El primer sábado de enero, a las seis y cuarto de la tarde, el galpón de la calle Estrada olía a silicona caliente, a mate lavado y a chapa recalentada. Luciano Sosa llevaba tres horas sin levantarse la careta cuando Brenda entró corriendo con el espaldar en los brazos, como quien trae a un chico con fiebre.
—Se me quebró una varilla —dijo—. Me lo estaba probando y se oyó un tac.
Luciano apoyó la pinza. El espaldar pesaba once kilos de hierro y plumas blancas pinchadas en el flota flota, y la tercera varilla de la izquierda colgaba torcida, con la pluma de la punta mirando al piso.
—¿A qué hora salís?
—Entro a la pasarela a las nueve. A las ocho tengo que estar en la fila.
—Dame media hora.
No sabía si era verdad. Hacía cuatro años que había dejado la metalúrgica para venir a este galpón de casi noventa metros, donde cada día era un trabajo distinto y nadie le pedía que se acostumbrara a nada. Le habían enseñado dos cosas: que una varilla de espaldar se suelda con la inclinación justa, y que esa inclinación no figura en ningún plano. Se sabe a ojo.
Le sacó las plumas a la varilla rota, una por una, con la paciencia de quien desarma un ramo. Después enchufó la soldadora y apretó el gatillo.
No pasó nada. Se oyó, en cambio, el silencio completo del galpón, sin compresores ni radio, y desde el fondo alguien dijo una grosería con mucha calma. Afuera, el cielo tenía el color de un moretón. La tormenta de la siesta se había llevado el transformador de la cuadra.
—Vuelve en una hora —gritó un chico desde la puerta.
—O en tres —contestó otro.
Brenda se sentó en una caja de gemas de plástico y se quedó mirando el espaldar con los brazos cruzados. Tenía veintidós años y era su primera temporada en el frente de la comparsa.
—Si no puedo salir con él, salgo sin nada —dijo—. Igual no me sale la voz para llorar, así que quedate tranquilo.
Luciano miró la pizzería de la esquina por la puerta abierta. Tenía las luces apagadas, pero Aníbal estaba en la vereda, con el delantal puesto, mirando el cielo como si pudiera discutir con él. Aníbal arreglaba garrafas los domingos, y los domingos Luciano le había visto un soplete de plomero colgado de un clavo.
—Traé el espaldar —dijo Luciano, y salió caminando sin esperar.
Aníbal escuchó la historia con la cabeza inclinada. Descolgó el soplete, lo probó contra la palma de la mano, y buscó en un cajón una barrita de aporte que guardaba envuelta en un repasador.
—Esto es de la época de mi viejo —dijo—. Suelda lo que le pongas. Pero me lo devolvés limpio.
Trabajaron en la mesa de la pizzería, a la luz de dos linternas y de la llama azul. Aníbal sostenía la varilla con una pinza de cocina. Brenda le mojaba el hierro con un trapo para que el calor no se subiera al resto del espaldar, donde la silicona de las plumas ya empezaba a ablandarse sola.
—Más abierta —dijo Luciano.
—Así está igual que las otras —dijo Brenda.
—Las otras están un poco más abiertas de lo que parece. Fijate bien. —Se agachó hasta apoyar la mejilla en la mesa y entrecerró un ojo—. Yo las hice. Cuando las hacés vos, te acordás.
Fue la parte más larga. Luciano movió la varilla un milímetro, la miró, la volvió a mover. Pensó en su padre, que había sido albañil y que decía que el nivel de burbuja es para los que no tienen vista. Pensó que nunca se lo había creído del todo, y que ahora lo estaba creyendo con una llama en la mano.
Soldó a las siete y diez. Esperó a que el hierro dejara de brillar, y Brenda y Aníbal le ayudaron a pinchar las plumas de nuevo, de a una, sin hablar. Cuando clavaron la última, la luz volvió de golpe y todos los ventiladores del barrio arrancaron juntos con un suspiro.
—Qué oportuno —dijo Aníbal, y apagó el soplete.
A las ocho menos cinco, Brenda ya estaba en la fila de la comparsa con el espaldar puesto. Se dio vuelta una vez, con el hombro levantado, para que Luciano viera si caminaba bien. Él asintió. No dijo nada más.
Ese año no se quedó en el galpón mirando la transmisión, como otras noches. Se paró contra las vallas, entre cientos de caras con la boca abierta, y esperó. Las carrozas pasaron una tras otra, enormes, con los reflectores pegados al telgopor y al brillo. El corsódromo, que había sido estación de tren, sonaba entero como un animal grande.
Cuando pasó Brenda, con las plumas blancas abiertas sobre la espalda como una explosión en cámara lenta, Luciano buscó la tercera varilla de la izquierda. Estaba un poco más abierta que las otras, apenas, como una persona que sonríe un segundo antes de que termine el chiste.
Nadie en la tribuna lo iba a notar. Él, que sí lo sabía, se tomó el último mate, ya frío, y pensó que así tenía que ser.
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