El primer jueves de doña Pilar

La bicicleta del tío Beto pesaba el doble de lo que Griselda recordaba. Tenía la piedra montada atrás, sobre un caballete de caño, una correa de goma que iba del pedal a la rueda y, colgado del manubrio con un piolín, el chiflo de caña que él soplaba con el costado de la boca, sin mirarlo, como quien se acomoda el cuello de la camisa.

Hacía tres semanas que lo habían velado en una cochería de Lomas de Zamora, y ella todavía no se animaba a cobrarse nada de lo que le había dejado. Lo único que le habían pasado de mano en mano era la libreta: tapas de hule, hojas cuadriculadas, direcciones escritas con birome azul. Una sola estaba marcada con rojo. Calle Maipú, Banfield, y al lado, subrayado dos veces: 1.er jueves. No faltar.

Era primer jueves.

Salió a las dos de la tarde, después de dormir cuatro horas tras la guardia en la clínica. Cruzó las vías del Roca por la barrera de la estación, con el pitido de la campana en los dientes, y empujó la bicicleta a pie hasta que la calle se hizo de casas bajas y rejas pintadas de verde inglés. Le costaba el equilibrio. Cada tanto la piedra giraba sola, con un chirrido corto, y un perro le contestaba desde algún patio.

Se acordó de soplar el chiflo en la tercera cuadra. Le salió una nota fea, chillona, y una mujer que barría la vereda levantó la cabeza con cara de alarma.

—Perdón —dijo Griselda—. Estoy practicando.

—Se nota —dijo la mujer, y siguió barriendo.

La casa de Maipú tenía una reja baja, un limonero que daba más hojas que limones y una puerta de chapa con el timbre arrancado. Griselda golpeó las manos. Esperó. Volvió a golpear.

—Ya va, ya va, no me apuren que no me voy a ir a ningún lado.

La puerta se abrió y apareció una mujer muy chiquita, de pelo blanco recogido con dos broches, con un delantal de cuadritos y las zapatillas de lona desatadas. Miró la bicicleta. Miró a Griselda. Miró otra vez la bicicleta.

—Vos no sos Humberto.

—Soy la sobrina. Griselda. Mi tío… —Se le trabó la frase en el mismo lugar donde se le había trabado el chiflo—. Mi tío falleció hace tres semanas. Tenía anotada su casa para hoy.

La mujer no dijo nada. Se agarró del marco de la puerta con una mano que tenía los nudillos hinchados y bajó la vista a las baldosas, como si ahí hubiera algo que leer.

—Pasá —dijo al fin—. Dejá eso en el patio, que se lo lleva el sereno.

El patio era de portland alisado, con una parra y una mesita de hierro. Sobre la mesita había una pava, un mate de calabaza con virola de alpaca, un plato con bizcochitos de grasa tapado con un repasador y, al lado, un cuchillo de pan sobre un trapo doblado. Un solo cuchillo. Mango de madera oscura, hoja larga, con el dentado gastado de tantos años de pan.

—Pilar Ruiz —dijo la mujer, y se sentó—. Primer jueves de cada mes, desde hace once años. Humberto llegaba a las tres menos diez, soplaba esa flautita cerca de la esquina y yo ponía el agua. Hoy puse el agua a las dos y media.

Griselda se sentó frente a ella. Pilar le pasó el mate. Estaba justo, apenas más caliente que tibio, cebado por alguien que sabía hacerlo.

—Es el único cuchillo que tengo que afilar —dijo Pilar—. No necesito más. Con ese corto el pan, la carne cuando hay, hasta el limón. Y no hay manera de que se gaste. Lo prueba cada vez con la uña del pulgar y dice: “Está para otro mes, doña Pilar”. Pero lo afila igual, y mientras lo afila toma mate y me cuenta de su sobrina, la de la clínica, que no duerme nunca. Once años. Me sé de memoria la historia de tu turno noche.

A Griselda le ardieron los ojos y miró la parra para disimular.

—A mí nunca me dijo que venía acá.

—Porque no venía a trabajar. —Pilar sonrió, sin dientes de adelante—. Mi marido murió el mismo año que se me murió la costumbre de que alguien golpeara las manos en esa reja. Humberto pasó un jueves y yo le saqué el cuchillo del cajón, así, de pura vergüenza, para tener qué darle. Le pagué lo que quiso. Volvió al mes siguiente sin que lo llamara.

Se quedaron un rato en silencio. Del otro lado de la medianera, alguien le subía el volumen a un partido de la radio. Griselda tomó el cuchillo, lo apoyó en la palma, probó el filo con la uña del pulgar como le había visto hacer una vez en un cumpleaños. Cortaba el aire.

—Está perfecto —dijo.

—Ya sé. —Pilar volvió a llenar el mate—. Afilalo igual.

Griselda salió al patio con el cuchillo, trabó las ruedas, apoyó el pie en el pedal. La correa hizo girar la piedra con su zumbido de avispero. Acercó la hoja con los dedos temblando, un ángulo de nada, y saltó una chispa pequeña, naranja, que se apagó antes de tocar el piso. Olía a metal caliente y a limón. Pasó el cuchillo seis veces de cada lado, despacio, contando, porque no sabía cuántas hacía él.

Cuando terminó, lo secó con el borde de la remera y se lo devolvió a Pilar sobre el trapo.

—Está para otro mes, doña Pilar —dijo.

Pilar apretó los labios. Tardó en contestar.

—Tocá esa flautita al salir —pidió—. Pero tocala mejor que antes, que las vecinas se van a pensar que le pasa algo a un gato.

En la esquina, Griselda sopló el chiflo con el costado de la boca, sin mirarlo. La nota salió larga y pareja, y detrás de la reja verde, en el patio, alguien puso otra vez el agua a calentar.

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