El filo de la última tarde

Eladio Millaqueo afilaba a las cinco de la mañana, cuando el galpón todavía olía a frío y a lanolina vieja y el único ruido era el de la piedra girando en la afiladora. Catorce peines, catorce cuchillas. Les pasaba el pulgar de costado, sin apretar, y si el filo no le decía nada los volvía a la rueda.

Era el último día de esquila en la estancia, a unos cuarenta kilómetros de Puerto San Julián, y el último de sus treinta y un años con la comparsa. Se lo había dicho al capataz en octubre y el capataz había dicho “ya veremos”, que en Santa Cruz es una manera de decir que sí.

—Don Eladio —dijo una voz desde la puerta—. El Rubén pregunta si están los peines.

Era Lautaro, el playero, dieciséis años, la campera abierta y el viento metido en el pelo. Le tocaba contar las latas de cada esquilador y barrer la playa entre oveja y oveja. Era, como siempre, el más joven de la comparsa, y también el único al que Eladio le había dejado mirar cómo se afilaba.

—Están. Llevalos de a cuatro, no los tires en la mesa.

—¿Y por qué siempre de a cuatro?

—Porque cuando yo empecé me los tiraban y se mellaban. Y así me enseñaron a mí.

Lautaro se rio. Cargó los peines en la caja de lata y salió, y por un segundo entró el ruido completo del campo: el viento del oeste pegándole a la chapa, los corderos en los corrales, el cocinero golpeando una olla para avisar del desayuno.

A las siete ya estaban los doce esquiladores en la playa, cada uno frente a su brete, y la máquina grande empezó a zumbar con ese sonido parejo que, después de tres días, uno deja de oír. Eladio lo oía igual. Era su manera de saber que todo estaba bien: si el zumbido cambiaba de tono, algún peine andaba flojo.

Esa mañana el zumbido no cambió. Cambió a las cuatro de la tarde, cuando faltaban cuarenta y tres ovejas y el sol ya se ponía de costado sobre la meseta.

Primero fue un tosido, después un golpe seco, y después nada. Doce esquiladores se quedaron con la máquina muerta en la mano y la oveja entre las rodillas. El grupo electrógeno, afuera, se había apagado de golpe.

—Es el filtro —dijo alguien—. Con este viento se tapa.

—Tres horas, mínimo —dijo el capataz, mirando el reloj—. Y mañana viene el camión por los fardos.

Las cuarenta y tres ovejas esperaban en los bretes, con la lana larga, balando. Si pasaban la noche así, con el frío, se enfermaban. Eladio lo sabía, y el capataz también.

Eladio dejó la piedra, fue hasta el fondo del galpón y levantó la tapa de un baúl de madera que nadie había abierto en dos temporadas. Adentro, envueltos en un trapo aceitado, había tres tijerones de esquilar: hojas largas, mango de acero, el resorte en forma de U.

—¿Eso todavía corta? —preguntó el capataz.

—Corta mejor que lo que tenés ahí colgado.

Los esquiladores se miraron. Todos eran de máquina. Dos de ellos, quizás, habían usado tijerón una vez en la vida, de chicos, en el campo de algún tío. Eladio probó el filo con el pulgar, bajó los hombros y se dio cuenta de que le dolían igual que hacía veinte años.

—Yo hago una —dijo—. Y el que quiera, que mire.

Agarró una oveja del brete, la sentó con una rodilla en el pecho y empezó por la barriga. El tijerón hacía un ruido distinto, un chasquido corto, de metal contra metal, y la lana se abría en una sola pieza, pesada, blanca por dentro. Tardó diez minutos. Cuando soltó a la oveja, tenía la camisa pegada a la espalda y la mano derecha temblándole.

—Ahora vos —le dijo a Lautaro.

—Yo soy playero, don Eladio.

—Hoy no hay playa. Hay lana.

Lautaro tragó saliva. Tomó el tijerón con las dos manos, como quien agarra algo que no es suyo, y Eladio se arrodilló a su lado.

—Más bajo. Apoyá la hoja en el cuero, no la levantes. Dejá que el filo trabaje. Si hacés fuerza, la lastimás.

La primera oveja le llevó casi media hora y le dejó un par de escalones en el lomo. La segunda, veinte minutos. Los esquiladores terminaron acercándose, uno por uno. Rubén, el más veterano, se agachó junto a un brete, tomó el segundo tijerón, y no dijo nada. Después el tercero lo tomó otro.

A las siete menos cuarto, cuando el mecánico del campo por fin volvió con el filtro limpio, quedaban seis ovejas, y nadie quiso que arrancara la máquina todavía. Las esquilaron a mano, con el galpón a oscuras salvo por dos lámparas a gas y el viento golpeando la chapa afuera.

Cuando soltaron la última, el capataz sacó de un bolsillo las latas de la jornada, fichas de metal gastadas por años de mano en mano, y las fue dejando una por una en la lata de cada esquilador. Después hizo algo que Eladio no esperaba: dejó una más, vacía, sobre la tabla de afilar.

—Esa es la tuya —dijo—. Nunca te la pagamos.

Eladio no contestó. Se limpió las manos en el pantalón, juntó los tres tijerones, los envolvió en el trapo y los puso otra vez en el baúl. Pero esta vez no cerró la tapa. Lautaro se acercó, con el pelo lleno de lana y las manos hinchadas, y sin decir nada tomó la ficha de metal y la hizo sonar contra el fondo de la lata, una sola vez, como se hace con cada esquilador al terminar la oveja.

El ruido fue corto y claro. Afuera, el viento no paró. Adentro, el galpón entero lo escuchó.

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