La libreta de los cajones

Camila Estrada tenía la lapicera atada al cuaderno con un hilo de coser, porque en tres vendimias se le habían perdido cuatro. Eran las doce y diez, el sol caía a plomo sobre las hileras de torrontés y, al pie del cerro, la tierra colorada tenía ese olor a polvo tibio y a hollejo pisado que se le metía en la ropa y no se iba hasta Semana Santa.

Su trabajo era simple y no admitía errores: cada cuadrillero llegaba con el cajón lleno, ella lo anotaba en la libreta, le entregaba una ficha de plástico verde y a las dos de la tarde, antes de que saliera la camioneta de vuelta al pueblo, contaba fichas contra rayas y armaba el sobre de cada uno. Camila quería una sola cosa ese día: cerrar la cuenta justa, al peso, para que nadie tuviera que volver a preguntarle nada.

—Treinta y uno —cantó Elías, bajando el cajón de la espalda.

—Treinta y uno —repitió ella, y puso la raya.

Elías tenía dieciocho años, había venido de Tucumán en una cuadrilla con el tío, y se movía entre las plantas como si le debieran plata. Todos los días terminaba último. Todos los días tenía las manos más lastimadas y la cuenta más corta.

A la una y media, cuando el campo ya se estaba vaciando y los de la cuadrilla se sentaban a la sombra del galpón con el mate y las empanadas frías, se acercó don Segundo. Era el tío. Tenía la cara cuarteada como el barro de la acequia seca y un sombrero de paja que alguna vez fue blanco.

—Camila —dijo, bajito—. Vení, que te quiero pedir una cosa.

Ella cerró el cuaderno con el dedo adentro, para no perder la página.

—Yo hice cuarenta y ocho hoy —dijo don Segundo—. El nene hizo treinta y uno. Para la prima de fin de semana hay que llegar a cuarenta, vos sabés. Y el nene lo necesita. La madre está enferma en Famaillá y el pasaje no se lo paga nadie.

—Don Segundo…

—Pasame ocho cajones de mi cuenta a la suya. Yo no los necesito, ya estoy viejo para viajar. No se entera nadie.

Camila miró el cuaderno. Después miró a Elías, que a lo lejos se lavaba la cara en la canilla del galpón, con los hombros caídos de cansancio y el agua corriéndole por el cuello. No parecía un chico que hubiera hecho trampa en su vida. Parecía un chico que no sabía que estaban hablando de él.

—Esto no se puede —dijo ella—. El contratista revisa las libretas.

—El contratista revisa los números, no a la gente.

—Y si pregunta, ¿qué le digo?

Don Segundo se sacó el sombrero y se pasó el antebrazo por la frente. Quedó un surco claro en la piel.

—Que no te acordás. Que se te cruzaron los cajones. Nadie te va a creer menos por eso: tenés diecinueve años.

Camila pensó en su padre, que había sido balancero en una bodega de Tolombón y le había enseñado, antes que las tablas de multiplicar, que la libreta era lo único que no podía mentir en una finca, porque todo lo demás sí mentía: el clima, el precio de la uva, el patrón. Pensó también en la mano de Elías, partida en la base del pulgar, que él se vendaba con una media.

—Dejame pensarlo —dijo.

—Tenés media hora.

Se quedó sola en el escritorio, que era un tablón sobre dos caballetes, y contó. Las fichas verdes, de a diez, en filas sobre el cuaderno. Cuarenta y ocho de don Segundo. Treinta y uno de Elías. Y al contarlas se dio cuenta de algo que ni el tío ni ella habían mirado: el cajón de Elías venía siempre más lleno que los otros. Ella lo sabía de tanto levantarlos. Los treinta y un cajones del chico pesaban, cada uno, lo que un cajón y cuarto de cualquier otro. Lo había notado el segundo día y lo había dejado pasar, porque la planilla no tenía columna para eso.

La finca pagaba por cajón, no por kilo. Pero el contratista, cuando armaba la prima, pesaba una muestra al azar, y a quien traía los cajones colmados lo anotaba aparte, en una hoja que Camila nunca veía.

A las dos menos veinte volvió don Segundo, con el sombrero en la mano.

—¿Y?

—Anoto lo que hizo cada uno —dijo Camila—. Cuarenta y ocho y treinta y uno.

Don Segundo asintió despacio, sin enojo, como quien ya sabía.

—Pero escuchame —siguió ella, y sintió que le temblaba un poco la voz—. Voy a escribir al lado del nombre de Elías “cajón colmado”, todos los días, desde el lunes. Y a mano, con tu nombre abajo, como testigo. Si el contratista pesa, que pese todo.

—No sé si sirve.

—Tampoco sé yo. Pero está escrito.

El hombre la miró un momento largo. Después se puso el sombrero, muy derecho, y fue hasta la sombra del galpón. Camila lo vio sentarse junto al sobrino, sacarle el mate de la mano, cebarle uno y devolvérselo sin decir nada.

A las dos en punto sonó la bocina de la camioneta. Camila terminó de armar los sobres, los repartió uno por uno, y al último, el de Elías, le agregó una ficha verde que había guardado en el bolsillo del delantal, de las que ella misma se había ganado una vez, de chica, trepándose a los camiones de uva con su padre.

—Esta es tuya —dijo—. Para que la cuentes vos.

Elías la miró sin entender. Después se la guardó en el bolsillo de la camisa, donde llevaba el vendaje de repuesto.

Cuando la camioneta arrancó, levantando una nube colorada contra el cerro, Camila abrió el cuaderno en la página del día. Debajo de la última raya escribió la fecha, la hora y el nombre de cada uno. Y al lado de Elías, con la lapicera atada al hilo, trazó la primera palabra de una lista que iba a durar hasta el final de la cosecha: colmado.

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