A las once y diez de la noche del sábado, Nora Gallardo escurrió la última camiseta sobre la pileta del fondo y entendió que la lluvia no iba a parar.
Eran doce camisetas verdes con la franja blanca cruzada, más el arquero, que iba de amarillo. Las había traído del club en una bolsa de consorcio, embarradas hasta los hombros después del partido de la tarde en la cancha de tierra, y las había lavado una por una con jabón blanco, frotando el barro del cuello con un cepillo de uñas. Ahora colgaban de un alambre bajo el techo de chapa, goteando sobre el patio. Con la humedad de la barranca y el viento del sur, a las nueve de la mañana iban a estar tan mojadas como a las once de la noche.
Y a las nueve de la mañana, en el club Los Troperos de Tablada, la séptima división jugaba la final contra un equipo de Villa Gobernador Gálvez. Doce pibes de catorce años que habían esperado todo el año para ponerse esa camiseta delante de la gente.
Nora probó con la plancha, pero la tela sintética se arrugaba y se pegaba. Probó con el secador de pelo de su hija, que se apagó solo a los cuatro minutos. Se quedó mirando el alambre, con el delantal mojado hasta la cintura, y entonces se acordó de algo que decía su finado Héctor: que en Tablada todo lo que está tibio es del que tiene un horno.
Agarró la bolsa, metió las camisetas todavía húmedas, se puso el piloto de plástico y salió.
La panadería de los Grandoli quedaba a cuatro cuadras, sobre Avellaneda, con la persiana a medio bajar y la luz de adentro prendida. Desde la vereda ya se sentía el olor a grasa y a azúcar quemada. Nora golpeó el vidrio con el nudillo. Salió Rubén, el hijo, con la harina hasta los codos y una remera de los Troperos que le quedaba chica desde hacía veinte años.
—Nora. ¿Qué pasó?
—Necesito el horno.
—El horno está lleno. Estoy con las facturas del domingo.
—Rubén. —Levantó la bolsa—. Están las camisetas de la final.
Él miró la bolsa, miró la lluvia, se pasó el antebrazo por la frente y abrió la persiana.
Adentro hacía un calor húmedo y dulce. El horno de pisos, de ladrillo refractario y puerta de hierro, todavía guardaba la temperatura de la última tanda. Rubén sacó las bandejas de medialunas que esperaban turno y las apoyó sobre la mesada. Después abrió el piso de abajo con un trapo en la mano.
—Ahí, en el de abajo. No más de media hora, que se me funden. Y no toques la boca del fuego.
Las camisetas no entraban todas juntas. Nora las fue acomodando sobre las rejillas de los enfriadores, abiertas como si fueran pañuelos, de a cuatro por vez. Cada tanda tardaba lo que se tarda en pelar un kilo de papas. Rubén se sentó en un cajón de pan a mirar cómo se hinchaba el vapor, y no dijo nada durante un rato.
—Mi viejo te hacía la guita con los uniformes, ¿te acordás? —dijo al fin—. Los lavaba en la pileta del club con un jabón que sacaba del frigorífico.
—Héctor era el utilero —dijo Nora—. Yo solamente lavaba.
—Sí. Pero siempre lavabas vos.
Nora no contestó. Tocó la tela de la camiseta del diez, que humeaba sobre la rejilla, y encontró lo que había estado evitando desde la tarde: un agujero del tamaño de una moneda, a la altura de la costilla, donde el taco de algún rival había enganchado el hilo. Con la humedad no se veía. Con el calor, la tela se había abierto como una boca.
—Rubén. ¿Tenés aguja?
—Hilo de embutir, tengo.
—Servime.
Cosió sentada en el cajón, bajo el tubo de luz, con un hilo blanco grueso que usaban para atar los salamines de la panadería. Puntada chica, de costado, como le había enseñado su madre, que había bordado sábanas para una casa del centro. No era invisible, pero era firme, y se confundía con la franja. Le quedó una cicatriz blanca, prolija, sobre el verde. Cuando cortó el hilo con los dientes, la camiseta ya estaba seca.
A las dos de la mañana las doce estaban tibias y tiesas, con ese olor raro a pan y detergente que no se parecía a nada. Nora las dobló sobre la mesada, una arriba de la otra, y Rubén le puso arriba una bolsa de papel con seis medialunas.
—Para los pibes. Para que no jueguen en ayunas.
—No te las pago.
—Ya lo sé.
Caminó de vuelta bajo la lluvia, con la bolsa de consorcio pegada al pecho para que no se le mojara. La tela le calentaba los brazos a través del piloto. En la esquina de Grandoli y Ayolas, donde en otra época había estado el matadero, se detuvo un momento a ponerse bien la bolsa, y tuvo que sonreír: iba oliendo a panadería, como los chicos que vuelven de la escuela con la merienda en la mochila.
A las nueve menos diez, en el vestuario del club, el diez abrió la camiseta, la acercó a la cara y la olió.
—¿Por qué huele a facturas?
—Porque estaba calentita —dijo Nora, y le alcanzó la bolsa de papel—. Comé.
Él se la puso. Encontró la costura blanca en la costilla y pasó el dedo por encima, despacio, sin preguntar. Salieron a la cancha. Afuera, la tierra se había vuelto una pasta oscura, pero el cielo del sur empezaba a abrirse sobre el río, y las doce camisetas verdes brillaron un segundo, secas y humeantes, antes de que llegara el primer silbato.
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