Amadeo Pellegrini llegó a Constitución a las seis menos diez de la tarde, con el saco de los domingos y una bolsita de papel de estraza en el bolsillo de adentro. Hacía veintitrés años que no subía a un 60 como pasajero. Antes había sido chofer, treinta y un años en la línea, y los choferes no pagan boleto, o más bien lo pagan con el cuerpo, con la espalda, con las rodillas que ya no doblan.
Le habían dicho en el kiosco de la estación que el recorrido se iba a partir. Que los coches que salían de acá, de la plaza, hasta el Tigre y hasta Escobar, ya no iban a existir así, de punta a punta. Se lo dijo el kiosquero con la naturalidad de quien habla del clima, mientras cobraba unos chicles.
Amadeo no preguntó más. Cruzó hasta la parada, se puso detrás de una señora con un changuito y esperó.
El colectivo llegó con la puerta abierta y el motor temblando. Era uno de los nuevos, bajo, con rampa y pantallas. Amadeo subió el escalón con la mano derecha en el pasamanos, que estaba tibio, y se encontró frente a una máquina gris con una luz verde.
—Acá apoyás la tarjeta —le dijo la conductora, sin mirarlo, mientras acomodaba el espejo.
Era joven, de treinta o menos, con el pelo atado y una campera de la empresa dos talles grande. En el parabrisas tenía pegada una estampita de la Virgen de Luján y, al lado, una foto de un nene en un cumpleaños.
—No tengo tarjeta —dijo Amadeo.
—Entonces no podés viajar, señor. Es lo que hay.
Detrás de él alguien suspiró. Amadeo metió la mano en el bolsillo del saco y sacó la bolsita de papel. Adentro había un boleto largo, angosto, de un celeste desteñido, con los números impresos en tinta violeta y un agujerito perforado en el borde.
—Este lo corté yo. El último día que manejé, en el noventa y seis. Lo guardé porque era el único que no le di a nadie.
La conductora lo miró por primera vez. Miró el boleto, después el saco, después las manos de Amadeo, que le temblaban un poco.
—¿Vos eras chofer del 60?
—Del 60. Del ramal de Pacheco, casi siempre. Salía a las cuatro y cuarto de la mañana y volvía cuando se me acababa la paciencia.
—Mi viejo manejaba el 38 —dijo ella, y después, como si se hubiera pasado de confianza, se volvió hacia la máquina—. De todos modos, sin tarjeta no te puedo cobrar. Si no cobro, me descuentan.
—No quiero que no me cobren. Quiero pagar.
Se quedaron así un rato, él con el boleto en alto, ella con las dos manos en el volante. Una voz del fondo dijo que había gente que laburaba. La señora del changuito se corrió para dejar pasar a otro.
Fue la conductora quien rompió el nudo. Sacó de su bolsillo una tarjeta de plástico con un osito de goma pegado, la apoyó en la máquina, y la luz verde hizo un pitido corto.
—Ya está. Sentate, abuelo.
—No es un regalo.
—Es un viaje. Me lo devolvés con una historia.
Amadeo guardó el boleto y fue a sentarse en el asiento de adelante, el primero, el del lado de la puerta, el que en sus tiempos reservaba para los chicos que iban solos al colegio. Desde ahí se veía todo: el tablero, las manos de la chica, la calle abriéndose adelante como una cinta.
Salieron por Brasil, después Paseo Colón, después la autopista. Amadeo contaba los semáforos sin querer, como se cuenta de memoria una oración. A la altura de Maipú, cuando el colectivo empezó a vaciarse y el cielo se puso color ceniza, ella le preguntó cómo era antes.
—Antes se manejaba de oído —dijo él—. Uno sabía cuánto faltaba por el ruido de las ruedas en el empedrado. Y la gente se saludaba al subir. Había un pasajero, un tal Giménez, que me traía mate en un termo todos los viernes y no me dijo nunca una palabra más que “buen día”.
—¿Y qué le pasó?
—No sé. Un día dejó de subir. Yo seguí parando en esa esquina un mes.
La conductora asintió, como si eso fuera una respuesta completa. En la Panamericana se encendieron las luces. Amadeo sintió que el asiento vibraba con una frecuencia que no era la de sus tiempos, más baja, más pareja, pero sintió igual el cuerpo antiguo del trabajo, el cuerpo que todavía sabía tomar una curva.
Llegaron a Escobar a las ocho y veinte. Quedaban tres pasajeros, que bajaron uno atrás de otro, dando las gracias a la nada. El colectivo quedó parado en la cabecera con el motor al ralentí, y por un minuto nadie dijo nada.
—Tengo cinco minutos hasta la vuelta —dijo ella—. ¿Querés tocar la bocina?
Amadeo se rió, un poco por vergüenza, un poco por otra cosa.
—No sé si se acuerda mi mano.
—Probá.
Él se paró con trabajo, apoyó la palma contra el volante y apretó. El bocinazo salió largo, grave, y rebotó contra los galpones del otro lado de la calle. Un perro ladró. Una luz se prendió en alguna ventana.
Cuando volvió a sentarse, sacó el boleto celeste de la bolsita y lo dejó sobre el tablero, al lado de la estampita de la Virgen.
—Ahora sí pagué —dijo.
La conductora lo miró, miró el papel, y no lo tocó. Puso en marcha el motor, y el boleto vibró un instante contra el plástico antes de quedarse quieto, torcido, con su agujerito mirando hacia la calle por donde empezaban a volver.
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