La torta de la lata

La lata estaba en el estante más alto de la despensa, detrás de los frascos de dulce de citrón, y Lautaro tuvo que subirse a un cajón de manzanas para alcanzarla. Era una lata de galletitas de las de antes, con un dibujo de pino nevado casi borrado por los dedos. Pesaba como un ladrillo.

—Despacio —dijo la abuela Edith desde la puerta—. No es de vidrio, pero se enoja igual.

Afuera, en la calle Yrigoyen, ya se oía el primer micro de turistas frenando con ese suspiro de aire que tienen los micros. Faltaban dos horas para que la casa de té abriera los domingos, y la cocina olía a pan recién sacado, a manteca tibia y a la lana mojada de los cubretetera que Edith había lavado el sábado y puesto a secar en el respaldo de las sillas, uno rojo, uno verde, uno con una oveja torcida que había tejido la tía Marisa cuando todavía veía bien.

Lautaro apoyó la lata sobre la mesada de madera. Tenía dieciséis años, los nudillos pelados de lavar vajilla y una camisa blanca que le quedaba corta de mangas. Hacía tres meses que servía las mesas los fines de semana, y todavía se le cruzaban el azucarero y la jarra de leche.

—¿Y ahora? —preguntó.

—Ahora la abrís.

La tapa estaba pegada por el tiempo. Hizo falta un cuchillo de mesa, metido de punta en la juntura, y un movimiento de palanca que sonó como un hueso. Adentro había papel manteca amarillento, y adentro del papel, una torta negra del tamaño de una mano grande y aplanada, oscura como turba, con una costra de azúcar quemada que brillaba apenas.

El olor le llegó de golpe. Jengibre, clavo, algo parecido al té fuerte y algo más hondo, de bodega, de ropero de abuela.

—La hizo la mamá de mi papá —dijo Edith, sentándose en el banquito con un quejido—. Tu bisabuela Annie. Para mi casamiento, en el ochenta y nueve. Se hacen para los casamientos, ¿sabías? Se guarda un pedazo. Dicen que mientras la torta dure, dura el matrimonio.

Lautaro miró la torta. Después miró a su abuela, que hacía diez años que vivía sola en la casa del fondo del terreno.

—Entonces no la cortes —dijo.

—Ya no hay nada que cuidar, nene. —Lo dijo sin tristeza, como quien informa la hora—. Pero tampoco me animé a tirarla ni a comerla. Treinta y siete años en la lata. Esta semana vino una señora de Cardiff con un grupo y me preguntó por la torta negra. Que allá la hacen solo para Navidad y casamientos, que nunca había visto una que se conserve. Se me ocurrió que si hay alguien que tiene que probarla, es alguien que no sepa de dónde viene.

—¿Querés que se la sirva a una turista?

—Quiero que la sirvas vos. Con tu mano. A la mesa que te toque.

Lautaro tragó. Tenía miedo, y no sabía bien de qué. Quizás de arruinar algo que ya estaba arruinado, o de que no pasara nada.

Edith le dio el cuchillo largo, el del mango de hueso. La torta cedió con una resistencia húmeda, densa, y el corte dejó ver un interior casi negro con vetas de fruta abrillantada, cerezas confitadas que habían perdido el rojo y se habían vuelto marrón rubí. Cortó una porción fina. Después otra, y una tercera, y las puso en el plato de loza con la guarda de flores celestes.

—Probá —dijo la abuela.

—¿Yo?

—Si no la probás vos, no la sirvo.

Se llevó un pedazo a la boca. Al principio no supo qué era. Dulce, sí, pero con un fondo amargo de caramelo oscuro, después el calor del jengibre subiéndole por detrás de la nariz, y un sabor largo, como de una habitación cerrada con la ventana apenas abierta. Masticó despacio. Se le puso un nudo raro en la garganta, y no era por la torta.

—Está buena —dijo, y le salió la voz finita—. Está muy buena, abuela.

Edith asintió una sola vez. Se levantó, abrió la alacena y sacó la tetera grande, la de porcelana blanca, y le calzó encima el cubretetera con la oveja torcida.

—Mesa seis, la de la ventana —dijo—. Son cuatro de Gales y una chica de Trelew que los acompaña de traductora. Hoy hay torta negra para los cinco.

A las cuatro menos diez el salón estaba lleno. Lautaro cruzó entre las mesas con la bandeja en alto, esquivando una mochila, una nena que corría y la sombra larga del sol de la tarde, que entraba oblicua y le ponía a cada taza un borde de luz. En la mesa seis dejó la tetera, la jarra de leche, los scones, la manteca, el dulce de citrón. Al final, con las dos manos, el plato de loza.

—Es torta negra —dijo, y se acordó de no apurarse—. Se hizo en el ochenta y nueve. Para un casamiento.

La traductora repitió algo en inglés. Una de las mujeres de Gales, de pelo blanco corto y anteojos redondos, se inclinó sobre el plato como sobre un bebé. Olió. Cerró los ojos. Dijo una frase en galés, bajito, y las otras tres se rieron con ternura.

—Dice que huele a la casa de su tía —tradujo la chica—. Que hace cuarenta años que no siente ese olor.

Lautaro sonrió sin saber qué decir. Volvió a la cocina con la bandeja vacía contra el pecho. Edith estaba lavando una taza, de espaldas, y no se dio vuelta.

—¿Y? —preguntó.

—Se la están comiendo toda.

La abuela cerró la canilla. En la lata, sobre la mesada, quedaba un cuarto de torta envuelto otra vez en el papel manteca.

—Ese pedazo lo guardamos —dijo—. Para el tuyo.

Lautaro tapó la lata, apretó la tapa con el pulgar hasta que cedió con un clic y la volvió a subir al estante, detrás de los frascos de citrón, esta vez sin el cajón de manzanas.

Desde el salón llegó el golpe de una cucharita contra una taza, y después un aplauso chico, de mesa.

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