Gumersindo Ibarra llegó a la estación de Esquel a las siete y media, con la escarcha todavía pegada a los techos de chapa y una bolsa de arpillera sobre el hombro. Adentro había leña de ñire, cortada en astillas finas, atada con alambre. La había partido él mismo el domingo, en el fondo de su casa del barrio Ceferino, con la misma hachita que usó cuarenta años para arreglar lo que se rompía en el camino.
La chica de la boletería lo miró por la ventanilla sin entender. Tenía un chaleco con el logo del tren y un termo de mate al lado de la computadora.
—Buen día, señor. ¿Tiene reserva para la salida de las diez?
—No vengo a viajar —dijo Gumersindo—. Vengo a ver a Natalia, la guía. Me dijeron que hoy trabaja.
Natalia salió del depósito con un cuaderno bajo el brazo. Era flaca, de pelo corto, y tenía las manos coloradas de frío. Escuchó el pedido parada junto a la locomotora, que ya estaba en presión y soltaba por las válvulas un aliento blanco que olía a aceite caliente.
—O sea que usted quiere prender la salamandra del coche tres.
—Esa. Yo fui guardatren en ese coche. Treinta y un años, entre Jacobacci y Esquel, cuando el tren todavía hacía todo el viaje. Hace dos semanas cumplí setenta y cuatro. Nadie me sacó de acá, me jubilé solo, pero el invierno pasado me di cuenta de una cosa. Nunca más la volví a prender.
—Gumersindo, yo le entiendo. Pero el coche está en servicio. Hay seguro, hay protocolo, hay un jefe de estación que llega a las nueve.
—Entonces tengo una hora y media.
Natalia se rió, sin ganas de reírse. Miró el reloj de la estación, miró la bolsa, miró las botas viejas del hombre, lustradas.
—Venga —dijo al final—. Pero yo me quedo al lado. Y lo prende usted, pero con lo que hay acá, no con eso.
—Con lo que hay acá no prende —dijo él—. Se lo digo con todo respeto. La leña de la estación es de pino y tiene humedad. La salamandra es chica y no perdona.
Subieron. Los coches de 1922, de origen belga, tenían ese olor que no se parecía a nada: madera encerada, cuero, humo viejo metido en las vetas. Gumersindo caminó por el pasillo angosto con una mano en cada respaldo, como quien cruza un arroyo con piedras. En el coche tres se detuvo. La salamandra estaba en el rincón, un cilindro negro con la puerta de hierro y el caño que subía hasta el techo. Se agachó, acarició la manija con la yema de los dedos.
—Mirá cómo la tienen de limpia.
—Todos los días la pasamos con un trapo.
—Está bien. Pero a una salamandra no se la limpia para mirarla.
Abrió la portezuela. Adentro había ceniza fina, de la última vez que alguien la había usado, y Gumersindo la sacó con la palita sin apuro, hasta que quedó el fondo de chapa pelado. Después armó el fuego como se lo enseñó un maquinista que se llamaba Arce, a quien ya nadie recordaba en la estación: primero un puñado de astillas cruzadas, después dos más gruesas apoyadas contra el fondo, y arriba un papel de diario retorcido. La puerta, sin cerrar del todo. Un dedo de aire, no más.
—Siempre se cierra de golpe —murmuró—. Y ahí se ahoga.
Natalia se había sentado enfrente, con el cuaderno sobre las rodillas, y lo miraba hacer. Afuera se oyó el silbato corto del peón que probaba las agujas. En la estación había empezado a haber movimiento: una camioneta, voces, el golpe seco de una puerta metálica.
El fósforo prendió el diario y el diario prendió las astillas. Se escuchó ese crujido finito de la madera seca cuando agarra. Gumersindo esperó, inmóvil, con la cara a medio metro del fuego. Pasó un minuto. Después se enderezó despacio, con la mano en la cintura.
—Ya está. Ahora tiene que tomar calor ella.
—¿Y cuánto tarda?
—Lo que tarda el coche en llenarse de gente.
A las nueve y diez llegó el jefe de estación y se paró en la puerta del coche tres con las dos manos en la cintura. Natalia se levantó para explicar, pero Gumersindo no le dio tiempo.
—Soy Ibarra, de los viejos. Si hay que firmar algo, firmo. Pero primero toque el caño.
El jefe dudó, y tocó. Quitó la mano enseguida, no por el calor sino por la sorpresa. Ese rincón del coche, que todas las mañanas del año era una heladera, ya tenía una temperatura que no se sentía desde hacía mucho en ese tren.
—Bueno —dijo—. Hoy es martes y hace tres grados. Dejémosla. Pero la apaga usted antes de que salgamos, don Ibarra.
—La dejo a la mitad. Como tiene que ser.
A las diez menos cuarto empezaron a subir los pasajeros: una familia de Neuquén, dos jubiladas con gorros de lana, un chico de unos seis años con campera naranja que no quería soltar un auto de juguete. Se sentaron en el coche tres porque era el que quedaba más cerca de la puerta. Natalia empezó con la explicación de siempre, que la trocha era de setenta y cinco centímetros, que las locomotoras habían llegado de Filadelfia y de Cassel, que en el camino iban a pasar por la curva del huevo.
Gumersindo se quedó de pie en el fondo, con la bolsa ya vacía doblada bajo el brazo. Esperaba que lo invitaran a bajar. Nadie lo hizo.
El tren arrancó con una sacudida larga que corrió por todos los vagones, y los vidrios temblaron en los marcos. El chico de la campera naranja se acercó a la salamandra. Miró la rejilla, el resplandor naranja que se movía adentro. Estiró la mano hacia el caño.
—Ahí no, que quema —dijo Gumersindo, sin levantar la voz.
—¿Y por qué está prendido?
—Porque hace frío afuera. Y porque el tren, cuando es tren, se calienta de adentro para afuera. Acercate. Con la mano abierta, a un palmo. Eso. ¿Sentís?
El chico asintió con toda la cara. Detrás de la ventanilla pasaban los álamos pelados y una tranquera, y después la estepa baja, amarilla, con el humo de la locomotora cruzándola en diagonal. Gumersindo se apoyó contra el respaldo del último asiento, cerró los ojos y se dejó llevar por el balanceo.
Al bajar, tres horas más tarde, se agachó una vez más junto a la salamandra. Quedaban brasas finas, rojas. Las cubrió con ceniza y cerró la puerta con dos dedos, sin ruido.
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