El sótano de Pividori

Ramona Ledesma bajó los nueve escalones del sótano con la linterna del celular entre los dientes, porque con una mano se agarraba de la pared y con la otra sostenía la bolsa de tela. Afuera, julio había dejado una costra de hielo en la acequia. Adentro el aire era otro: húmedo, quieto, con olor a pimienta, a ajo y a algo más viejo que no tenía nombre y que ella conocía de memoria.

Del techo colgaban los salames, atados de a pares, cada par con su piolín. Estaban cubiertos de una pelusa blanca, pareja, como si les hubiera nevado encima. Ottavio Pividori decía que esa pelusa no la traía nadie, que ya estaba en el aire de Caroya y en las paredes de cada sótano de la colonia, y que el que quisiera salame bueno solo tenía que tener paciencia y no abrir la puerta de más.

Ottavio había muerto en mayo. Los salames los había embutido en junio, en la primera helada fuerte, él solo, con las manos que le temblaban pero con el pulso justo para atar. Eso le había contado Ramona al nieto por teléfono. Lo que no le había contado es que ella lo ayudó. Cuarenta años cruzando el alambrado de la casa de al lado, primero a lavar ropa para la señora Pividori, que era su patrona de joven, y después, sin que nadie lo decidiera, a la carneada de cada invierno.

Ella no era friulana. Era hija de una santiagueña que había llegado a Córdoba con una valija de cartón. Pero en la carneada nadie preguntaba el apellido, preguntaban si sabías mover el brazo parejo cuando la picadora largaba la carne y el tocino.

Levantó un par y lo pesó en la palma. Todavía estaba blando de más. Lo acercó a la nariz. Tenía acidez, pero faltaba esa nota redonda, casi dulce, que aparecía hacia el final. Lo dejó donde estaba.

—Tres semanas más —dijo en voz alta, como si Ottavio estuviera sentado en el banquito de los chacinados—. Tres, y listo.

Arriba sonó el portón. Ramona subió despacio, con una mano en la baranda y la otra en la rodilla.

En el patio, la camioneta de Lautaro Pividori tenía las luces prendidas y el motor andando. Había venido de la ciudad de Córdoba después del trabajo, con campera de oficina y zapatos que no eran para el barro. Tenía treinta y dos años y los ojos de la señora Pividori, aunque no sabía casi nada de su abuela.

—Ramona, no quería molestar a esta hora. Mañana viene el de la inmobiliaria a sacar fotos. Quería juntar algunas cosas antes.

—Pasá, que hace frío.

—No, no. Es un minuto. Las herramientas del abuelo, la picadora, esas cosas. Alguien me dijo que en el sótano hay unos fiambres. No sé qué hacer con eso. Si querés llevártelos vos…

—Todavía no están.

—¿Cómo, no están?

—No están listos. Son los últimos de tu abuelo. Le faltan tres semanas.

Lautaro se pasó la mano por la cara. Ramona vio que estaba cansado de verdad, de esa clase de cansancio que no se arregla durmiendo.

—Mirá, yo entiendo que para vos es un salame —dijo él—. Pero la casa está en venta desde hace dos meses. Si aparece un comprador, no puedo decirle que espere por unos embutidos.

—Eran de él.

—Ya sé que eran de él.

—Te pido que bajes un minuto. Uno solo.

Él dudó. Después apagó el motor.

Bajaron los dos, Ramona adelante, él detrás, tanteando los escalones con el pie. Cuando Lautaro cruzó el umbral se quedó quieto. Ramona lo dejó. En la luz amarilla de la lamparita, los salames colgaban en filas, cientos de pelusas blancas en silencio, y el olor se les subía a la ropa.

—Esto lo hizo él —dijo Lautaro, bajito.

—Lo hizo en junio. Yo le sostuve la tripa.

Ramona descolgó un par de la punta del fondo, de los primeros que habían embutido. Del bolsillo del delantal sacó el cuchillo de mango de hueso que había sido de Ottavio y lo apoyó sobre la mesa.

—Este no está del todo. Pero te sirve para saber.

Cortó una rodaja gruesa, tan clara que se veía el grano del tocino como pequeñas ventanas. Se la dio. Lautaro la miró un segundo y se la llevó a la boca. Masticó despacio. Ramona le miraba la cara, no el salame. Vio que pasaba por la sorpresa y después por otra cosa, porque tragó y se quedó con los labios apretados.

—Es el gusto de la casa —dijo por fin—. Cuando era chico, cada Navidad. Yo no me acordaba de que era esto.

—Todavía le falta.

—A mí no me parece que le falte nada.

—Es que no lo conocés crudo. Dentro de tres semanas, vas a entender la diferencia.

Lautaro se quedó mirando los hilos del techo. Después hizo algo que Ramona no esperaba: sacó el celular, abrió la agenda y escribió algo con los pulgares.

—Le acabo de escribir a la inmobiliaria. Que las fotos las saquen a mediados de agosto.

—No hace falta que…

—Ya está. Pero me tenés que enseñar a darlos vuelta. O a lo que haya que hacerle. No quiero que se me arruinen.

—No se dan vuelta —dijo Ramona—. Se dejan en paz. Eso es lo difícil.

Él se rió, y la risa rebotó contra el cemento y volvió más grande. Ramona envolvió el resto del salame en un trapo y se lo puso en la mano.

Subieron. En la puerta de la cocina, Lautaro se dio vuelta una vez más hacia la boca del sótano, que se quedó abierta unos segundos largos, y de abajo subió el olor a pimienta, a ajo y a frío, el mismo de siempre. Ramona cerró con cuidado, sin portazo, para no mover el aire.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *