Fila doce, asiento nueve

Eusebio Duarte llegó al Cocomarola a las cuatro de la tarde, cuando el sol todavía pegaba de lleno en el cemento de las gradas y los puestos de la avenida Sarmiento olían a aceite caliente y a chipá. Traía en el bolsillo la llave grande, la del portón de servicio, que le había quedado de treinta y nueve años de portero. Nadie le había pedido que la devolviera. Se había jubilado en diciembre y en enero no sabía qué hacer con las manos.

Joaquín, su nieto, de doce años, lo seguía con el termo bajo el brazo y la guampa del tereré colgada de dos dedos.

—Abuelo, no hay entradas. Están agotadas desde ayer.

—Ya sé.

—Entonces, ¿a qué venimos?

—A ver el lugar.

No era verdad, y el chico lo sabía. Era la última noche de la Fiesta del Chamamé, la décima, y Eusebio había vuelto a la misma hora de todos los años para barrer los escalones de la entrada antes de que abrieran. Barrió con la mano, agachado, hasta que un muchacho de remera naranja salió del portón.

—Don Eusebio. Qué hacés acá.

—Paso nomás, Cristian.

El muchacho miró la llave que asomaba del bolsillo, miró al chico, miró la hora. Se rascó la nuca.

—Hay dos lugares en la fila doce que no se vendieron. Una familia de Itatí avisó que no llegaba. El nueve y el diez.

A Eusebio se le cerró la garganta. Fila doce, asiento nueve. Zulema siempre había dicho que ahí el sonido llegaba parejo, sin el eco de las chapas del techo.

—No sé si corresponde —dijo.

—Corresponde porque yo lo digo —contestó Cristian—. Y porque se lo debemos.

Se sentaron a las ocho menos diez, con la gente ya llenando los bancos y el aire tan caliente que los abanicos de cartón iban y venían como alas de bichos. Joaquín destapó el termo, cargó la guampa con yuyos y agua fría y se la pasó. Eusebio tomó despacio. El gusto a menta y a cedrón le trajo la cocina de la casa de Zulema, la pava, el ventilador de techo que nunca terminaron de arreglar.

Desde el escenario subió la primera tanda. Acordeones de botones de dos hileras, guitarras, un contrabajo apoyado contra la baranda. La música del Litoral tiene eso: empieza como una conversación entre dos que se conocen de siempre y, sin que uno se dé cuenta, ya está contando algo que duele. Las parejas bailaban en el escenario abrazadas, mejilla con mejilla, y en las gradas la gente seguía el compás con el pie.

—Abuelo —dijo Joaquín bajito—. ¿Es acá que la abuela…?

—Acá.

Zulema había gritado el sapukay en esa fila durante treinta y ocho temporadas. Cada décima noche, cuando el acordeón subía en la última pieza, ella echaba la cabeza hacia atrás y soltaba ese grito largo que no es de alegría ni de pena, que es de las dos cosas apretadas en una sola. Eusebio nunca lo había hecho. En treinta y nueve años de portero había aprendido que el que cuida la puerta cuida el silencio de los otros: cuando todos gritaban, él se quedaba parado junto al portón, con las manos atrás, escuchando. Y escuchaba el de ella, que reconocía entre mil, medio grano más agudo y con una quebradura al final.

Hacía dos años que esa quebradura no estaba. La última noche del año pasado Eusebio había venido igual, se había quedado en su puesto, y en el momento del grito todos habían gritado menos él. Había sentido que el anfiteatro entero respiraba por un agujero.

Pasaron las horas. Pasó un cantor de voz ronca que arrancó aplausos de pie, pasó una pareja de bailarines jóvenes que giraba como si el piso fuera de agua. A las once y cuarto, el director del conjunto final hizo callar al público con la mano abierta. Alguien en la fila de atrás dejó de masticar. Se oyó la respiración del acordeonista, y después la primera nota, larga, que subió y subió.

Eusebio sintió que Joaquín le agarraba la manga.

—Ahora, abuelo.

—Yo no sé hacerlo.

—Sí que sabés. Lo hacías en la cocina cuando se le quemaba el dulce a la abuela.

Era cierto, y nunca se lo había dicho a nadie. Había sido una broma de a dos, en una cocina sin testigos, un grito corto y ridículo para que Zulema se riera y largara la espumadera.

El acordeón llegó arriba. En las gradas empezaron a salir los primeros gritos, sueltos, de distintos lados, como pájaros que se despiertan. Eusebio apretó la llave dentro del bolsillo. Se acordó del portón, de sus manos atrás, de treinta y nueve años de estar parado del lado de afuera de la música.

Se paró. Echó la cabeza hacia atrás, como ella. Abrió la boca y lo que salió al principio fue un graznido, un aire roto. Después algo se aflojó en el pecho, un nudo que llevaba dos años ahí, y el grito subió largo, torcido, con un poco de miedo y un poco de alegría, y al final, sin que él lo buscara, se le quebró justo donde se quebraba el de ella.

Una mujer de la fila once se dio vuelta con los ojos muy abiertos. Lo miró un segundo, como quien confunde una cara en una estación, y después sonrió y volvió a mirar al escenario.

Joaquín, que seguía sentado, tiró de la manga de su abuelo y soltó el suyo, agudo y desparejo, de chico que recién estrena la garganta.

Eusebio se sentó. Temblaba. Alguien le alcanzó un vaso de agua y él lo tomó sin ver de quién era. Sobre el escenario, el acordeón siguió un compás más y se apagó, y el anfiteatro quedó lleno de un silencio caliente, con olor a pasto cortado y a cedrón.

Cuando salieron, a la una de la mañana, Cristian los esperaba junto al portón con las llaves de la noche. Eusebio sacó la suya del bolsillo y se la tendió.

—Quedátela vos.

—Don Eusebio…

—Ya no la necesito para entrar.

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