A las nueve menos diez, en el predio Simeón Nieva, Rubén Albornoz acomodó el cuchillo a la derecha de la tabla y después lo volvió a acomodar. Casi treinta mesones en fila, un horno de barro humeando detrás de cada uno, olor a leña de algarrobo mezclado con el de la grasa que alguien ya estaba derritiendo. Caía una llovizna finita que no mojaba pero se metía en la masa. En el mesón de al lado, una mujer de La Rioja, con un pañuelo celeste en el pelo, pasaba la mano por la harina como quien alisa una sábana.
Rubén tenía cincuenta y ocho años, una camisa planchada de más y el cuaderno de Marta guardado en el bolsillo de atrás. No lo había abierto. Se lo sabía de memoria, o creía sabérselo: matambre hervido cuarenta minutos, cortado a cuchillo, nada de moler; cebolla blanca rehogada con pimentón y comino; verdeo al final, con el relleno ya frío; huevo duro. Marta había salido subcampeona hacía cinco años y cada septiembre decía que la próxima iba a ser la vencida. La próxima fue la que no llegó.
—¿Es la primera vez? —le preguntó la riojana, sin mirarlo.
—Se nota.
—Se nota en el cuchillo. Lo agarrás como si fuera a morderte.
Rubén aflojó la mano. Sonó el aviso del locutor y el predio entero bajó un cambio. Nueve de la mañana. Había que amasar delante del jurado, cortar delante del jurado, cocinar en horno de barro delante de diez excampeonas que ya estaban sentadas con sus planillas, serias como escribanas.
La masa le salió bien. Eso lo sorprendió: harina, grasa de pella, agua tibia con sal, sobada hasta que dejó de pegarse a los dedos. La dejó descansar y se puso con el matambre. Dados chicos, parejos. Marta los hacía del tamaño de una uña de meñique, y él los fue calibrando contra la suya, que tenía una cicatriz de cuando se cortó con una chapa en el taller. Rehogó la cebolla despacio. El comino le subió a la nariz y de golpe estuvo en su cocina de la calle Lavalle, un domingo cualquiera, con el cuaderno abierto y Marta diciéndole que no mirara tanto el reloj, que la empanada se hace cuando está.
Estiró los discos. Once centímetros, ni uno más, porque en esos once cabían los trece repulgues. Trece, uno por cada apóstol y uno por Jesús. Eso lo sabía cualquiera en Famaillá. Lo que no sabía cualquiera, lo que sabía él solo y por eso le sudaban las palmas, era que Marta cerraba los primeros doce de una manera y el último de otra. Los doce los había visto mil veces: pellizco, doblez, pellizco. El trece lo hacía de espaldas a él, apurada, con un movimiento del pulgar que nunca alcanzó a ver, y después ponía la empanada en la asadera y decía «listo».
Llenó el primer disco. Cerró. Uno, dos, tres. Tenía el ritmo; las manos se acordaban solas. Hizo seis empanadas con doce repulgues perfectos y el último cerrado a la fuerza, un pliegue gordo y sin gracia, como una costura de zapatero. Las miró alineadas sobre la tabla. Cinco minutos para entregarlas.
—Ese es el que te falta —dijo la riojana.
Rubén no contestó. Le temblaba el pulso, por primera vez en toda la mañana.
—Mi suegra hacía uno distinto —siguió ella, y mientras hablaba cerraba una empanada propia, sin mirarla—. Nunca me lo enseñó. Me lo dejó en las manos cuando se murió. No sé explicártelo. Un día lo hice y estaba hecho.
—Mi mujer —dijo Rubén, y se detuvo. No hacía falta el resto.
La mujer asintió. Después, sin sacarse el pañuelo ni dejar de amasar, agregó:
—Hacé la séptima de nuevo. Pero no pienses en cómo. Pensá en dónde estaba ella cuando la cerraba.
Tomó un disco nuevo. Lo llenó. Cerró los doce, rápido, y llegó al último. Se quedó con el borde entre los dedos. Pensó en Marta junto a la mesada, de espaldas, con el delantal de lunares y la radio puesta bajito, la cabeza un poco ladeada hacia la ventana como si el patio le contara algo. Era eso. No miraba la empanada. Miraba hacia afuera, con la mano trabajando sola.
Rubén levantó los ojos hacia la llovizna. Y el pulgar hizo un movimiento corto, hacia adentro y hacia arriba, que dejó en el borde una marca chiquita, como una media luna.
Bajó la vista. Trece. Simétrico con los otros, o casi: la media luna le daba una gracia torcida que ninguna planilla iba a saber puntuar.
Hizo las otras cinco igual. Entregó a tiempo, con las manos en la espalda para que nadie las viera temblar. En el horno de barro, diez minutos, que a Rubén le parecieron una misa entera. Cuando las sacaron, doradas, con el jugo asomando apenas en la base, el aroma le cerró la garganta.
No ganó. Ganó una cordobesa a la que nadie conocía, y él quedó lejos de la lista de los primeros. El jurado le dijo, con amabilidad, que al relleno le faltaba un poco de caldo. Rubén asintió. Dio las gracias. Después caminó hasta el fondo del predio, donde la lluvia había dejado charcos entre los gazebos, y sacó del bolsillo la séptima empanada, la que había guardado envuelta en una servilleta de papel.
Le dio un mordisco. Estaba tibia. El jugo le bajó por la muñeca. Tenía el comino de Marta, la cebolla de Marta y una falla en el caldo que era toda suya.
Miró el borde, la media luna del pulgar, y siguió comiendo despacio, de pie, mirando hacia afuera.
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