La Singer de Eulalia Páez hacía el mismo ruido desde 1974, un traqueteo de lata que se oía hasta la vereda. Esa mañana, en el taller de la calle Mendoza, en Barreal, el ruido se mezclaba con otro: el de las ramas de los álamos pegando contra el techo de chapa. Todavía no era el zonda. Era su aviso.
Sobre la mesa de corte estaban extendidos nueve metros de tela de toldo, amarillo desteñido, que había sacado del frente de la verdulería de los Cuello. Al lado, el dibujo que Aníbal había hecho en el dorso de una factura de la ferretería: un triángulo grande con números chiquitos en los bordes. Aníbal había muerto en marzo y el carro a vela quedó en el galpón del fondo, con el chasis soldado, las tres ruedas puestas y el mástil apoyado contra la pared. Le faltaba la vela.
—Abuela, te dije que hay una tela que se compra —dijo Joaquín desde la puerta. Tenía dieciséis años y las zapatillas llenas de tierra blanca.
—Se compra en San Juan, y ahí se te va la semana. El campeonato es el sábado.
—Es el domingo.
—Bueno. Con más razón.
El chico se sentó en el banquito de las bobinas y miró el dibujo. Hacía meses que andaba con el carro en la cabeza. Aníbal le había enseñado a leer el viento en la Pampa, a distinguir la ráfaga limpia de la que viene cargada de polvo, y a no confiar nunca en un viento que sopla recto porque en el Barreal Blanco nada sopla recto mucho tiempo. Pero la vela no se la había enseñado a nadie, porque la vela era cosa de Eulalia, que en cuarenta años le había cosido a él cuarenta velas y ninguna salió igual.
—Pasame el metro.
Midieron. Ella marcó con jabón de sastre, cortó con las tijeras grandes, las de mango negro, que tenían un hilo de óxido en el tornillo. Dobló los bordes dos veces, prendió con alfileres, y volvió a la máquina. El traqueteo arrancó y no paró.
Al mediodía comieron parados, un pan con queso y un mate lavado. Afuera el cielo seguía de un celeste casi blanco, sin una nube. En la Pampa de El Leoncito, esa planicie de arcilla seca que fue una laguna enorme antes de que existiera nadie para nombrarla, la superficie se pone dura como un piso de cocina. Por eso los carros corren ahí. Y por eso Aníbal, que había sido herrero y no sabía de otra cosa que de hierro y de viento, se había pasado la vida buscando la manera de que una tela le ganara al camino.
A las cuatro faltaba el refuerzo de las esquinas. Eulalia lo cosió con hilo de zapatero, tres pasadas, y le tembló un poco la mano en la última. Joaquín lo notó y no dijo nada.
—Ahora los ojales —dijo ella—. Ahí no se puede fallar.
—¿Y si la probamos?
—¿Hoy?
—Antes de que cambie. Mirá los álamos.
Los álamos se doblaban ahora todos para el mismo lado, y la luz de la tarde tenía un tono amarillento que no le gustaba a nadie con experiencia. Eulalia levantó la vista de la máquina. Cortó el hilo con los dientes.
Cargaron todo en la camioneta de los Cuello, que Joaquín manejaba con permiso de nadie. Salieron por la ruta, con el carro atado atrás y la vela enrollada como una alfombra sobre las rodillas de ella. Pasaron la última acequia, el último puesto, y la tierra empezó a ponerse clara. Cuando llegaron al borde de la Pampa, el cordón de la Precordillera ya había juntado una nube alargada y baja, como una ceja.
—Es el zonda —dijo Joaquín.
—Todavía no. Es el viento antes del zonda. Ese avisa, pero no empuja.
Armaron el carro entre los dos. Eulalia trepó el mástil con las manos, como lo hacía de joven, y enganchó la vela en los tres puntos. La tela amarilla se hinchó de golpe y tironeó. Joaquín se subió al asiento, se puso los anteojos de sol de Aníbal, que le quedaban grandes, y soltó el freno.
El carro no arrancó como arrancan las cosas en las películas. Primero se movió como dudando, una vuelta de rueda, otra, y la tierra hizo un sonido seco bajo las llantas. Después la vela agarró el aire y el carro se fue. Eulalia lo vio alejarse, cada vez más chico, con el triángulo amarillo inclinado contra el fondo gris de las sierras, y se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración como cuando enhebraba a oscuras.
Joaquín dio una curva ancha, muy ancha, y volvió. El carro frenó a diez metros con un arrastre largo. El chico bajó de un salto y no habló. Se quedó mirando la costura del borde, donde el viento había tensado la tela hasta marcarle cada puntada.
—No se rompió nada —dijo por fin.
—Claro que no.
—Abuela, ¿querés dar una vuelta?
Ella miró el asiento, bajo y estrecho, hecho para un cuerpo de dieciséis años. Miró el cielo que se cerraba. Pensó en Aníbal gritándole desde una punta de la Pampa, hace una vida, que el viento no se discute, se acompaña.
—Una sola.
Se sentó con las rodillas casi en el pecho, le ató el pañuelo al mástil por costumbre, y soltó el freno ella misma. La vela se llenó. La Pampa empezó a correr debajo de sus pies, blanca y lisa, con las sierras girando despacio a los costados, y el aire le sacó el aliento y le llenó los ojos de agua. Cuando llegó el primer golpe fuerte, el zonda de verdad, caliente y seco como la puerta de un horno, la vela amarilla lo recibió entera y no cedió ni una puntada.
Eulalia se rió, sola, a los gritos, con la boca llena de polvo, y el carro siguió derecho hacia donde terminaba la tierra.
Leave a Reply