La mano en la vereda

Haydée Mancini bajó de la camioneta con el bastón en una mano y el termo en la otra, y lo primero que sintió fue el crujido. Epecuén no se pisa como un campo. Se pisa como un pan viejo: la costra de sal cede un poco y después aguanta.

—Tía, ¿estás segura de que es por acá? —preguntó Brenda, que tenía diecinueve años, un buzo de la facultad y el celular ya levantado para sacar fotos.

—No saques nada todavía. Primero mirá.

Miraron. Eran las siete de la mañana de un día sin nubes, y el viento del lago traía ese olor mineral, a moneda mojada. Alrededor, lo que quedaba del pueblo: paredes sin techo, columnas, un chasis de camión comido por el óxido, y los troncos de los árboles, blancos como si los hubieran dibujado con tiza. Más allá, la laguna, quieta, mucho más atrás de donde Haydée la recordaba.

—Yo me acuerdo del agua en la puerta —dijo—. No ahora. En el ochenta y cinco. Después de que nos sacaron ya no volví a verla.

Caminaron despacio por lo que había sido una calle. La pensión de los Mancini quedaba a tres cuadras de la costanera, doce habitaciones, un patio con parral y una cartelera de chapa que decía «Agua salada, baños de barro, pensión completa». Su madre cocinaba para veinte. Su padre cargaba bolsas de barro negro del borde de la laguna para los abuelos que venían con las rodillas hinchadas desde Buenos Aires, desde Bahía Blanca, desde Pehuajó.

—¿Y qué buscamos? —dijo Brenda.

—Una baldosa.

—¿Una baldosa?

Haydée se frenó para tomar aire. Tenía setenta y cuatro años y las piernas no le respondían como antes.

—En el sesenta y tres, tu bisabuelo hizo la vereda nueva. Cemento fresco, con las guardas de ladrillo. Yo tenía once años y me dejaron poner la mano en la última baldosa. Mi hermano Beto puso la suya al lado. Yo pensé que era para siempre.

—Tía, pasaron cuarenta años de agua. Diez metros de agua, leí.

—Lo sé.

—Puede que ni esté.

—Lo sé, Brenda.

La chica no dijo más. Caminó al lado de su tía, atenta a dónde pisaba la mujer, y cada tanto miraba el suelo por si encontraba algo, sin saber bien qué.

Pasaron una pared con un hueco que alguna vez fue ventana. Pasaron un horno de pan, con la boca negra abierta. Haydée reconoció una esquina por un poste de luz, el único que seguía parado, inclinado como un borracho. De ahí contó las cuadras con los dedos. Una. Dos. Tres.

No había nada. Había un cuadrado de ladrillos rotos, un pedazo de piso gris cubierto de sal, malezas bajas y una cama de elástico oxidada que alguien, cuarenta años atrás, había dejado en un cuarto.

—Es acá —dijo Haydée, y se sentó sobre un trozo de muro. Sirvió mate en la tapa del termo y se lo ofreció a su sobrina, que tomó sin hablar.

El sol subió un poco. La sal empezó a brillar con un blanco que dolía en los ojos. Brenda se arrodilló y pasó la manga del buzo sobre el piso gris. Salió una línea de ladrillo. Después otra. Después un borde recto.

—Tía. Ayudame.

Haydée se dejó caer de rodillas, con un quejido, y entre las dos fueron barriendo con las manos. La costra se desprendía en láminas finas, como escarcha. Debajo apareció una guarda de ladrillos, desgastada y rosada. Y entre dos guardas, un cuadrado de cemento liso, con grietas finas.

Nada. Ninguna mano.

Haydée miró ese cuadrado un rato largo. Se le fue el aire de los hombros.

—Se lavó —dijo—. Claro que se lavó. Qué boluda.

—Esperá —dijo Brenda.

Había pasado el dedo por una de las grietas, y la grieta no era una grieta. Era el dedo mayor de una mano. Los cinco dedos estaban ahí, hundidos apenas medio centímetro, rellenos de sal blanca y fina, tan finos que desde arriba parecían una mancha. La sal había entrado en cada surco y los había dibujado de nuevo, uno por uno, como un relleno de azúcar.

—Es chiquita —dijo Brenda.

—Tenía once años.

—No, digo que es chiquita pero no es la única. —La chica se corrió un poco y limpió la baldosa de al lado. Otra mano, más grande, de dedos separados—. Mirá. Esta debe ser la de Beto.

Haydée no contestó. Apoyó su mano abierta sobre la huella chica, y la huella chica le cabía adentro con lugar de sobra. Pensó en el parral, en su madre gritando que salieran de la vereda fresca, en Beto riéndose con la cara llena de cemento. Beto había muerto en Bahía Blanca en dos mil doce, sin volver nunca.

—Sacame una foto —dijo por fin, con la voz medio rota—. Ahora sí.

Brenda levantó el celular. Pero antes de sacarla, bajó la mano libre y la puso sobre la baldosa de Beto, encajando sus dedos largos en el molde de los dedos del tío abuelo que nunca conoció.

Así quedaron las tres manos, la de una nena de once años, la de un chico muerto y la de una chica de hoy, sobre el cemento blanqueado, mientras el viento seguía trayendo desde el agua su olor a moneda mojada y, por primera vez desde 1985, la vereda de los Mancini tenía a alguien sentado en ella.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *