La lata de grasa estaba tan dura que Aurelio Nieto la golpeó con el nudillo y sonó a madera.
—Así no sale ni con tu abuela rezando —dijo Rosalba, la encargada del museo, y se rió sola.
Eran las siete y diez de una mañana de octubre en Chilecito. Hacía frío de cerro, ese que baja del Famatina con olor a jarilla mojada y se mete por los puños de la campera. En el patio de la Estación 1 las torres de hierro todavía no tenían sol, y los cables, que desde abajo parecían dos rayas hechas con regla, se perdían en la neblina antes de llegar a la primera loma.
Aurelio tenía setenta y dos años, había sido mantenedor de la municipalidad durante treinta y uno y llevaba una semana de jubilado. Sobre el capot de la camioneta, envuelta en un repasador, descansaba la razón de todo: una bomba de mano de bronce, con la manija gastada en el medio, donde los dedos de alguien habían ido borrando el metal durante años. Era la que viajaba en la vagoneta de engrase, la única que llevaba a una persona sentada junto a un depósito de lubricante, y que bajaba tramo por tramo untando el cable. La había usado su padre, Eulogio, cuando él era un chico que se escondía detrás del galpón para verlo salir.
—Una mañana —había pedido Aurelio, hacía tres semanas, con el sombrero en la mano—. Nada más que una mañana, hasta la primera torre. Después se la devuelvo limpia.
Rosalba había consultado con la dirección de patrimonio, había llenado dos formularios y había conseguido que el equipo que hacía el mantenimiento del tramo hasta la Estación 2 le dejara probarla con el cable en marcha lenta. Sin apuro, con un casco y un arnés. Más que eso no se podía.
—Abuelo, ¿puedo filmar? —preguntó Camila.
La nieta tenía dieciséis años, venía de dormir mal y llevaba el celular levantado desde que bajó de la camioneta. Había aceptado acompañarlo con una condición: que le dejaran subir el video a internet. «Si no, nadie te va a creer», había dicho. Aurelio no sabía quién era ese nadie, pero dijo que sí.
—Filmá lo que quieras. Pero no te metas en el camino del hombre del arnés.
El problema seguía siendo la grasa. Aurelio abrió el termo, que había cargado a las cinco de la mañana, y vertió el agua caliente en una olla de aluminio. Metió la lata adentro, de pie, como quien baña a un bicho. Esperó. Camila filmó la olla.
—¿Eso es todo? ¿Eso es lo que me trajiste a ver?
—Mi viejo hacía esto en el invierno, con un jarro y las brasas de un fogón. Decía que la grasa es como la gente: si la apurás, se corta. —Revolvió con un palito—. Esperá.
Esperaron. El sol agarró primero la punta de la torre más alta y fue bajando de a un travesaño, como si alguien le diera cuerda. Un perro del barrio cruzó el patio, olfateó la bomba y se fue sin opinar. Cuando el hombre del arnés, un muchacho flaco que se llamaba Joaquín, hizo señas desde la rampa, la grasa ya estaba blanda y brillante, del color de la manteca de campo.
Cargaron el depósito. Aurelio apretó la bomba contra el pecho y notó, con una vergüenza que no le dijo a nadie, que las manos le temblaban. No de frío.
La vagoneta era más chica de lo que recordaba. Se sentó en el banquito de chapa, Joaquín le ajustó el arnés dos veces, y Camila, parada en la plataforma de abajo, levantó el celular como una ofrenda. Después sonó la sirena corta, el vapor, ya no, el motor eléctrico del mantenimiento, y el cable se movió con un quejido largo, de animal que se despereza.
Subieron. La ciudad se fue quedando abajo, con sus techos de chapa y sus parrales, y el aire se puso más ralo y más limpio. Aurelio miró hacia adelante, hacia la primera torre, y cuando la vagoneta pasó junto a la polea apoyó la boca de la bomba en el engrase y empujó la manija.
Nada.
Empujó otra vez. Sintió la resistencia en el brazo, el cuero seco de la junta que no cerraba, y por un instante vio claramente la cara de su padre: la mandíbula apretada, la gorra de lana, el dedo manchado señalando algo que el chico no entendía. «Escuchá, Aurelio. No mires. Escuchá».
Cerró los ojos. Acomodó la bomba con las dos manos, la dejó descansar un segundo y empujó despacio, con el peso entero del cuerpo, no con el brazo. Algo cedió adentro del bronce. La grasa subió con un ruido húmedo y fue a posarse sobre el cable, una cinta blanca que enseguida se oscureció y empezó a correr hacia abajo, en la misma dirección que las torres.
—Abuelo —dijo Camila desde abajo, con una voz distinta.
—¿Qué?
—Se me apagó el celular. Se me quedó sin batería.
Aurelio abrió los ojos. La chica estaba con el aparato apoyado contra la baranda, la pantalla negra, y miraba el cable, no a él. El viento se había levantado un poco. En cada torre, la polea giraba con un silbido finito, y entre una y otra se oía el zumbido grave del acero, como un bajo continuo, que él había escuchado desde chico sin saber que se podía oír.
—Mejor —dijo—. Después no te acordás de lo que filmaste. Pero te acordás de lo que escuchaste.
Camila no contestó. Se sentó en el piso de la plataforma con las piernas cruzadas y se quedó quieta. Aurelio siguió bombeando, torre tras torre, hasta que el pedazo de tramo que le habían dado se acabó y Joaquín frenó la marcha en una plataforma de hormigón con vista a la quebrada.
Del otro lado, más arriba, el Famatina todavía tenía nieve en los pliegues. Aurelio se sacó el casco, se secó la frente con el dorso de la mano, que le olía a grasa tibia, y sintió que ese olor era el de la casa de su infancia.
—Ahora sí —dijo Camila, sin mirar el celular muerto—. Contame cómo hacía el abuelo Eulogio.
Y él empezó a contarle, mientras abajo el cable seguía andando, brillante y mojado, con una línea blanca que se estiraba hacia la mina como si alguien estuviera escribiendo, despacito, una frase muy larga.
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