Lo que dice la chapa

El soplete hacía un ruido de tela rasgada, y cada tanto un pedazo de chapa caía al muelle con un golpe sordo que se sentía en los dientes. Osvaldo Perrone se paró junto al portón de la obra con la gorra en la mano, como se espera en la puerta de un médico.

Era una mañana de viento sur, de las que en Ingeniero White levantan el polvo de los cereales viejos y lo meten en el mate. Sobre el muelle, los elevadores de chapa, los más antiguos, los de antes de que levantaran las torres de hormigón, ya estaban medio desnudos. Les faltaban los costados como a una res en la carnicería. Se veían las vigas por dentro, y el cielo entraba por donde antes no entraba nada.

—Señor, acá no se puede pasar —dijo un muchacho de casco amarillo, sin levantar la vista de una planilla.

—Yo trabajé veintiocho años ahí adentro —dijo Osvaldo—. Fui capataz del turno noche.

—Y yo soy el que tiene que entregar esto cortado el viernes.

Osvaldo asintió. No venía a discutir. Había ensayado el discurso toda la semana frente al espejo del baño, pero ahora, con el casco amarillo adelante y el olor a hierro quemado en la nariz, se le deshizo. Dijo lo único que le quedó:

—Necesito diez minutos. Hay una marca en el silo cuarto, del lado del mar. La hice en 1952, el primer día que me dejaron subir solo. Antes de que la corten quiero verla.

El muchacho levantó por fin la cabeza. Tendría veinte años, la cara quemada de frío y unos ojos cansados de tanto mirar la llama.

—¿Una marca de qué?

—De lápiz.

—¿De lápiz? —El muchacho casi se rió—. Don, eso lo desarmamos con soplete. Nadie va a ver un lápiz.

—Yo sí.

Hubo un silencio largo, de esos que solo llenan las máquinas. Desde el otro lado de la dársena llegó la sirena de un remolcador, dos toques cortos. El muchacho miró la planilla, miró el portón, miró la gorra apretada en las manos de Osvaldo, que tenía los nudillos blancos.

—Diez minutos —dijo—. Y se pone el casco. Y yo voy atrás suyo.

Subieron por una escalera de gato que Osvaldo conocía mejor que la de su casa. Los peldaños tenían el hueco gastado en el medio por cuarenta años de botas. En cada descanso se detenía a respirar, y el muchacho esperaba sin apurarlo, con la mano en la baranda, mirando para otro lado.

—¿Cómo se llama? —preguntó Osvaldo en el tercer descanso.

—Lucho.

—¿Y de dónde es, Lucho?

—De Villa Rosas. Mi viejo era del puerto también. Estibador.

—Entonces conoce esto por los cuentos.

—Por los cuentos y por la espalda de mi viejo.

Osvaldo sonrió sin darse vuelta. El silo cuarto, del lado del mar, tenía todavía la mitad de la pared. Entraron por una abertura que habían abierto a corte, y adentro el aire era frío, quieto y espeso, con un olor que no se parecía a ningún otro: trigo viejo, aceite de máquina, humedad, algo dulce que quedaba pegado a la chapa. Osvaldo se quedó parado un momento, como quien entra a una iglesia.

—Ahí —dijo.

No se veía nada. Lucho encendió la linterna y la pasó por la pared, y la luz se llenó de óxido, de manchas, de remaches del tamaño de una moneda. Osvaldo se acercó con la mano abierta y fue tanteando, como se busca el interruptor en una pieza a oscuras. Los dedos subieron por un remache, se desviaron a la izquierda y se detuvieron.

—Alumbre acá. Más abajo. Despacio.

Debajo de una costra de polvo, apenas más oscuro que el hierro, había un trazo gris. Un número, el 4, y al lado, torcidas, tres letras: O.P.

—Mi primer turno solo —dijo Osvaldo—. Me dijeron que contara las bolsas del lote y que anotara el número. No tenía papel. Entonces lo escribí en la pared, y me olvidé de borrarlo. Después ya no quise.

—Veintiséis años —dijo Lucho.

—Y nadie lo tocó. Ni la humedad, ni los inspectores, ni los que pintaron. —Pasó la yema del dedo por encima, sin apoyarlo—. Parece mentira lo que aguanta una cosa chica cuando nadie la mira.

Se quedaron un rato sin hablar. Abajo, otro pedazo de chapa cayó al muelle, y el silo entero devolvió el golpe como un tambor.

—Mi viejo siempre decía que la chapa guardaba las voces —dijo Lucho, bajito—. Que de noche, cuando no había nadie, uno se acercaba y escuchaba a los que habían trabajado. Yo creía que era un chiste de estibador.

—No es un chiste —dijo Osvaldo—. Es que uno escucha lo que se acuerda.

Sacó del bolsillo del saco un papel doblado en cuatro y un lápiz corto de carpintero. Apoyó el papel contra la pared, sobre el 4 y las tres letras, y frotó el lápiz de costado, con paciencia, hasta que la marca apareció en blanco sobre el gris, como una foto que se revela. Después dobló el papel, lo guardó en la billetera, detrás del carnet del sindicato, y se quedó mirando la pared un instante más.

—Listo —dijo—. Ya está.

Lucho apagó la linterna. En la penumbra, la abertura del corte era un rectángulo de luz blanca con el mar al fondo.

—El viernes lo cortamos igual —dijo el muchacho, con la voz rara.

—Ya sé.

—Pero ese paño, el del cuatro, lo dejo para el final. Se lo prometo.

Osvaldo no dijo nada. Le puso la mano en el hombro un segundo, y después empezó a bajar por la escalera de gato, peldaño por peldaño, con la gorra de nuevo en la cabeza. Abajo el viento le pegó en la cara y trajo el olor del agua salada, y mientras cruzaba el muelle hacia la calle Guillermo Torres escuchó, detrás, cómo el soplete volvía a encenderse del otro lado de la obra, lejos del silo cuarto, y seguía su camino por la chapa.

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