El piletón de octubre

La barreta pesaba más de lo que Casimira se acordaba. Era la de su cuñado Nicanor, de mango gastado en el medio, justo donde la mano de un hombre más alto la había agarrado durante años. Casimira la levantó a la altura del pecho y la dejó caer sobre la costra blanca. El golpe sonó hueco, como cuando se golpea una olla vacía, y saltaron esquirlas que le picaron en la cara.

Era octubre y estaba a más de tres mil metros. El sol pegaba sobre el salar desde las ocho y el reflejo la obligaba a entrecerrar los ojos aunque tuviera puestos los anteojos de soldador que le había dado su hijo. A lo lejos, el Chañi tenía una gorra de nubes que no bajaba.

Durante veintiséis años había cosechado en el piletón de su marido. Ella rastrillaba, ella cargaba, ella contaba las bolsas, pero el piletón era de Eladio, y en la cooperativa figuraba él. Ahora Eladio andaba con la rodilla mala, sentado en la puerta del rancho con el mate, y había dicho que no pensaba cavar más. Casimira había dicho entonces algo que no esperaba decir:

—Entonces cavo yo uno.

—¿Uno qué?

—Un piletón. Uno mío.

Eladio se tomó el mate despacio. No dijo que sí ni que no. Esa noche le dejó la barreta de Nicanor apoyada en la pared, y Casimira entendió que eso era una respuesta.

Ahora llevaba dos horas rompiendo la costra. Había marcado el rectángulo con una soga y cuatro piedras: tres metros por cinco, más chico que el de su marido. Debajo de la capa dura aparecía una salmuera gris, aceitosa, que le mojaba las botas de goma y le dejaba en los pantalones unas manchas que después se secaban en blanco. La sal le había agrietado las manos hacía mucho, y en las grietas ya no ardía.

Llegó Jacinta, la vecina, con la carretilla vacía y un termo bajo el brazo.

—Vas muy a la izquierda —dijo, mirando la soga.

—Va bien.

—Te va a quedar torcido. El agua de la lluvia busca el lado bajo y se te va a juntar toda de un costado.

Casimira dejó la barreta. Se acercó a la soga y la miró desde el lado de Jacinta, agachada, con un ojo cerrado, como hacía Eladio. Tenía razón. La pendiente era mínima, un dedo en cinco metros, pero estaba.

—¿Y qué hago? —preguntó.

—Cavás más hondo de ese lado. Y nivelás con la pala, no con el pie.

Jacinta le dio un té con coca del termo y se fue sin esperar agradecimiento, empujando la carretilla por el camino de sal apisonada que ya tenía el brillo de las huellas viejas. Casimira se quedó un rato tomando el té y mirando el Chañi. Después volvió a levantar la barreta.

A las tres de la tarde el rectángulo estaba abierto. Había sacado los bloques de costra, los había apilado en el borde para hacer un pequeño muro, y el hueco mostraba una salmuera quieta, de un color como de agua de lavar. Le dolía la espalda. Tenía las muñecas hinchadas. Se sentó en el muro y sacó de la bolsa una galleta y un pedazo de queso de cabra.

Desde ahí vio venir a Eladio. Caminaba por el camino apisonado, con el bastón, con la rodilla que no doblaba. Le llevó veinte minutos llegar. Casimira no se levantó a ayudarlo. Cuando llegó, él miró el piletón sin decir nada, de un lado, del otro, y se paró en el borde bajo, el que ella había profundizado.

—¿Quién te dijo que cavaras más hondo de este lado?

—La Jacinta.

—Bien dicho. —Se agachó con trabajo y metió la mano en la salmuera. La sacó, se la llevó a los labios y la probó, como si la salmuera de octubre pudiera decirle algo—. Ahora hay que esperar.

—Ya sé.

—Tiene que llover. Si no llueve, no hay nada.

—Ya sé, Eladio.

Él asintió. Se quedó un rato más, mirando el rectángulo, y Casimira vio que le temblaba un poco la mano con que se apoyaba en el bastón. No supo si era la rodilla o otra cosa.

—El mío —dijo él al fin— lo cavé la primera vez en el 83, y no llovió hasta enero. Me quedé tres meses mirando un pozo vacío. Tu padre me dijo que era un tonto.

—¿Y fue?

—Fue. Pero ese año cosechamos igual, con las lluvias de enero. Se tarda.

Casimira se rió, un poco, por la nariz. Se paró y recogió la barreta y la soga. Los dos juntos caminaron hacia el rancho, despacio, a la velocidad de la rodilla de él. Detrás quedaba el piletón, abierto, con su muro torcido de bloques blancos.

Ya casi en el camino, Casimira se dio vuelta una vez. El sol había bajado y el salar empezaba a ponerse de ese color rosado que dura diez minutos. Sobre el Chañi, la gorra de nubes se había hecho más oscura y pesada, y se estiraba hacia el valle.

No era lluvia todavía. Pero en el rectángulo, quieto, la salmuera guardaba el cielo entero, y las nubes se veían ahí, adentro de su pozo, un poco más cerca.

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