El hilo de la piedra

La maceta pesaba más de lo que Zorka recordaba. La sacó de la bolsa de arpillera y la apoyó sobre la mesa de la cocina, entre el mate y el pan, y Nacho la miró como se mira un animal que uno no sabe si muerde.

—Abuela, eso es de museo.

—Eso es de mi papá. Y el museo me lo prestó un mes, así que no te pongas gracioso.

Era cierto a medias. Un sábado de septiembre, en el centro de visitantes de las canteras, una chica con chaleco le había dicho que podía llevarse las herramientas viejas que sobraban de la muestra, siempre que firmara un papel. Zorka firmó con la letra de maestra que todavía tenía, aunque nunca fue maestra. Fue costurera, y después vendedora de huevos, y después viuda.

Afuera, el cerro Leones se iba poniendo del color del hierro. Nueve kilómetros al sudoeste de la ciudad, las sierras más viejas del país seguían donde las dejaron los que se llevaron las piedras para adoquinar Buenos Aires. Su padre, Milan Marinković, había llegado de Montenegro en los años veinte con un oficio en las manos y sin una sola palabra de castellano. Había aprendido primero a decir «hilo». Después «patrón». Después «cuña», aunque la cuña era la misma en las dos lenguas.

—El hilo es por donde la piedra quiere abrirse —le decía a Zorka cuando ella tenía ocho años y le llevaba el termo a la cantera—. No se la rompe. Se le pregunta.

Esa frase la había guardado cincuenta años sin usarla. Ahora la usaba porque Nacho, que tenía diecisiete y estudiaba algo con computadoras, había dicho en la mesa de Navidad que eso de partir granito a mano era puro cuento de viejos.

—Hoy se corta con disco, abuela. Con agua. Nadie parte una piedra de un golpe.

—Mi papá partía cuatrocientas por día.

—Y dos fueron al hospital, ¿no? Me contó la tía.

Zorka no contestó. Había dejado la taza sobre el plato con un golpecito seco, el mismo que le salía a su padre antes de levantarse de la mesa.

Por eso estaban ahí ahora, en el fondo del terreno, entre los cardos y un espinillo torcido por el viento, con un bloque de granito gris que Nacho había traído de una obra vecina y que ella eligió con un solo movimiento de los ojos. Tenía el tamaño de un pan lactal grande. Lo dio vuelta dos veces. Pasó la palma por una cara hasta encontrar la línea que el ojo no ve y la yema sí: un cambio mínimo en el grano, como una costura mal planchada.

—Ahí —dijo.

—No veo nada.

—Porque mirás. Tocá.

Nacho tocó. Tardó un rato. Zorka le miró la cara mientras buscaba, y vio que no era burla lo que tenía, sino ganas de que la abuela tuviera razón y miedo de que no.

Apoyó la punta de hierro sobre la línea. Las manos le temblaban un poco, no por la edad, por el recuerdo. Su padre las tenía firmes aun en los últimos años, cuando ya no podía subir al cerro y se sentaba en la galería a golpear cualquier cosa, un clavo, una tapa de lata, solo para sentir el peso del martillo. Se había muerto con la maceta en el regazo, dijo siempre la familia, aunque ella sabía que era mentira. Se había muerto en el hospital, de neumonía, pidiendo mate.

—Contá cuatro —dijo.

—¿Cuatro qué?

—Cuatro golpes suaves para marcar. Después uno.

Golpeó. Tin, tin, tin, tin. El granito devolvió un sonido agudo, limpio, de campana chica. Al cuarto, el sonido cambió. Se hizo más hueco, más grave, y Zorka lo reconoció antes de pensarlo: era la piedra avisando.

Se acomodó los pies. El viento le movió el pelo blanco sobre la cara y no se lo apartó. Alzó la maceta con las dos manos, por encima del hombro, y por un instante vio a su padre contra el cielo de Tandil, con la camisa abierta, tapando la tarde entera.

El golpe cayó.

No hubo estruendo. Hubo un crujido corto, casi doméstico, y el bloque se abrió en dos mitades que cayeron una a cada lado de la punta, con las caras lisas como si las hubieran planchado. Olía a polvo mojado y a fierro.

Nacho se quedó con la boca abierta. Después se agachó y levantó una mitad. La giró con las dos manos, pasó el pulgar por la cara partida.

—Está derecha —dijo—. Abuela, está derechísima.

—Se pregunta —dijo Zorka, y se sentó en el suelo porque las rodillas ya no la sostenían—. Eso es todo. Se le pregunta.

Se quedaron un rato sin hablar. A lo lejos, un camión bajaba por el camino de tierra levantando una cola de polvo que el sol de las ocho teñía de naranja. Nacho se sentó a su lado con la mitad de piedra apoyada en las rodillas. Se había olvidado del celular, que sonó dos veces en el bolsillo y no lo atendió.

—¿Me enseñás? —dijo al fin, mirando la piedra y no a ella.

—Mañana. Hoy ya me gasté.

—Mañana tengo que estudiar.

—Mañana a las ocho. Con el mate cebado.

Nacho sonrió sin querer. Se paró, sacudió el pantalón y le tendió la mano para ayudarla. Zorka la tomó. Era una mano ancha, de dedos cortos, la misma que veía cada vez que se miraba las suyas.

Entraron a la casa con la piedra partida en una bolsa. Una mitad quedó sobre la mesada de la cocina, al lado de la pava, y la otra, al día siguiente, en el umbral de la puerta, donde cualquiera que entrara tendría que pisarla para pasar.

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