El último día de zafra, Silvana Cruz se despertó a las cuatro y media con olor a caña quemada metido en la almohada, como todos los noviembres. Salió al patio de Libertador General San Martín en cuero de remera y chancletas y fue directo al camión. Seguía ahí, bajo la parra, con la chata levantada y el polvo rojo pegado en los guardabarros. Un Mercedes 1114 del setenta y ocho que su padre había comprado usado y que nunca vendió, ni siquiera cuando ella tuvo flota propia, con seis camiones nuevos y chofer para cada uno.
Abrió la puerta. Giró la llave. El motor tosió dos veces y arrancó con ese temblor de lata que le conocía desde chica. Hasta ahí, bien.
Tiró de la cuerda de la bocina. No pasó nada. Un resoplido seco, como de globo pinchado, y silencio.
—Ay, no —dijo, sola, en la cabina oscura.
La caravana salía a las tres de la tarde. Cuando cortaran la última caña en la finca, los camiones de todos los contratistas entraban al pueblo en fila, con las bocinas a fondo, y la gente salía a las veredas a saludar. Su padre había manejado en veintidós caravanas. Hacía tres años que no estaba, y ella había decidido, sin contárselo a nadie, que este año el Mercedes iba a desfilar con ella arriba.
Sin bocina no tenía sentido. Un camión mudo en medio de cien que gritan es un camión que se murió.
A las siete llamó a Rubén, su mecánico. Rubén miró la válvula de bocina, la sopló, la golpeó con el mango del destornillador y movió la cabeza.
—La membrana está pasada, Silvana. Esto ya no es de arreglar, es de cambiar. Y de este modelo no hay en ningún lado. Hoy es lunes y en Jujuy capital no abren hasta las ocho.
—Mandá a alguien.
—Mando. Pero no te prometo.
A la mañana el pueblo ya olía a fiesta. Los chicos de la escuela habían colgado banderines en la plaza, y en las veredas de la avenida había sillas de plástico ocupadas desde temprano, con termos de tereré y de mate. Silvana pasó con la camioneta y no miró. Tenía el estómago cerrado.
A las once, Rubén volvió con las manos vacías. En la casa de repuestos no tenían nada que sirviera; el chico trajo una membrana de otro camión y quedaba floja, hacía un ruido de pato. Silvana la probó igual. Quedó sonando como un animal enfermo, un graznido corto y ronco que hizo reír a los de la puerta y a ella casi llorar.
—Dejá, Silvana —dijo Rubén—. Salí con la tuya, con la de la Scania. Nadie va a notar nada.
—Yo voy a notar.
Se quedó mirando el camión. Al rato, sin saber por qué, abrió la guantera. Adentro estaba lo de siempre: una linterna sin pilas, el mapa de las fincas con las cruces de lapicera, un rollo de cinta aisladora. Y debajo de todo, un sobre chico con la letra de su padre: Para la bocina, por si acaso.
Lo abrió con dos dedos temblorosos. Adentro había una membrana de goma, envuelta en papel de diario amarillo, tan vieja que el papel estaba blando como tela. Nueva. Sin una marca. Guardada.
—Rubén —dijo, y se le quebró la voz—. Rubén, vení.
Rubén salió de abajo del chasis con grasa hasta los codos, vio lo que ella tenía en la mano y se quedó un momento sin decir nada. Después se limpió en el pantalón.
—Ese viejo —dijo—. Siempre un paso adelante.
Cambiaron la membrana a la sombra de la parra, con el sol de mediodía filtrándose en manchas por el parabrisas. Rubén ajustó los tornillos con la llave chica y ella, parada en el estribo, le alcanzaba las herramientas sin que se las pidiera, como había hecho a los ocho años, cuando su padre le decía pasame la de trece y ella ya la tenía en la mano.
—Probala —dijo Rubén.
Silvana subió. Se agarró de la cuerda. Dudó.
Su padre tocaba siempre igual cuando volvía de la finca por la calle de tierra. Tres largos y uno corto. Su madre, desde la cocina, sabía que venía y ponía el agua. Así lo había hecho durante años, y después de su muerte la casa quedó un tiempo sin esa señal, y ella nunca se animó a tocarla.
Tiró de la cuerda.
La bocina salió limpia y ancha, desde el fondo del chasis, y le sacudió el pecho. Tres largos. Y uno corto. Un perro ladró a dos cuadras. En el patio de al lado alguien dijo ¿ese no es el camión de Anselmo?, y una vecina se asomó a la ventana con el repasador en la mano.
A las tres de la tarde, en la finca, se cortó la última caña. Silvana salió del campo con el Mercedes en el medio de la fila, entre un Scania azul y un camión que no conocía, con las ventanillas bajas y el polvo rojo entrando por todos lados. En la avenida la gente aplaudía de pie. Los chicos corrían al costado, tapándose los oídos y gritando de alegría. Un viejo, sentado en su silla de plástico, se sacó la gorra cuando pasó el 1114.
Ella no tocó la bocina a fondo como los demás. Esperó a doblar por la calle de su casa, donde la vereda estaba vacía y la cocina de su madre tenía la ventana abierta.
Tres largos. Uno corto.
Y en la ventana, entre el vapor de la pava, una mano se levantó despacio, como quien saluda a alguien que llega.
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