Por la raíz, no por la punta

A las cuatro y diez de la tarde, Dalila Reinoso sostenía entre la pinza y el pulgar la lengüeta de un la, y el la sonaba alto. No mucho. Lo justo para que se le erizara la nuca. Sopló de nuevo contra la ranura de la cala, despacio, como le habían enseñado, y la nota salió filosa, un cuarto de punto arriba del diapasón que tenía clavado con una cinta sobre la mesa de trabajo.

El taller era un salón largo en Cátulo Castillo, en el borde de Parque Patricios donde el barrio ya empieza a ponerse de costado hacia Pompeya. Olía a cola de carpintero, a cuero viejo y a la yerba que el maestro Orestes Vallejos dejaba secándose sobre el radiador. Orestes no estaba. Había salido a las dos con el turno del oculista, el ojo izquierdo tapado con la palma, y había dicho desde la puerta:

—El Doble A de la señora Maidana lo tiene que llevar hoy. Tiene milonga a las diez. Vos sabés lo que falta.

Lo que faltaba era ese la. El bandoneón había llegado un lunes, un Doble A de los de antes de la guerra, con el fuelle remendado tantas veces que ya tenía más parche que cuero, y la caja de madera oscurecida en las esquinas por los codos de tres dueños. Orestes lo había desarmado entero. Había cambiado las válvulas, había asentado las lengüetas con cera nueva, y había dejado para el final, a propósito, esa sola voz, porque se había rajado la punta de la lengüeta original y la de reemplazo venía de un instrumento desarmado que nadie reclamó.

—Es chica la tarea —había dicho—. Pero la va a hacer una sola persona.

Dalila llevaba dos años en el taller. Sabía limpiar, sabía pegar, sabía distinguir de oído una válvula que pierde aire de una que no cierra. Nunca había afinado una voz sola de un instrumento que fuera de alguien.

Tomó la lima. Pasó dos veces por la punta, apenas, soplando entre pasada y pasada. La nota bajó un poco, pero se quedó corta de abajo, con un temblor ahí donde debía haber redondez. Pasó una tercera vez. Cuando volvió a soplar, el la había subido.

Se quedó mirando la lengüeta. Afuera pasó el 188 con un rugido de fondo, y por la ventana alta se movieron las sombras de los cables. Eran las cuatro y cuarenta. Pasó una cuarta vez la lima, porque no sabía qué otra cosa hacer, y esa vez sopló sin ganas de que saliera bien. Salió peor.

—Pará —dijo en voz alta, sola—. Pará, pará.

Se sentó sobre el banquito con las manos en las rodillas. Le temblaban un poco. Había una forma de tener un instrumento en las manos que era abrazarlo, y otra forma que era agarrarlo del cuello, y ella sabía en cuál de las dos estaba.

Recordó entonces algo que Orestes le había dicho un martes de lluvia, sin mirarla, mientras ajustaba un tornillo con la lupa en el ojo: «Si querés bajar, no vayas a la punta. Andá a la raíz. La punta es la que canta, la raíz es la que lo sostiene. Si le sacás peso a la punta, sube. Si se lo sacás al pie, baja. Todo el secreto es ese, y lleva veinte años aprenderlo igual».

Había creído que era una frase para entretenerla. Ahora la dijo de memoria, moviendo los labios, y agarró la lengüeta por el costado, con la uña apoyada en el borde para no marcarla.

Fue por el pie. Un roce, una pasada que casi no se oía contra el acero. Sopló. El la bajó un pelo. Otra pasada, más corta. Sopló. Hizo sonar el diapasón de la mesa, hizo sonar la lengüeta, y las dos notas se acercaron una a la otra, se rozaron, se abrazaron con un latido lento, un wah wah que se fue espaciando hasta que dejó de latir.

Quedó un silencio en el taller. Después ella soltó el aire por la nariz, y casi se ríe.

A las seis la cera estaba asentada. A las siete y media armó la caja, atornilló los botones de nácar uno por uno y probó el fuelle con la rodilla, abriendo y cerrando sin apretar ninguna tecla. Respiraba parejo, sin escapes. Lo dejó en el estuche con la tapa abierta, como si fuera a comer.

La señora Maidana llegó a las ocho y diez, con un abrigo verde botella y un termo bajo el brazo, porque no tomaba nada que no hubiera hecho ella. Tenía las manos largas, de nudillos hinchados, y miró el estuche antes que a Dalila.

—¿Y Orestes?

—En el oculista. Me dejó a mí.

—¿A vos?

—Al la, nada más. Lo demás lo hizo él.

La señora Maidana se sentó en el banquito, se acomodó las correas en los hombros con un movimiento que seguro hacía desde hacía sesenta años, y apoyó los dedos sobre el teclado de la derecha. Abrió el fuelle. Tocó una escala corta, de abajo hacia arriba, sin apuro, con la cabeza ladeada. Dalila contuvo el aire. La escala llegó al la y no se detuvo. Siguió, subió, bajó, volvió a pasar por ahí.

Pasó por ahí tres veces. En la tercera la señora Maidana dejó un acorde largo y abierto, de esos que parecen casa con las ventanas abiertas, y lo sostuvo hasta que el fuelle no dio más.

—Está bien —dijo sin mirarla.

Después cerró la tapa, pagó en billetes chicos, dejó una factura sin firmar sobre la mesa y se fue con el bandoneón al hombro, bajando de a un escalón por vez, hacia la parada del 188.

Dalila se quedó sola con el olor a cola y la cinta del diapasón. Levantó la lengüeta rota, la original, y la guardó en el cajón de las cosas que Orestes nunca tiraba. Apagó el radiador. A través de la ventana alta, ya de noche, escuchó, o creyó escuchar, desde algún lugar cerca de la avenida, un fuelle que se abría.

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