El amarillo de la Stella

A las seis de la mañana el puerto huele a gasoil, a algas y a café quemado de termo. Chicha Gentile bajó por la rampa de la Banquina con un tarro de pintura bajo cada brazo y se paró frente a la lancha atada en el último amarre. Casco amarillo, cabina amarilla, y en la proa, apenas una sombra donde antes decía STELLA MARIS.

El comprador llegaba a las tres. Era de Bahía Blanca, había mandado un camión con un acoplado para llevarse la lancha por tierra, y había pedido una sola cosa por teléfono: que el barco saliera de Mar del Plata “como era”.

—Como era —repitió Chicha, y apoyó los tarros en el muelle.

Su padre, Domingo, había pintado ese casco todos los inviernos durante cuarenta años. Ahora estaba en la casa de Los Troncos, con la pierna enyesada y la cabeza clara pero cansada, y desde el sillón había dicho que el nombre se lo dejaba escrito ella, porque a él ya no le daba el pulso. Chicha tenía las letras dibujadas en un cartón. Lo que no tenía era el color.

Había comprado dos amarillos en la pinturería de la avenida Martínez de Hoz. El primero, sobre el costado de prueba, quedó chillón, de cartel de farmacia. El segundo salió pálido como manteca. La lancha vecina, la de los Scaglione, tenía el amarillo de siempre, el de todas las lanchas costeras del puerto, ese que parece tener un poco de sol adentro. El de la Stella era otro, más pardo, más cansado. Ella lo sabía de memoria y no podía mezclarlo.

A las ocho llegó el Tano Scaglione con una caja de hielo y se quedó mirando los manchones.

—Eso no es —dijo.

—Ya sé que no es.

—Tu viejo le ponía algo. Yo lo vi una vez. Un polvo.

—¿Qué polvo?

—Qué sé yo. Tierra. Iba a la casilla a buscarlo.

La casilla era un cuartito de chapa pegado a la escollera, con una puerta que se trababa. Chicha la empujó con el hombro. Adentro había redes enrolladas, boyas, una radio sin pilas y un estante con latas viejas. Una decía CLAVOS, otra decía BRONCE. En la tercera, sin etiqueta, había un polvo color ladrillo apagado, y pegada a la tapa por dentro, con cinta, una tira de papel escrita a lápiz con la letra apretada de su padre.

“Amarillo: 4 partes de lo que venden. 1 de tierra de la barranca de Camet. Revolver hasta que no se vea el grano. Dejar reposar mientras se toma un mate.”

Chicha se rió sola, con la lata en las manos. Se rió y después se le cerró la garganta. Barranca de Camet. Su padre había juntado esa tierra cuando ella era chica, un domingo, con una palita de playa, y la había guardado como se guardan las cosas que uno cree que nadie va a pedir nunca.

Mezcló con un palito de helado en un tarro vacío. Cuatro partes, una de tierra. Revolvió hasta que el grano desapareció. Después se sentó en un cajón, se sirvió un mate del termo y esperó. Un lobo marino asomó la cabeza entre dos pilotes, resopló y volvió a hundirse. Pasó una lancha que volvía de arreglar trampas, con las gaviotas pegadas a la popa.

Cuando terminó el mate, pintó un cuadrado de prueba en el costado. Dejó que el aire lo tocara. A los diez minutos el color había asentado y era el de su infancia, ese amarillo de pan viejo al sol.

Trabajó toda la mañana. Raspó la proa, lijó, pasó la mano de fondo y dos de color. El Tano le prestó una escalera. Una señora que compraba conservas en la Banquina se detuvo a mirar y dijo que ella también tenía un papá con las manos hechas de pintura. Chicha le dio las gracias sin dejar de pintar.

A la una y media llegó la hora de las letras. Pegó el cartón con cinta, marcó los contornos con un lápiz de carpintero y abrió el tarrito de pintura blanca, la única que no había tenido que mezclar. Le temblaba la mano y la dejó apoyada un rato contra la madera caliente. Pensó en las tres veces que su padre le había dicho “por la raíz, no por la punta”, hablando de cualquier cosa: del pescado, de los nudos, de los hombres.

Empezó por la S. Después la T. Cada letra le llevó más de lo que pensaba y menos de lo que temía. En la R de STELLA se le corrió un hilo de blanco y lo corrigió con la uña envuelta en un trapo. Con la M de MARIS hizo una pausa y se limpió la frente con el antebrazo. La S final la dibujó casi sin mirar.

A las tres menos diez el camión paró en lo alto de la rampa. Bajó un hombre de gorra, flaco, de unos cuarenta años, con una carpeta en la mano. Miró la lancha un buen rato. Miró las letras, todavía brillosas. Miró el casco.

—Es igualita a la de la foto —dijo—. Mi abuelo tenía una así en Ingeniero White. Se la vendieron, y nunca más la vio.

Chicha no contestó enseguida. Le alcanzó la lata con la tira de papel pegada en la tapa.

—Llevátela. Tiene la receta del color. Cuatro partes y una de tierra de Camet, que ahí en Bahía no vas a encontrar, pero yo te mando un frasco.

—¿Y para qué la quiero?

—Porque cada invierno se destiñe un poco. Y alguien tiene que acordarse.

El hombre guardó la lata en la carpeta. Los dos se quedaron un momento mirando la proa, donde el nombre empezaba a secarse con el sol de la tarde, y el amarillo ya no se distinguía del de las otras lanchas. Chicha pensó que eso era lo mejor que podía pasarle a un color.

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