El flete llegó a las nueve y se estacionó en doble fila sobre la avenida Boedo, con las balizas puestas. Ceferino Lagos lo vio por la persiana a medio levantar y siguió enhebrando el cable del calentador en el enchufe del fondo, como si el camión fuera un vecino que pasaba a preguntar la hora.
—Ceferino, tenemos que dejarlo libre antes del mediodía —dijo Luciana desde la puerta—. El del flete cobra por hora y los muchachos ya están con las fajas.
—Una hora —dijo él—. Pagué cuarenta años de alquiler en este fondo. Una hora me deben.
Luciana tenía veintiocho años, una imprenta de tipos móviles en Villa Crespo y un cheque firmado que ya estaba en el cajón de la mesa de armado. Había venido tres veces en el mes a mirar la linotipo, a pasarle la mano por el flanco de hierro verde, a preguntar cómo se llamaba cada cosa. No era mala. Era joven, que es distinto, y tenía prisa por salvar algo que a él le había tocado ver apagarse despacio.
La máquina llevaba quince años sin fundir una línea. Ceferino había bajado dos lingotes de plomo de la pila que quedaba junto a la pared, grises, con una capa blanca de óxido que raspó con la cuchara. Los echó en el crisol. Después hubo que esperar. El plomo tarda en entregarse: primero el olor, ese olor a metal tibio y aceite viejo que le volvió entero a la nariz, y recién después el brillo, un espejo chico y quieto en el fondo.
—¿Qué vas a componer? —preguntó Luciana, sentándose en el banquito de los aprendices.
—Una sola línea.
—¿Cuál?
—La primera.
En 1968 él tenía dieciséis años y llegó a este taller de los fondos de un pasillo de Boedo, con una carta de la parroquia y los zapatos del padre. Don Fainberg le dio una escoba durante seis meses. Un martes de lluvia le dio por fin el teclado y un papel escrito a mano: un aviso para la sección de clasificados de un diario de barrio. Se alquila pieza amueblada a señorita sola, calle Castro Barros, tratar en el lugar. Noventa teclas, una por una, y Ceferino las apretó con un dedo cada vez, sin respirar, mientras las matrices de latón bajaban del almacén como hormigas en fila.
Se sentó ahora frente al teclado. El asiento tenía la forma de su espalda, o su espalda la del asiento; ya no se sabía quién había cedido primero. Probó. La primera matriz cayó con el clac seco que él tenía guardado en alguna parte del cuerpo. La segunda, también. A la altura de la palabra señorita se trabó.
—La eñe —dijo, sin darse vuelta—. Siempre fue la eñe.
Agarró el destornillador de mango de madera, el que colgaba de un clavo desde hacía medio siglo, y le dio dos golpecitos al costado del almacén. La matriz bajó con desgano. Luciana se rio sin querer y se tapó la boca.
—Perdón.
—Reíte. Es lo que hacía Fainberg.
Terminó la línea. Faltaba la palanca. Ceferino apoyó la mano izquierda en el hierro, que ya estaba caliente, y esperó a que el plomo diera la señal. Desde la calle llegó un bocinazo corto y después la voz de un muchacho que preguntaba si faltaba mucho. Luciana se paró.
—Un minuto —dijo ella, hacia afuera. Y a él, más bajo—: Tomate el tiempo que necesites.
Tiró de la palanca. El molde avanzó, el plomo corrió por la ranura, y hubo ese ruido que ninguna otra máquina hace, un resoplido contenido, como de animal grande que se acuesta. La línea cayó en la bandeja. Ceferino la levantó con dos dedos y la sopló. Estaba tibia, con las letras al revés, de derecha a izquierda, tal como se leen en el metal. Él las leyó de corrido, igual que a los dieciséis.
—Se alquila pieza amueblada a señorita sola —recitó, dándola vuelta bajo la luz del fondo—. Mirá el error.
—No veo ninguno.
—Ahora no. El de entonces. Fainberg lo vio cuando ya estaba el diario impreso. Dos mil ejemplares con un aviso que mandaba a la gente a la casa equivocada, porque yo había puesto 1140 en lugar de 1104. Y esa semana, en el 1140, un caballero muy serio abrió la puerta y se encontró con una chica de pelo corto, con una valija, diciéndole que venía por la pieza.
Luciana esperó.
—Esa chica era la Nené —dijo Ceferino—. Volvió al taller al otro día, a preguntar quién era el animal que había compuesto el aviso. Y el animal estaba ahí, con la escoba.
Se quedó mirando la línea. Afuera el motor del flete volvió a ponerse en marcha y se apagó. Alguien había decidido esperar.
—Nos casamos en el setenta y cuatro —siguió—. La invitación también la compuse yo, de noche, a escondidas del patrón. Cincuenta y dos años. Y ahora el aviso lo compuse bien.
—¿Por qué bien?
—Porque se lo debía a la pieza.
Dejó la línea sobre la mesa de armado, al lado del cheque. Con el trapo se limpió los dedos, uno por uno. Después apagó el calentador y le puso la mano abierta a la máquina en el lomo, un segundo, como se hace con los caballos antes de entregarlos.
—Llevátela —dijo—. Pero tratala bien. Es de las que se enojan.
—Te la va a cuidar mi viejo, que fue gráfico —dijo Luciana—. Y la línea, ¿la querés?
—La línea me la llevo yo.
La envolvió en un papel de diario, la guardó en el bolsillo de la camisa y salió a Boedo, donde el sol de las diez pegaba en las persianas de la vereda impar. Los muchachos del flete entraron al taller con las fajas. Atrás de él, la linotipo empezó a moverse por primera vez en medio siglo, y el plomo todavía tibio le calentó el pecho a la altura del corazón, hasta la esquina.
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