Doce centímetros

El Aldebarán entró a la bahía con el sol todavía bajo, ese sol de fines de octubre que en Ushuaia no calienta pero ilumina hasta el último clavo. Nelly Cárdenas llevaba el timón con una mano y con la otra se sostenía el termo contra la panza. Atrás, en la bodega, iban cuarenta y tres centollas macho y un silencio que le pesaba más que ellas.

Hacía dos meses que Aníbal no subía a bordo. Lo había reemplazado un pibe de Río Grande, Lucio, que vomitó hasta pasar la primera boya y después aprendió a coser malla sin quejarse.

—¿Es acá? —preguntó Lucio, mirando el muelle artesanal.

—Es acá. Y agarrá el cabo, que no es de adorno.

Amarró con dos vueltas y un seno. Sabía lo que mandaba la norma: carga a bordo, control antes de soltar nada, nadie toca nada hasta que el inspector firme. Lo sabía de memoria, porque Aníbal se lo repetía cada vez que volvían.

Arriba esperaba la inspección. No era el de siempre. Era una chica joven, con campera naranja de la provincia, una tablet en una mano y un calibre digital colgado del cuello con un cordón. Se presentó: Agostina.

—Buen día. Control de desembarco. ¿Me abre la bodega?

Nelly abrió. Agostina bajó con cuidado, miró el hielo, las patas largas y rojizas cruzadas unas sobre otras. Empezó a medir. Una, otra, otra. Machos todas, de trece, de trece y medio, de catorce centímetros de ancho de caparazón.

—Yo mido a ojo —dijo Nelly, para romper algo—. Y con esto.

Sacó del bolsillo del oleado una tablita de lenga, del largo de una mano. Tenía una muesca profunda en el borde, quemada con hierro. Aníbal la había hecho en 1991, calentando un clavo en la hornalla, contra una medida que le prestaron en la Prefectura. Doce centímetros justos. Nelly la usaba todos los días desde antes de que él se enfermara, mientras él manejaba la lancha, y la seguía usando ahora.

—Qué linda —dijo Agostina, sin burla.

Siguió. En el cajón del fondo estaba la centolla número treinta y ocho. Nelly la había medido en cubierta y la había guardado sin dudar: la muesca de lenga cerraba contra el caparazón como una llave en su cerradura. Agostina la puso entre las mandíbulas del calibre y esperó el número.

—Once con nueve.

—No.

—Once con nueve, señora.

—Con esto me da doce. —Nelly alzó la tablita—. Mire. Justo.

—Puede ser. Pero la medida que vale es la que me da esto. —Agostina tocó el calibre—. Tengo que devolverla.

Lucio había dejado de coser y miraba el piso. A Nelly le subió a la cara ese calor de cuando alguien le dice que la mano de su marido vale menos que una pantalla. Treinta y cuatro años de pesca. Dos milímetros.

—Esta regla la hizo mi marido. Y eso lo hizo una fábrica.

—Y la regla de su marido puede estar bien. Pero la madera se hincha con el agua y se gasta con el roce. —Agostina no levantó la voz—. ¿Me deja verla?

Nelly se la dio, con la boca apretada. Agostina apoyó la muesca contra las puntas del calibre y lo cerró despacio. El visor marcó 12,21.

Nelly miró el número. Lo miró un rato largo, mientras el viento del canal le tiraba el pelo contra la cara y las gaviotas se peleaban por algo en el agua.

—Doce con veintiuno —dijo Agostina—. Hace treinta años seguro era un doce. Hoy son dos milímetros de más. Cada vez que usted midió y le cerró, midió contra una regla generosa.

—Entonces alguna que…

—Puede ser que alguna haya pasado justa, sí. Pero esta no. Y de cuarenta y tres, es la única. Usted mide bien, señora. La que se corrió es la regla.

Nelly no dijo nada. Pensó en Aníbal midiendo contra la tabla, con la lengua entre los dientes, resoplando. Pensó que él nunca había dejado de devolver una chica al agua, que decía “lo que se devuelve vuelve”, y que jamás se le ocurrió que su propia vara pudiera crecer sin que nadie se diera cuenta.

Bajó al cajón, levantó la centolla treinta y ocho con las dos manos y la sostuvo un momento a la altura de la cara. Las patas se movían lentas, sin apuro. El caparazón tenía hilitos de alga pegados y un brillo de nácar donde el hielo lo había mojado.

—Perdoname —le dijo, y no supo a quién.

La llevó hasta el borde del muelle, entre la defensa de goma y el casco, y la soltó. Cayó al agua verde con un golpe sordo, giró una vez y se hundió despacio, con las patas abiertas, hacia el fondo donde la luz ya no llegaba.

Agostina firmó la planilla. Cuarenta y dos en regla. Le devolvió la tablita.

—Si quiere se la lijo en el canto y se la dejo marcada de nuevo. Mi viejo tenía una igual.

—No. —Nelly giró la tabla entre los dedos, sintiendo la muesca—. Así la dejo. Pero de ahora en más, antes de cada salida la mido contra el calibre.

—Es lo que corresponde.

—Ya sé lo que corresponde.

Agostina sonrió apenas, bajó los ojos a la tablet y fue a esperar el próximo barco.

A la tarde, Nelly hizo lo último que se le ocurrió. Con el cortaplumas de Aníbal le grabó a la tabla, del lado liso, una segunda marca más abajo, la medida verdadera, copiada del calibre. Dos muescas. Una vieja, que había medido treinta años de pesca honesta con dos milímetros de ventaja, y otra nueva.

Se la mostró a Lucio, a bordo, con las manos todavía oliendo a sal.

—Mirá. Esta es la de él, y esta es la nuestra.

—¿Y cuál usamos?

Nelly lo pensó mientras ataba las gazas para la próxima salida.

—La de abajo. La otra la miramos para acordarnos.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *