El viento del oeste le sacó la gorra a Armando Tolosa en la parada de la avenida Petrolero San Lorenzo, y él la atajó contra el pecho sin soltar la bolsa de arpillera. Eran las once y media de la mañana. El museo cerraba a la una.
Adentro de la bolsa, envuelta en un trapo de piso que había sido una camiseta de Jorge Newbery, iba la llave. Una stilson de treinta pulgadas, pesada como un chico dormido, con el mango comido por el óxido y, grabadas a golpe de punzón, las letras Y.P.F. y un número, 4417.
Su padre se la había traído del taller del Km 3 en el invierno del cuarenta y ocho, cuando la reparación de un tractor del campamento la dejó sin dueño por una semana y después por setenta años. «Se la voy a devolver», decía cada vez que la usaba para destapar el caño del baño, para aflojar la tuerca de la rueda del Ford, para abrir una lata de pintura. Nunca la devolvió. Murió en marzo, a los noventa y cuatro, y en el cajón de abajo de la mesada, entre los clavos y los fusibles, quedó la llave.
Armando cruzó el portón del Parque de Máquinas con la gorra en la mano. Había visto ese lugar de pibe, cuando era todo alambrado y pasto ralo, y mucho antes de que alguien pensara en carteles. Ahora estaban las calderas a vapor, las torres de perforación pintadas de un rojo que el viento ya empezaba a desgastar, los trépanos acomodados como dientes enormes, y en el medio, bajo el cielo gris perla de Comodoro, el monolito que marca el sitio exacto del Pozo Nº 2. Olía a hierro frío y a mar, aunque el mar quedaba lejos, detrás del cerro Chenque.
En la boletería había una chica con campera azul y credencial colgada.
—Buen día. ¿Vino a visitar?
—Vine a devolver una cosa.
Desenvolvió el trapo sobre el mostrador. La chica miró la llave y después lo miró a él.
—Uy. ¿Eso es suyo?
—Es de ustedes. Bueno, de la empresa, y la empresa se fue, y el museo quedó. Mi viejo se la llevó del taller en el cuarenta y ocho. Mire el número.
La chica se llamaba Priscila, según la credencial, y se agachó para leer el 4417 con la cabeza ladeada, como si la llave pudiera contestarle. Después levantó un teléfono interno, habló bajo, y colgó.
—Mi jefa dice que las donaciones se hacen por nota, con un formulario, y que después las evalúa un comité. Tarda unos meses.
—Hasta la una tengo tiempo —dijo Armando—. Meses no.
No lo dijo con enojo. Lo dijo como quien informa la hora. Priscila se quedó mirándolo un rato, la mano apoyada en el trapo.
—¿Por qué hoy?
—Porque hoy es trece.
No hacía falta explicar el trece de diciembre, ni que lo supiera un chico de la ciudad, porque en Comodoro se aprende junto con la tabla del seis. Pero Armando lo explicó igual, por costumbre, mientras caminaban juntos entre los equipos. Que a las siete de la mañana de aquel día de 1907 los hombres de la perforadora alemana, que buscaban agua, vieron subir por el caño un líquido espeso con olor a kerosene. Que a los quinientos cuarenta metros la máquina siguió y siguió, y que de ahí en adelante todo fue distinto: los campamentos, los trenes, las casas de chapa pintada, las escuelas, su padre llegando de Entre Ríos con una valija de cartón.
—Mi viejo no inventó nada —dijo—. Apretó tuercas cuarenta años. Pero estuvo.
Llegaron a un tinglado donde las herramientas estaban acomodadas sobre un tablón: barretas, llaves de cadena, un martillo de bola con el mango negro de tanta mano. Cada una tenía su cartelito, mecanografiado, con fecha y procedencia. Armando se detuvo frente a un hueco entre dos llaves, un espacio del largo exacto de la que traía.
—Ahí —dijo, sin pensarlo.
—Ahí falta una —admitió Priscila—. Siempre faltó. Hay un carterito que dice «llave de tubo, ca. 1940, procedencia sin datos». Pero el carterito se puso porque estaba el lugar. Nadie sabía qué iba.
Se miraron. Afuera, un cartel de chapa pegó contra su poste y se calló. Priscila miró el reloj de pared y después a Armando, y con un gesto de hombros más pesado que decidido, abrió el cajón de abajo del tablón y sacó una bolsita de plástico con una etiqueta en blanco y una birome.
—Yo no puedo aceptarle una donación. Pero puedo guardar un objeto para evaluación. En el tablón, hasta que se resuelva. Eso lo puedo firmar yo.
—¿Y si el comité dice que no?
—Entonces la llave se vuelve a su casa. Pero va a haber estado.
Armando asintió despacio. Con las dos manos, como se levanta algo que se puede romper, puso la stilson en el hueco. Encajó. Un poco ladeada, con el mango apuntando al monolito que se veía por la puerta abierta del tinglado, y el óxido de la quijada casi del color de la tierra de la meseta.
Priscila escribió en la etiqueta: «Llave stilson 30», nº 4417. Entregada por la familia Tolosa. 13 de diciembre». Lo leyó en voz alta. Armando le pidió que agregara el nombre del padre y ella lo agregó.
A la una menos diez, afuera, el viento había cambiado y traía olor a pasto seco. Armando se puso la gorra, la calzó fuerte hasta las orejas, y cruzó otra vez el parque entre las calderas. En la puerta se dio vuelta. Desde ahí, entre dos torres rojas, todavía alcanzaba a ver el tinglado y, en el tablón, un destello apagado de metal, una llave más entre las llaves, en el lugar que hacía setenta y siete años la esperaba.
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