La placa sin nombre

El trapo de franela ya estaba negro cuando Teodoro Vallejos llegó a la esquina de Perón y Mitre. Lo había llenado de cera de abeja a las seis y media, con el termo entre las rodillas y la camioneta de la Municipalidad estacionada sobre la vereda, con las balizas puestas. Hacía una semana que llovía a ratos, y en la madera se notaba: una pelusa verdosa en las junturas, un gris de humedad en la base.

La escultura era un hombre de quebracho colorado, de dos metros y poco, con los brazos pegados al cuerpo y la cabeza un poco inclinada, como si escuchara algo que le decían desde abajo. Teodoro la limpiaba desde hacía veintidós años, antes de cada Bienal, igual que las otras once que le tocaban en el centro. Conocía las fisuras de memoria. Sabía que del lado del sol la veta se abría y del lado de la sombra se hinchaba.

Lo que no sabía era quién la había hecho.

La placa de bronce, atornillada al pedestal de cemento, decía solamente: Talla en madera. Resistencia, 1991. Un rectángulo en blanco donde tendría que ir el nombre, y debajo, tres tornillos sin cabeza. Alguna vez la placa había tenido más. En la oficina de Cultura le habían dicho que el expediente se mojó en una inundación, que el libro de actas se lo había llevado alguien, que preguntara en el Fogón. En el Fogón le habían dado un mate lavado y un «seguro lo sabe fulano», y fulano se había mudado a Corrientes.

—Buen día —dijo una voz a la altura de su cintura.

Era una nena de unos nueve años, con el guardapolvo blanco y la mochila colgando de un solo hombro. Del otro lado de la calle, una mujer con bolsa de feria la esperaba con cara de apuro.

—Buen día.

—¿Por qué le saca brillo? Si es de palo.

—Porque el palo también se cansa —dijo Teodoro, y se arrepintió, porque sonaba a frase de cartel—. Si no le doy cera, se raja. Y a la Bienal viene gente de todos lados.

—¿Y cómo se llama?

—¿Quién?

—El señor de madera.

Teodoro dejó el trapo sobre el pedestal. Miró la placa, el rectángulo liso, y por primera vez en veintidós años le dio vergüenza.

—No sé —dijo—. No sabemos quién lo hizo.

—Entonces no se llama nada.

—Algo se llamará.

—Pregúntele a él —dijo la nena, muy práctica, y cruzó corriendo a donde la esperaba la madre, que ya la agarraba de la capucha.

Teodoro se quedó un rato quieto. Pasó un colectivo de la línea 3 con las ventanillas empañadas, y el aire llevó un olor a chipá recién salido de alguna cocina de la cuadra, que a esa hora ya empezaba a vender para los visitantes. Se agachó con una rodilla en el cemento, porque esa parte nunca la había limpiado con atención. Era la base, la zona fea, donde el quebracho se juntaba con el pedestal y quedaban restos de barro seco y de hormigas.

Raspó con la uña. Después con el palito de madera que usaba para las grietas. Salió la tierra, salió una capa gris de moho, y debajo, en la cara que miraba a la pared de la casa de enfrente, apareció una línea de letras talladas con gubia, chiquitas, torcidas, de alguien que escribía de apuro y apoyado en el borde de la obra.

No era un nombre. Eran dos palabras: Para Ramona.

Teodoro se sentó en el cordón. Se sacó la gorra. Hacía veintidós años que le pasaba el trapo a esa pierna, a esa cadera, a ese zócalo, y nunca se le había ocurrido que alguien pudiera haber escrito algo donde nadie iba a mirar.

Lo fotografió con el celular. Después, como seguía sin entender, volvió a la camioneta, sacó la libreta de las planillas de mantenimiento y empezó a hacer la cuenta de memoria: 1991, la plaza, el concurso de talla, los escultores dormidos en carpas, las mujeres que traían empanadas y sandía. Ramona. Podía ser la esposa, la hija, la madre, una vecina, una perra.

Llamó a Estela, de Cultura. Estela dijo que no tenía idea. Llamó al Fogón y le atendió un chico que dijo «ah, a ver» y lo dejó esperando con una chacarera de fondo. Llamó a su cuñada, que había vivido toda la vida en la calle Güemes y conocía a todos.

—¿Ramona qué? —dijo ella.

—No sé.

—Hay una Ramona Aquino que tenía una rotisería en la avenida Alberdi. Se murió hace poco. Los hijos siguen ahí.

—¿Y qué tiene que ver?

—No sé, Teodoro. Vos preguntaste por Ramonas.

Al mediodía, con la cera ya seca y el quebracho brillando como un mueble de abuela, fue hasta la rotisería. Nadie le dijo nada concreto. Un hombre mayor, el hijo, lo escuchó sin interrumpir mientras cortaba milanesas, secándose las manos en el delantal. Cuando Teodoro terminó de hablar, dejó el cuchillo.

—Mi viejo tallaba —dijo—. Los domingos, en el patio. Nunca quiso firmar nada porque decía que era para la casa y no para el museo. Ese año se anotó en el concurso a escondidas. Mi mamá se enteró cuando vio la foto en el diario.

—Hay una cosa en la base —dijo Teodoro, y le mostró la pantalla del celular.

El hombre la miró mucho tiempo. Después se dio vuelta hacia la cocina, donde una mujer joven pelaba mandioca, y dijo sin gritar, como si hablara de la hora:

—Mirá, Noe. Te dije que la había hecho el abuelo.

El jueves, dos días antes de la apertura, Teodoro volvió a Perón y Mitre con un destornillador y la autorización escrita de Estela, que había llorado un poco por teléfono y después había dicho que «había que hacer un expediente». Sacó la placa vieja, la guardó en una bolsa, y atornilló una nueva, de aluminio, que habían grabado en una ferretería de la calle Brown. Decía el nombre completo del escultor, el año, y abajo, en letra más chica, lo que él había copiado de la base.

La nena pasó a las doce y diez, con el mismo guardapolvo. Frenó en seco.

—Ahora sí se llama —dijo.

—Ahora sí.

—¿Y quién es Ramona?

Teodoro miró la cabeza inclinada del hombre de quebracho, esa manera de escuchar hacia abajo, y por fin entendió hacia dónde.

—Una que sabía dónde mirar —dijo.

Cuando la nena se fue, Teodoro tomó el trapo, ya limpio, y le dio una última pasada por el zócalo, justo sobre las letras chiquitas, con cuidado de no borrarlas.

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