El camión de Kowalczuk llegó al secadero a las diez y diez de la noche, con la hoja todavía tibia bajo la lona y un olor a monte cortado que se metía hasta en la camisa. Anselmo Barboza lo vio entrar por el portón desde el banquito, con el mate entre las rodillas, y supo antes de que el chofer bajara que la noche iba a ser larga.
—La cortaron ayer a la mañana —dijo el chofer, y se limpió las manos en el pantalón—. Se rompió el acoplado en la ruta y esperamos cinco horas la grúa.
—¿Cuántos kilos?
—Doce mil.
Anselmo hizo la cuenta sin querer. La hoja tenía que pasar por el fuego antes de las veinticuatro horas de la cosecha, o se le venía encima la oxidación y la yerba salía negruzca, con gusto a heno mojado. Le quedaban poco más de once horas, y el secadero de don Rudecindo, que tenía un solo sapecador y un solo hombre que sabía manejarlo, había tenido su última zafra buena en el 2019.
Ese hombre era él. Y desde marzo escuchaba mal del oído izquierdo.
No se lo había dicho a nadie. Lo había descubierto un domingo en la cocina, cuando su mujer le habló desde el lado de la pileta y él se dio vuelta convencido de que hablaba la radio. Después vino el médico de Apóstoles, una cabina con auriculares, una hoja con una curva que bajaba como un camino de tierra después de la lluvia. «Ya no se recupera», le dijeron. «Cuídese el otro».
El sapecado es treinta segundos de llama. Eso aprendió de su padre, que lo aprendió de un paraguayo en Oberá. La hoja entra al tambor, el fuego la toma, el vapor revienta la epidermis y las hojas empiezan a crepitar, un chisporroteo seco, como una lluvia de arroz sobre una chapa. Cuando el crepitar se afina, cuando pasa de grueso a fino, hay que sacar. Un segundo antes, la hoja queda cruda. Un segundo después, quemada.
A Anselmo nunca le hizo falta mirar. Escuchaba.
—Prendé el hogar, Lisandro —dijo.
El pibe tenía dieciséis años, era sobrino de la cocinera, y llevaba tres semanas trabajando de peón de playa. Estaba apoyado en el tractor con los auriculares puestos y el celular en la mano, la pantalla le iluminaba la cara de abajo hacia arriba. Anselmo tuvo que repetir.
A las once empezaron a descargar. El primer lote entró al tambor con un ruido de bolsa de consorcio rota. Anselmo se paró del lado derecho de la boca, con el oído sano apuntando al fuego, y esperó. El crepitar arrancó. Era grueso, ancho, como granizo sobre el zinc. Tenía que esperar que se afinara, y ahí empezaba el problema: del lado izquierdo, su cabeza armaba un colchón de algodón donde el sonido llegaba sin bordes.
Sacó tarde. La hoja salió con las puntas oscuras, y supo que había perdido una bolsa entera.
—Algo no está bien —dijo el chofer desde la puerta.
—El tambor está frío todavía —mintió Anselmo.
El segundo lote lo sacó temprano. Apenas ampollada, la hoja salió chata y verde, con olor a pasto. Peor.
A las doce y media, mientras el chofer descargaba y Lisandro barría hojas sueltas con la escoba de chala, Anselmo se sentó al lado del tambor, con el cuerpo pesado, y pensó en llamar a don Rudecindo y decirle que mandara buscar a alguien de Montecarlo. Pero a Montecarlo había que llegar, y la hoja no iba a esperar.
Fue Lisandro el que se acercó. Se sacó un auricular, solo uno.
—Don, ¿usted escucha mal de un oído?
Anselmo no contestó.
—Mi abuelo era igual —dijo el pibe—. Se ponía siempre de costado para que no se le notara.
—No me pasa nada.
—Claro. —Lisandro se guardó el celular en el bolsillo de atrás y se sacó el otro auricular—. Yo grabo todo con esto. Música, cosas. Tengo muy buen oído. Si usted quiere me paro del otro lado y le toco el hombro cuando se afina. Una vez es para que saque. Dos veces es que se pasó.
Anselmo lo miró un rato largo.
—Es una cosa de segundos.
—Bueno. Entonces mejor que aprenda rápido.
A la una menos diez entró el tercer lote. Lisandro se paró del lado izquierdo, la cabeza ladeada, los ojos cerrados como un chico que reza. Anselmo apoyó la mano abierta en la chapa del tambor, que vibraba con el giro, y esperó. Del lado sano le llegaba el fuego. Del lado malo, un golpecito en el hombro.
Sacó.
La hoja cayó sobre la cinta verde como una lechuga, con las burbujas parejas, el aroma limpio y dulce subiéndole directo a la nariz. El chofer se acercó, tomó un puñado, lo apretó, lo olió.
—Ahí está —dijo.
Trabajaron toda la noche. Lisandro aprendió a distinguir el crepitar grueso del fino, y a las tres de la mañana ya no esperaba que Anselmo le preguntara. A las cinco, mientras el cielo se ponía de ese gris sucio que anticipa el sol en Misiones, el pibe dijo, sin abrir los ojos:
—Ahora.
Anselmo ya tenía la mano en la palanca.
A las siete y media se apagó el último lote. Doce mil kilos de hoja verde viajaban en la cinta hacia el secado, y en la planchada quedaba un último puñado, olvidado, que nadie había barrido. Anselmo lo levantó. Todavía estaba tibio. Lo acercó a la oreja izquierda, la mala, y lo apretó entre los dedos.
No escuchó nada. Pero sintió, apenas, cómo las hojas se quebraban contra la piel del lóbulo, una por una, como pasos chicos en el patio.
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