Cosme Iacovone llegó al Mercado de San Telmo a las seis y media, con el cajón de pinceles bajo el brazo y el termo entre las rodillas, porque ya sabía que la mañana iba a ser larga. El aire olía a cajón mojado y a repollo. En la puerta de Carlos Calvo, entre dos camionetas, estaba el carro de don Nicanor Pereyra, con el Moro todavía enganchado, masticando la avena de la bolsa.
—Es el último sábado —dijo don Nicanor, sin saludar—. Después de esta semana no me dejan entrar con él a la ciudad. Ya compré el camión.
El camión estaba atrás, un Chevrolet usado, pintado de gris de punta a punta, el gris reglamentario que parecía hecho para que nadie lo mirara. Tenía las puertas lisas, el capot liso, el paragolpes oxidado en una esquina.
—¿Y qué quiere que le haga? —preguntó Cosme.
—Lo mismo que tiene el carro. La rosa grande, los zarcillos, las letras. Todo igual.
Cosme caminó alrededor del carro con las manos atrás. Lo había pintado él mismo hacía veintidós años, cuando todavía trabajaba en la carrocería de Paseo Colón y le tocaba el trabajo fino porque tenía el pulso. Los chanfles, en colorado. En el costado, la rosa: una flor grande, abierta, de sombras que se encendían en el centro, con dos hojas de acanto que salían hacia las ruedas. Debajo, en letra gótica, la frase: Mi trabajo es mi honra.
La pintura había aguantado bien. El sol y la lluvia la habían ablandado en los bordes, pero la rosa seguía ahí, cada pétalo en su lugar. Menos uno.
Era el pétalo de abajo a la derecha. Donde Cosme había puesto un rojo cálido, con una sombra de carmín, ahora había un verde. Un verde de pintura de zaguán, opaco, aplicado con un pincel grueso por una mano que no sabía lo que hacía.
—Ese pétalo lo tocaron —dijo Cosme.
—Ya sé.
—Esto no es del desgaste, don Nicanor. Esto es pintura de otra marca. Se lo repinto igual que el resto y listo.
Don Nicanor se sacó la gorra y la dio vuelta en las manos.
—Lo pintó mi hija. Tenía seis años. Un día me agarró un tarro de lo que había sobrado de la reja y se puso a ayudarme. Yo estaba descargando cajones. Cuando volví, ya lo había hecho. —Hizo una pausa—. Me dijo que a la rosa le faltaba una hoja.
—Pero es un pétalo.
—Eso le expliqué yo. Y ella me dijo que entonces la hoja se había quedado escondida atrás.
Cosme no dijo nada. En el mercado empezaban a bajar las persianas de metal y alguien gritaba el precio de los zapallos. Se sentó en el cajón de pinceles. Sacó el termo, sirvió el mate y se lo pasó a don Nicanor, que lo tomó como si fuera una obligación.
—¿Y dónde está ahora su hija?
—En Mendoza. Se casó. Viene en Navidad.
—Y usted quiere que el camión nuevo tenga la rosa como estaba cuando ella…
—No sé qué quiero —dijo don Nicanor—. Quiero que sea la misma. Pero no sé cuál es la misma.
Cosme asintió despacio. Era un problema que conocía. Un cliente trae el dibujo de lo que fue y espera que el pincel lo devuelva. Y el oficio, si uno lo hace bien, no sirve para eso.
Pasó la mañana trabajando. Primero armó el dibujo en papel manteca, con el carbón, calcando la rosa del carro. Después lo picó con la aguja, pegó la plantilla en la puerta del camión y la espolvoreó con la bolsita de tiza. Cuando levantó el papel quedó la flor fantasma, un puntillado blanco sobre el gris. Mezcló el colorado en la tapa de una lata, le puso un poco de carmín, probó el tono en el borde del capot. Cargó el pincel largo, el de pelo de oreja de vaca, y apoyó la virola en el pulgar para controlar el peso.
La rosa salió en tres horas. Cosme hizo los pétalos de adentro hacia afuera, con un solo trazo cada uno, apretando y aflojando la mano para que la línea engordara y se afinara. Pintó las hojas de acanto, que salían hacia las ruedas, y los zarcillos que cerraban en espiral. Al mediodía el sol caía de lleno sobre la puerta y el colorado brillaba como mojado.
Llegó al pétalo de abajo a la derecha y se quedó con el pincel en el aire.
Don Nicanor había ido y vuelto dos veces, con la excusa de acomodar cajones. Ahora estaba parado a unos pasos, con los brazos cruzados, mirando la espalda de Cosme sin pedirle nada.
—Si lo hago rojo —dijo Cosme sin darse vuelta—, queda bien. Mejor que el original, porque ahora tengo más práctica. La rosa va a estar completa.
—Y si lo hace verde.
—Queda mal. Un pétalo verde no tiene sentido. Cualquiera que sepa de esto va a decir que es un error.
—Y si pregunta alguien, le digo que es un error.
—Pero no es un error —dijo Cosme—. Es la hoja que se quedó escondida.
Don Nicanor no contestó. Se oyó al Moro sacudir la cabeza y el tintineo de los arreos.
Cosme limpió el pincel con trapo y aguarrás, despacio, hasta dejarle los pelos derechos. Después tomó uno más fino y abrió el tarro de verde que don Nicanor había traído en una bolsa, por las dudas, y que él había visto desde la mañana sin decir nada. Mezcló un poco con blanco. Se acercó a la puerta y pintó el pétalo del mismo tamaño, con la misma curva, con una sombra en la base que el carro nunca había tenido. Era el único verde del camión y el único trazo que no estaba en ningún manual.
Al terminar, retrocedió un paso. La rosa abierta, colorada, con el pétalo verde abajo a la derecha como una hoja que alguien se había olvidado de sacar.
—Falta la frase —dijo don Nicanor, con la voz un poco rara.
—Ahora la hago.
A las cuatro, con la pintura todavía fresca, don Nicanor desenganchó al Moro y lo llevó de la rienda hasta la vereda, donde lo esperaba un sobrino con el acoplado. Se quedó un rato con la mano en el cuello del caballo. Después subió al camión, arrancó al segundo intento y salió despacio por Carlos Calvo, con la puerta al sol.
Cosme guardó los pinceles uno por uno, en el cajón, con vaselina en la virola. Desde la esquina, mientras el camión giraba, todavía alcanzó a ver el verde, chiquito, entre todo ese colorado.
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