A las tres y diez de la madrugada, Elvira Tapia ya estaba parada sobre el canal Flores con la linterna prendida en la frente y el cuaderno de turnos en el bolsillo de la campera. Noviembre en Agrelo todavía enfría de noche. Desde la cordillera bajaba un aire con olor a piedra mojada, y el agua, que había salido del dique Cipolletti hacía horas, corría por el canal de tierra con ese ruido ancho y parejo que ella reconocía dormida.
Era tomera hacía seis años. Antes lo había sido su tío Domingo, y antes, durante treinta, un hombre al que nadie recordaba el apellido y al que todos llamaban “el Gallego”. Un tomero no riega nada. Recibe el agua del canal principal y la reparte, toma por toma, a quien le toca. Cada finca tiene su hora anotada, y la hora se respeta aunque llueva en la cordillera o aunque el hombre al que le toca sea el peor vecino del mundo.
Esa noche le tocaba a Ciriaco Lencinas, de tres y cuarenta a siete y cinco.
Elvira bajó por el talud con cuidado de no resbalar en el barro. Revisó la compuerta de la toma de Lencinas, la chapa oxidada, el tornillo sin fin, la manija que hacía años alguien había reemplazado con un pedazo de caño. Probó el giro. Seguía duro. Le echó un chorro de grasa de la lata que llevaba en la mochila y volvió a probar. Mejor.
Hacía nueve años que Ciriaco Lencinas no le dirigía la palabra. Todo empezó con una hijuela, una zanja de un metro y medio que su padre había cavado en el límite de los dos parrales sin avisarle a nadie, y que Ciriaco decía que le robaba tres surcos de Malbec. Hubo una carta documento, un abogado de Mendoza y un asado de despedida al que Ciriaco no vino. Cuando murió el padre de Elvira, Ciriaco mandó una corona con una cinta sin nombre. Ella la dejó en el portón de la finca, y ahí quedó hasta que se la llevó el viento.
A las tres y treinta y cinco miró el reloj. Faltaban cinco minutos. Se sentó en el borde del canal, se sirvió un poco de mate del termo y escuchó. En la finca de enfrente un perro ladró dos veces y se calló. Más lejos, hacia el camino, pasó una camioneta con las luces bajas, de esas que salen a las cuatro para la bodega.
Entonces vio la luz.
Era una linterna chica, de mano, que se movía entre las hileras de la finca de Lencinas. Alguien caminaba hacia la toma despacio, con paso de hombre grande, y se detuvo del otro lado de la compuerta. Elvira lo reconoció por el sombrero. Ciriaco tenía ochenta y un años y la misma gorra de paño con la que había ido a todos los turnos de su vida.
No se saludaron. Él se quedó mirando el agua que corría frente a la compuerta cerrada. Ella tomó el termo, se levantó, y fue a pararse junto a la manija.
—Falta un minuto —dijo Elvira, sin mirarlo.
—Ya sé —dijo Ciriaco.
Fue todo lo que se dijeron en una hora. A las tres y cuarenta en punto, Elvira giró la manija. El tornillo rechinó apenas y la chapa subió despacio. El agua se metió por la boca de la toma, empujó primero un poco de tierra y hojas secas, y después corrió limpia por la acequia hacia el parral. Ciriaco, del otro lado, ya había abierto con la pala la primera boca de los surcos. El agua llegó a sus botas y no las esquivó.
Elvira se quedó un rato más. Las ciento noventa y dos horas del ciclo se repartían así: una semana y un día entero para que cada finca esperara su turno, y cuatro horas y media para que el agua hiciera su trabajo. Ocho días de espera por unas pocas horas de agua. Todos en Agrelo habían aprendido a vivir con esa cuenta, y a nadie se le ocurría quejarse, porque todos sabían que el agua era la única que no se podía pedir de nuevo.
Ciriaco caminó junto a la primera hilera, agachado, con la linterna apuntando a los pies. Al rato volvió a la compuerta.
—La manija —dijo.
—Estaba dura. Le puse grasa.
—Hace años que está dura. Nadie me la quiso arreglar. —Hizo una pausa larga, de esas que se parecen a un portón que se abre mal—. El Gallego me la dejaba así por cabeza dura.
—Yo no soy el Gallego.
—No. Vos sos la hija de Tapia.
Lo dijo sin enojo, apenas como quien lee una etiqueta. Elvira apretó la tapa del termo. Del otro lado de la tranquera, el agua ya había avanzado cuarenta metros entre las vides, y por el ruido se notaba que el suelo la bebía con ganas.
—Su turno termina a las siete y cinco —dijo ella—. Yo vengo a cerrar.
—Vení a las siete. Si querés. —Ciriaco se acomodó la gorra—. Hay café. Mate no tengo, no sé hacerlo, lo hacía la finada.
Elvira no contestó enseguida. Del lado del cerro empezaba a aclarar una línea fina, apenas un gris más claro entre dos grises. En unos minutos se iba a distinguir el verde de los brotes nuevos de la vid, esas hojas del tamaño de una uña que todavía no tienen opinión sobre el verano.
—A las siete —dijo.
Volvió por el talud hacia la camioneta. Antes de subirse miró otra vez hacia la toma. Ciriaco seguía ahí, quieto, con el agua corriéndole a un costado, y no hacía nada. Solo miraba cómo entraba el agua. Cuando ella arrancó, él levantó la mano, un solo gesto corto, y la dejó en el aire un segundo de más.
A las siete y cinco la compuerta bajó sin un ruido.
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