Los muelles de la última lancha

La lancha de las cinco salía de la Estación Fluvial de Tigre con el agua color té y el olor a gasoil mezclado con el de las facturas que alguien había traído en una bolsa. Tobías tenía dieciséis años, una campera prestada que le quedaba grande en los hombros y una sola tarea desde el lunes: aprender dónde se bajaba cada uno.

—Pasajero que sube, muelle que te tenés que saber —le había dicho don Remigio, el patrón, sin sacar la vista del río—. Si lo sabés de memoria, no preguntás. Y si no preguntás, nadie se da cuenta de que sos nuevo.

Era jueves. Tobías ya tenía la lista armada, como el abecedario. La señora de las plantas bajaba en el muelle del cartel azul. Los dos hermanos de las mochilas, en el del sauce llorón. El hombre del termo, en el de la escuelita. Contaba los muelles por el color de los pilotes, por los perros que salían a ladrar, por las ropas tendidas en los fondos de las casas de madera sobre pilotes. Río Carapachay adentro, la lancha iba soltando gente como quien afloja botones.

Ese día el cielo estaba bajo y el viento empujaba desde el sudeste. En la estación, alguien había dicho la palabra con la que los isleños se saludan en octubre y se despiden en abril: sudestada. El río subía despacio, sin hacer ruido, comiéndose los escalones de los muelles uno por uno.

—Ahora va a ser más difícil —dijo don Remigio—. Con el agua alta todos los muelles parecen otros.

Tobías pensó que era una exageración de patrón. Hasta el tercer muelle. Bajó la señora de las plantas con sus macetas envueltas en diario, y el escalón donde siempre apoyaba el pie estaba debajo del agua. Tobías la agarró del codo y la ayudó a saltar a las tablas mojadas. Ella le dijo gracias en voz baja, como si él hubiera hecho algo más grande.

Siguieron. Pasaron los hermanos del sauce llorón, que se bajaron con el agua a los tobillos y se rieron, y después el hombre del termo, que le dejó a Tobías un mate lavado en la mano antes de saltar. Quedaba una sola pasajera en el fondo del salón, junto a la ventanilla empañada: una mujer mayor de pañuelo gris, con un bolso de tela sobre las rodillas. Había subido en Tigre sin decir nada y nadie la había saludado.

Tobías se acercó con la libreta de tickets.

—¿Hasta dónde va, señora?

Ella lo miró un rato largo.

—Al muelle de los Ferreyra. Después del ceibo grande, antes de la curva.

Tobías sintió que la lista, esa que se sabía de memoria, tenía un agujero. No había ningún Ferreyra. Fue hasta la cabina y se lo dijo a don Remigio, bajito, para que la mujer no escuchara.

—No existe ese muelle —respondió el patrón, sin dudar—. Se lo llevó la creciente del noventa y tres. Hace treinta años que no baja nadie ahí.

—¿Y qué hago?

—Lo que te parezca. Pero no le mientas.

Tobías volvió al fondo. Se sentó enfrente de la mujer, algo que no estaba permitido, y le explicó lo que sabía. Ella escuchó sin interrumpirlo, con las manos quietas sobre el bolso.

—Ya sé que no está —dijo al fin—. Me crié en esa casa. Mi papá hacía las barandas con ceibo. Quería bajarme una vez más donde bajaba de chica, aunque sea para ver dónde estaba.

La lancha había aminorado la marcha. Afuera la luz se iba, y el río, hinchado, parecía una calle ancha sin vereda. Tobías miró por la ventanilla y empezó a buscar lo que la lista no tenía: el ceibo grande, con la copa roja de flores aunque fuera octubre, y la curva del arroyo que se abría detrás. Lo encontró. Abajo, entre dos troncos, quedaban los restos de unos pilotes negros, apenas dos cabezas de madera que asomaban del agua.

Fue hasta la cabina otra vez.

—Don Remigio, ¿puede arrimar a los pilotes?

—Con esta altura, un metro y medio, no más.

—Con eso alcanza.

El patrón no contestó. Giró el timón con dos dedos y la lancha se fue acercando despacio, con el motor en un ronroneo bajo. Tobías salió a la proa y se paró con una soga en la mano. Cuando el casco rozó las cabezas de los pilotes, sacó el brazo y la mujer lo tomó del hombro para levantarse. Estiró una pierna sobre la madera podrida, sin llegar a apoyarla del todo, y se quedó así, medio adentro y medio afuera, mirando la casa que ya no estaba, el terreno cubierto de pasto alto y de agua.

—Gracias, m’hijo —dijo, y volvió a sentarse—. Ya está. Llevame de vuelta.

Tobías le cobró el ticket hasta Tigre. Don Remigio dio la vuelta lenta, con las luces de popa prendidas, y el motor levantó una espuma blanca sobre el agua oscura. En la cabina, el patrón sacó una tiza y marcó algo en la pared de madera, junto a la brújula.

—¿Qué escribió? —preguntó Tobías.

—El muelle de los Ferreyra. Para que lo sepa el que venga después de vos.

Tobías miró la pared. Debajo de la brújula había una columna de nombres escritos a tiza, tachados y vueltos a escribir durante décadas. Al final, el último, todavía blanco, y al lado un espacio donde cabía el próximo. Se acomodó la campera sobre los hombros y salió a cubierta. Atrás, en la curva del Carapachay, el ceibo quedó un rato rojo contra la tarde, y después ya no se vio.

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