El nudo de Barría

A las seis de la mañana el canal estaba liso como una chapa, y Nelson Barría supo que eso no iba a durar. Lo supo por el olor, un olor a hierro frío que baja de las montañas de enfrente, las de Chile, cuando el viento está por cambiar de lado.

Bajó al muelle de Puerto Almanza con el termo bajo el brazo. Los tablones estaban mojados y negros. Amarrada en el fondo, entre dos lanchas más grandes, esperaba la suya, una embarcación chica con la pintura gastada en la proa y un motor que arrancaba a la tercera.

Pilar ya estaba sentada en la borda, con el gorro de lana hasta las cejas y los pies colgando.

—Dijiste a las seis y media —dijo la nena.

—Y vos estás a las seis.

—Mamá dice que si no llego temprano, no me llevás.

Nelson no contestó. Tenía sesenta y seis años y una nieta de doce que había llegado desde Ushuaia el viernes, en la camioneta de la madre, por el camino de ripio que bordea la costa. Se quedaba el fin de semana. En el pueblo no hay cajero, ni transporte, ni nada que hacer más que mirar el agua, y ella eligió mirarlo a él.

Pusieron el motor en marcha. Tosió, tosió, y a la tercera agarró.

—Hoy levantamos una sola —dijo Nelson, mientras soltaba amarras—. La última del cabo largo.

—¿Por qué una sola?

—Porque este año ya no me dan permiso para las otras.

Lo dijo sin mirarla. Había recibido la carta hacía tres semanas: menos permisos, menos trampas, más zonas donde no se podía calar. Los técnicos habían explicado que la centolla tarda diez años en llegar al tamaño de venta y que el canal ya no daba abasto. Nelson no discutía eso. Había visto las jaulas volver cada año con menos bichos adentro. Lo que no esperaba era que el papel llegara a su buzón con su nombre mal escrito.

La lancha salió del abrigo del muelle y el Beagle se abrió adelante, ancho y gris. A la izquierda quedaba la costa con el bosque pegado a la orilla, lenga y coihue, tan oscuro que parecía una pared. A la derecha, al otro lado del agua, Chile. Pilar sacó la mano y la dejó colgando afuera, hasta que el frío la obligó a esconderla.

—Más adentro hay una boya naranja —dijo Nelson—. Buscala.

Navegaron veinte minutos. Las gaviotas los seguían un rato y se aburrían. Pilar encontró la boya antes que él, una mancha naranja que subía y bajaba entre las olas chicas, con un número escrito a mano. Nelson apagó el motor y dejó que la lancha se acercara sola.

Con el bichero enganchó la boya y subió el cabo. Era un cabo grueso, tieso de sal, que olía a algas y a pescado de hacía un mes. Nelson tiró con los antebrazos, mano sobre mano, y el cabo fue cayendo en rulos a sus pies. Pasaron los metros. Pilar contaba para sí, en voz baja.

—Cuarenta y dos —dijo cuando asomó el aro de hierro, chorreando.

La trampa subió con un ruido de red y de agua. Adentro había tres centollas, rojizas, con las patas largas apretadas contra los alambres y las pinzas abriéndose y cerrándose despacio. Pilar dio un paso atrás.

—Son enormes.

—Esta es chica. Mirá la de abajo.

La de abajo medía más que un plato hondo. Nelson la sacó con las dos manos, la dio vuelta, le miró la panza como quien lee una carta, y la devolvió al agua.

—¿La tiraste?

—Es hembra. Y las hembras no se tocan.

Se quedaron mirando cómo se hundía, rojiza, hasta que el agua gris se la tragó.

El viento llegó a las nueve, como estaba previsto. Primero fue un temblor en la superficie, después una raya oscura que avanzaba desde Chile, y de pronto la lancha empezó a cabecear. Cayó un copo de nieve, grande, solo, y después otro. Estaban en octubre, pero en el canal la primavera es una opinión.

—Abuelo.

—Ya sé.

Pero todavía quedaba el nudo. El cabo estaba atado a la trampa con una vuelta que Nelson había hecho tres semanas atrás, con las manos duras de frío, y que ahora se había hinchado de sal. Era un nudo de su padre, que había sido pescador de lana en Punta Arenas y le había enseñado tres vueltas y una lazada que no se aflojaba nunca, pero que tampoco se deshacía con facilidad.

Nelson lo tironeó. No cedió.

—Dame —dijo Pilar.

—No te va a salir.

—Dame.

Le puso el cabo en las manos. Ella se arrodilló en el piso de la lancha, mientras el viento le sacudía el gorro y la nieve se le pegaba a las pestañas. Buscó con los dedos el punto donde las vueltas se encontraban, miró cómo corría la lazada, empujó hacia adentro en lugar de tirar hacia afuera.

—Así no —dijo él, y se calló.

El nudo cedió. Un solo movimiento, como un animal que se rinde, y las tres vueltas quedaron flojas sobre el aro de hierro.

Nelson la miró un segundo largo. Después se agachó, desató la trampa, la dejó en el fondo de la lancha y ordenó el cabo en rulos prolijos.

—¿Lo vas a atar de nuevo? —preguntó ella.

—No. No hay más permiso.

Puso el motor en marcha. A la primera, por una vez.

Volvieron con el viento de costado y la nieve ya espesa. En el muelle, alguien había dejado encendida una luz amarilla. Pilar iba en la proa, con el cabo enrollado en el brazo, y al llegar saltó con la soltura de quien lo hizo toda la vida y lo amarró a una cornamusa. Nelson la miró hacerlo: tres vueltas y una lazada.

Del otro lado del canal, las montañas de Chile habían desaparecido.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *