escribió tu bisabuela para que no se le olvidara a ella —dijo Ifor—. No para que se lo entendiera otro.

Puso la lata sobre la mesa y la abrió con la uña. Adentro, envuelto en papel manteca amarillo y en un repasador que ya no tenía dibujo, había un pedazo de torta negra del tamaño de una caja de fósforos grande. Olía a fruta vieja, a especias, a algo que no era del todo dulce. Olía a ropero.

—¿Eso es de tu casamiento? —preguntó Carina.

—Eso es lo que queda del piso de abajo. La tradición dice que se guarda en una lata, y que cada aniversario el matrimonio come un trozo. Nosotros comimos uno todos los años, el 18 de octubre, hasta que ella se murió. Después seguí yo solo, un poquito, para no cortar la costumbre. —Se quedó mirando el papel—. Hoy cumplíamos cincuenta y siete.

Carina dejó la birome. Nadie dijo nada. En la cocina se escuchaba la heladera y el viento que le pegaba a la ventana.

—Me queda un solo pedazo —siguió Ifor—. Lo venía guardando. No sabía para qué, y ahora sí sé.

—No, abuelo. Ese es tuyo.

—Es de los dos, y ella no está. Mi parte me la como en febrero, en tu casamiento, con la torta nueva al lado. Lo que te toca a vos es probar esto con la lengua y decirme qué tiene. Yo no te lo puedo decir. Nunca me dejó mirar cuando la hacía.

Carina se acomodó el pelo detrás de la oreja. Con el cuchillo chico, del que usaban para la manteca, cortó una lasquita finísima de la punta. La masticó despacio, con los ojos al techo, igual que Gwenda cuando probaba la sal del guiso.

—Tiene té —dijo por fin—. Las pasas están remojadas en té, eso ya lo hago. Pero esto es otra cosa. Es té frío. Té de ayer.

—¿Cómo sabés que es de ayer?

—Porque es un té cansado. Tiene el gusto que queda en la tetera cuando se la deja con la funda puesta toda la noche. —Se rio, sorprendida de sí misma—. Mi mamá lo tiraba siempre. Se enojaba porque a la abuela le molestaba que lo tirara.

Ifor se tapó la boca con la mano. Se acordó de pronto de una madrugada de los años setenta, de Gwenda parada en bata frente a la tetera vestida con su abrigo de lana colorado, vaciándola despacio en un jarro de loza. «Esto no se tira, Ifor», le había dicho. «Esto es lo que lo hace durar.» Él se había dado vuelta en la cama pensando que era una manía de galesa y se había dormido otra vez.

—¿Y cuánto té? —preguntó.

—Eso no te lo puedo decir hasta que lo haga. —Carina anotó algo al margen de la libreta, con letra apretada—. Pero la fruta tiene que pasar la noche entera, no unas horas. Y es té de la tarde anterior, no del desayuno. Por eso el cuaderno nunca dice nada: la abuela no lo consideraba un ingrediente. Lo consideraba la sobra del día.

—La sobra del día —repitió Ifor.

Carina cortó otra lasca, más chica, y se la acercó sobre la hoja de cuchillo. Él la agarró con dos dedos y se la puso en la lengua. Era seca y compacta, con un fondo de clavo y de pimienta de Jamaica, y en el medio, tibio todavía de alguna manera, ese gusto que había tomado durante cincuenta y siete años sin ponerle nombre. Té de ayer. Tardes enteras de una mujer a la que le alcanzaba lo que había en la casa.

—Es esto —dijo.

—Es esto —dijo Carina.

Envolvieron lo que quedaba en el papel manteca, con el repasador por arriba, y volvieron a cerrar la lata con el velero sin mástiles. Ifor la dejó en la mesa, al alcance de la mano, y no en el estante.

Esa tarde, a las cuatro, Carina puso a calentar la pava en la cocina de su abuelo. Armó el té negro en hebras en la tetera de porcelana y la cubrió con la funda colorada que había tejido Gwenda. Se sentaron a tomarlo, con pan y manteca salada, y cuando las tazas quedaron vacías ella no vació la tetera. Le dejó el resto adentro, tapada, para mañana.

Ifor miró cómo el vapor se iba apagando bajo la lana y pensó que, por primera vez en tres años, la casa tenía algo guardado para el día siguiente.

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