La grieta apareció a las once de la noche, cuando Nayla le dio el primer golpe de prueba al bombo de su padre. No hizo ruido de rotura. Fue un tac seco, sin retumbo, y el parche quedó sonando a caja de zapatos.
Lo dio vuelta bajo la lámpara de la cocina. Una línea fina, de unos tres dedos, nacía del aro de quebracho y se metía en el cuero de cabra como un hilo de agua en la tierra. Julio en Santiago del Estero seca todo: la garganta, las manos, las pieles. Tres semanas de ensayo con el aire frío y sin una gota, y el cuero, que llevaba ocho años tenso, había dicho basta.
—Ma, se rajó —dijo.
Su madre apareció en la puerta con el repasador en el hombro y miró el bombo como se mira una cara conocida con fiebre.
—¿Mañana a qué hora es la salida?
—A las cinco de la tarde. Pero hay que estar a las tres, para formar.
—Entonces hay tiempo —dijo la madre, y no dijo nada más, porque las dos sabían que a esa hora de la noche no había tiempo para nada.
Nayla tenía dieciséis años y era la primera mujer de la peña del barrio que iba a marchar con el bombo de adelante. Su padre lo había hecho con un tronco de ceibo que le trajo un primo desde el monte, ahuecado a hachazos y a fuego. Se lo había dejado en una frase sola: «Cuidalo del seco». Ella lo cuidó con trapos húmedos, con la funda, con el cuarto sin estufa. No alcanzó.
Durmió mal. A las cinco, cuando todavía no clareaba, se puso dos buzos, metió el bombo en la funda y salió a pie por la vereda helada hasta la casa de don Eleuterio Coria, el único tientero que quedaba en tres cuadras a la redonda. La puerta del taller era de chapa y tenía una cadena. Golpeó. Del otro lado ladró un perro, y después una voz ronca preguntó quién era a esa hora.
—La hija de Mansilla, don. La del bombo.
La cadena sonó. Don Eleuterio apareció en camiseta y campera, con un mate en la mano y un cuchillo de descarnar colgado del cinturón. Sin decir palabra, le sacó la funda, apoyó el bombo sobre la mesa de trabajo y pasó el pulgar por la grieta.
—Esto no se arregla —dijo—. Se cambia.
—¿Tiene cuero?
—Tengo cuero. Lo que no tengo es tiempo. Un parche hay que remojarlo, coserlo al arillo, estirarlo y esperar a que seque. Con suerte te lo tengo para el sábado.
—La marcha es hoy.
El viejo sorbió el mate. Afuera empezaba a asomar una luz sucia, de ceniza.
—Entonces no te lo puedo hacer yo —dijo—. Te lo vas a hacer vos. Yo te miro.
Nayla pensó que había oído mal. Don Eleuterio ya estaba sacando de un cajón un cuero de cabra doblado en cuatro, duro como cartón, con el pelo gris todavía en un borde. Lo hundió en un balde de agua y lo dejó ahí, sujeto por una piedra.
—Mientras se ablanda, tomá esto.
Le puso en la mano un cuchillo chico y una madeja de sacha lazo, la rama fina que se dobla en aro para coser el cuero. Le mostró cómo se le saca el pelo con el filo, a contrapelo, sin apurarse. A las siete tenía los dedos entumecidos y la mitad del cuero pelado. A las ocho, cuando el sol por fin entró en el taller, él le enseñó la puntada. A las nueve, ella se pinchó el pulgar con la lezna y no dijo nada.
—Está bien —dijo don Eleuterio sin mirarla—. Esa sangre es la que le faltaba.
A las diez el parche estaba cosido al arillo. A las once le tocó lo difícil: montarlo sobre la caja, encajar el aro de quebracho y trabar las presillas de tiento para tensar. El cuero mojado cedía como una cosa viva. Ella tiraba, el viejo corregía con un dedo, y volvían a tirar. Para el mediodía el bombo tenía parche nuevo, blanco como una hoja, tenso y todavía húmedo.
—Ahora no lo toques —dijo don Eleuterio—. Ponelo al sol, pero no al fuego. Si lo apurás, se raja otra vez.
Nayla se sentó en el patio con el bombo sobre las rodillas. El sol de invierno pegaba justo, sin quemar. Pasó una hora. Pasó otra. A la una y media apoyó la oreja sobre el cuero y no oyó nada. A las dos tocó con la yema, despacio, y el parche respondió con un sonido corto, de papel mojado.
—Le falta —dijo el viejo desde la puerta.
—Son las dos y diez.
—Y a las tres tenés que estar formada. Lo sé.
Se miraron. Hacía un rato él le había contado que el padre de ella le había comprado ese mismo cuero, ocho años atrás, y que lo quería «con el sonido de adentro de uno». No hacía falta decir más.
A las dos y cuarenta, el sol le dio de lleno al parche. Nayla tomó el palillo y dio un solo golpe, en el centro, con la muñeca floja como le había enseñado su padre.
El bombo contestó desde el pecho. Un trueno hondo, redondo, que se oyó hasta la esquina y que hizo que el perro de don Eleuterio levantara la cabeza. Algo se aflojó adentro de ella, en el mismo lugar donde sonó.
—Ya está —dijo el viejo, y se dio vuelta para que ella no lo viera sonreír—. Andá, que te esperan.
Salió corriendo por la vereda con el bombo contra el costado, el palillo en la mano libre y el pulgar vendado con un pedazo de trapo. A cuatro cuadras ya se escuchaban los otros, los de la peña, probando los parches con el frío de la tarde. Se acomodó en la fila, al frente, y levantó el palillo.
Y cuando la columna arrancó hacia la plaza, el golpe de su bombo fue el primero que marcó el paso de todos.
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