La botella de tapa roja

La sudestada venía anunciada desde el martes, pero Reinaldo Cabral la sintió recién el jueves a las seis de la mañana, cuando la lancha, amarrada en la dársena uno del Puerto de Frutos, empezó a tironear de las cuerdas como un perro que huele la comida. Sesenta y tres años, treinta y uno de almacenero fluvial. Conocía ese tirón. El río de la Plata estaba empujando agua hacia adentro y el Delta, que no tiene adónde mandarla, se la iba a quedar.

Cargó lo de siempre. Garrafas de diez kilos, yerba, fideos, aceite, pilas, soda en sifón, un rollo de alambre, cuatro paquetes de velas para los que se quedan sin luz cuando sube el agua. Lo hizo despacio, con las manos que ya sabían solas. Era su último recorrido. El sábado le entregaba la lancha, la Cacharpaya, a un sobrino de su cuñada que quería convertirla en paseo para turistas, con toldo, parlante y cartel.

—Tío, si salimos a las siete llegamos a la boca del Carapachay antes de que cierre el viento —dijo el muchacho, que ya había venido a probar el timón dos veces y todavía no sabía dónde se apoyaba el pie para que el motor no tosiera.

—Hoy el timón es mío. Vos mirás y cebás mate.

Salieron por el Sarmiento con el cielo del color del hormigón. En cada muelle, la misma escena: un hombre o una mujer esperando con el bolsillo listo, una bolsa de nylon, una frase corta. Cuántas garrafas quedaban. Si había pan. Si él pensaba que esta vez iba a pasar de verdad. Reinaldo contestaba que sí a todo, aunque no supiera. Les daba el vuelto exacto y les ataba bien la soda al pilote.

A las diez y media, ya en el Caraguatá, el agua había subido un palmo contra los pilotes y las isleñas sacaban los colchones al altillo. Quedaba una sola parada, la que él guardaba siempre para el final: un muelle de tablones grises al fondo de un canal angosto, con una casa de chapa verde sobre pilotes altos y un ciruelo torcido. Nunca había visto a nadie allí.

Sobre el último tablón, colgada de un clavo, estaba la botella de plástico de dos litros con la tapa roja. Adentro iban siempre un papel doblado y billetes con una piedrita encima para que no volaran. El papel decía la lista, con letra grande y temblona, en lápiz de carpintero. Una garrafa. Un kilo de yerba. Fósforos. Reinaldo dejaba lo pedido sobre el tablón y el vuelto en la misma botella. Treinta y un años. Dos o tres veces, una cortina se había movido en la ventana. Nada más.

—Ahí está —dijo el sobrino, y se acomodó para saltar al muelle como siempre saltaba Reinaldo.

—Quedate.

Sacó la botella del clavo. Esa mañana el papel tenía tres renglones y el último estaba escrito de otra manera, más apretado, con menos firmeza: Si puede, que alguien suba la garrafa y la yerba al altillo. No me da el cuerpo. Disculpe.

Reinaldo leyó eso dos veces. Después miró el agua, que ya lamía el tercer escalón de la casa, y el cielo, que se cerraba por el este. Ese día no iba a haber otra lancha.

—Tío, no hay tiempo —dijo el muchacho—. Dejá el pedido y vamos.

—Treinta y un años lo dejé en el tablón. Hoy no.

Subió al muelle con la garrafa al hombro. Los escalones de la casa estaban mojados y resbalosos, y se sostuvo del pasamanos de caño. Llegó a la puerta, que tenía una cortina de plástico a rayas del lado de adentro, y por primera vez en tres décadas hizo lo que hace cualquiera en cualquier casa. Golpeó tres veces.

Pasó un rato largo. Se oyó un arrastrar de zapatillas.

—Está abierto —dijo una voz finita.

Adentro olía a leña fría, a membrillo y a trapo de piso. En una cama de hierro, sentada con una manta marrón en las rodillas, había una mujer muy chiquita, de ochenta y tantos, con las manos hinchadas de artrosis apoyadas sobre la tela como dos herramientas viejas que ya no se usan.

—Usted es Cabral —dijo ella.

—Reinaldo.

—Ofelia Báez. —Lo miró de arriba abajo, con un respeto parecido a la desconfianza—. Pensé que era más alto. Por la voz, de la lancha.

—Es la bocina. Hace parecer a todos más altos.

Subieron juntos, él y el sobrino, que había terminado amarrando la lancha al ciruelo y siguiéndolo sin que nadie se lo pidiera. Llevaron la garrafa, la yerba, los fideos y las velas por una escalera de madera hasta el altillo, donde Ofelia ya tenía un colchón, una pava y un par de frazadas. Calcularon el agua. Si llegaba al piso de abajo, el altillo aguantaba tres días.

Cuando terminaron, el viento ya empujaba contra las chapas y por la ventana se veía la cresta marrón del canal.

—Ahora váyanse —dijo ella—. Antes de que se cierre el Carapachay.

—¿Y usted?

—Yo me quedo. Siempre me quedé. —Se rió con un silbido—. Lo que nunca pude fue subir yo sola una garrafa, y no quería pedírselo a nadie. Me daba vergüenza que se enterara.

—Treinta y un años le dejé la garrafa en el tablón, señora.

—Y yo se lo agradecí cada vez. —Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un frasco de membrillo con la tapa atada con un hilo—. Esto es para usted. Desde el noventa y tres que lo hago. Todos los años lo dejaba en la botella, ¿y sabe qué? Siempre quedaba atrás. Usted agarraba la plata y el frasco se lo olvidaba en el muelle, y yo lo recogía.

Reinaldo lo agarró con las dos manos. Estaba tibio de haber estado cerca de la estufa.

—No me lo olvidé —dijo—. Pensaba que era para los pájaros.

Ella se rió de nuevo, y esta vez no se tapó la boca.

Salieron cuando el agua empezaba a tocar el fondo de la lancha. Desde el timón, Reinaldo miró hacia atrás una sola vez. En la puerta de chapa verde, entre la cortina a rayas, Ofelia levantaba una mano hinchada, despacio, como quien despide a alguien que ya sabe que va a volver.

El sobrino no dijo nada hasta la altura del Sarmiento.

—Tío —dijo por fin—. Lo del toldo de la Cacharpaya. No sé si se lo voy a poner.

Reinaldo apretó el frasco de membrillo contra el costado, con el codo, sin soltar el timón.

—Hacé lo que quieras, pibe —dijo—. Pero dejá siempre la botella de tapa roja en el último muelle.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *