La mano antes que la máquina

A las seis y diez de la mañana, la niebla todavía estaba pegada a los alambres, y Wenceslao Ñanco ya llevaba media hilera caminada. Las plantas de Cascade pasaban de los cinco metros. Colgaban de los hilos como cortinas verdes, pesadas de conos, y cada tanto una gota fría le caía en el cuello del abrigo.

Bajó un cono con la mano, lo apretó entre el pulgar y el índice, lo frotó, se lo acercó a la nariz. Nada. Un olor a pasto, a verde, a cosa a medio hacer.

—Don Wences —dijo una voz atrás—. ¿Otra vez con la nariz?

Era Lorena Haeberli, la ingeniera que la familia había contratado en octubre. Traía una tablet envuelta en una bolsa de nylon y el termo de mate bajo el brazo. Tenía treinta y dos años, y Wenceslao, sesenta y nueve cosechas.

—Es lo único que tengo —contestó él—. La nariz.

—Tengo el medidor de humedad. Ayer dio setenta y seis por ciento en los conos de la hilera cuatro. Es el número. Los alemanes mandaron la máquina para eso, para que arranquemos cuando el número dice.

—El número dice. El cono dice otra cosa.

Ella suspiró, pero sin enojo, y le alcanzó el mate. Era el segundo año que discutían lo mismo, y en el primero Wenceslao había perdido: la cosechadora había entrado un martes, cuatro días antes de lo que él quería, y todo el mundo había festejado la velocidad. En el secadero, a la noche, el lote de la hilera siete había salido con poco aroma. Nadie lo dijo en voz alta. Wenceslao sí lo había olido.

—Mirá el pronóstico —insistió Lorena, y le acercó la pantalla—. Lluvia a partir de las cuatro de la tarde. Si no arrancamos hoy, el lúpulo mojado no seca bien. Y lo que se cosecha un día tiene que estar seco esa misma noche, vos lo sabés mejor que yo. Si se humedece, se degrada.

—Lo sé.

—Entonces.

Wenceslao se quedó mirando el cono que tenía en la mano. Le habían enseñado a distinguir el momento por la lupulina, ese polvito amarillo y pegajoso entre las brácteas. Si al apretar se pegaba a los dedos y dejaba olor a resina y a pomelo, el cono estaba. Si no, no. Se lo había enseñado un alemán de Mallín Ahogado que ya no estaba, con las mismas manos anchas que él tenía ahora y el mismo desprecio por los aparatos.

—Dame una hora —dijo—. Una. Hago toda la hilera cuatro y la cinco, a ojo. Si en esas dos no encuentro el olor, arranquen con la máquina.

—Y si lo encontrás en una y no en la otra.

—Entonces arranquen por la que sí.

Lorena miró el reloj. Detrás de ellas, en el galpón, se oía el motor de la cosechadora calentándose, un ronroneo parejo, de bicho bien alimentado. Los cosecheros de la temporada ya estaban sentados en los cajones, con las camperas puestas, esperando una orden.

—Una hora —aceptó—. Hasta las siete y media.

Wenceslao asintió y siguió caminando. Fue cono por cono, planta por planta, bajando los hilos con la mano izquierda para no romper nada. A los quince minutos tenía los dedos amarillos, aunque sin olor. A los treinta, la niebla empezó a levantarse y mostró, a lo lejos, el filo gris del Cerro Piltriquitrón con una raya de nieve vieja. Entre una planta y otra pasó por la que su finado hermano había atado de chico, con una cinta roja que ya era rosa. Se detuvo un segundo. No le dijo nada.

A las siete y veinte, en la punta de la hilera cinco, le llegó. Lo primero fue la resina, después algo cítrico, y atrás, bien al fondo, la lúpulo de siempre, la que le recordaba la casa de su madre con las ventanas cerradas. Cerró los ojos. Frotó otro cono, y otro, y otro, y todos le dieron lo mismo.

Lorena lo esperaba al final de la hilera con el medidor en la mano. Antes de que él abriera la boca, ella levantó la tablet.

—Setenta y seis —dijo—. Igual que ayer.

—Hoy está.

—Ayer también daba lo mismo y vos dijiste que no.

—Ayer no estaba. Hoy sí.

Ella lo miró un rato largo. Después se llevó el handy a la boca y dijo, sin apuro:

—Arranquen. Hilera cuatro primero.

La cosechadora entró al campo con su ruido grande, y a las nueve ya se veía la primera carga subiendo hacia el secadero, verde brillante, empapada de olor. Wenceslao se quedó parado al borde de la hilera, con los dedos pegajosos. Lorena se le acercó con otro mate.

—La próxima semana —dijo ella— quiero que me enseñes a hacerlo. A mí. Con la nariz.

—Lleva años.

—Tengo tiempo. Hasta que llueva.

A las cuatro de la tarde empezó a llover, fina, de costado, contra los vidrios del galpón. Para entonces el último fardo ya estaba seco y cerrado, y adentro, entre las bolsas, el aire olía a pomelo.

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