La carpeta de plástico estaba adentro de la campera de Bautista, y la campera cerrada hasta el cuello. Adentro de la carpeta, una hoja con veintitrés nombres escritos con birome azul. Su tío Rubén se la había dado en el muelle, sin mirarlo, mientras soltaba la amarra de la lancha: “Vos leés, que tenés voz fuerte”.
Era un domingo de noviembre y en Ingeniero White olía a fritura, a gasoil y a pintura fresca. Hacía un rato la procesión había salido de la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz y había bajado por las calles del pueblo con el santo en andas, con la banda desafinando apenas en la esquina de la escuela, con las señoras de campera rosa que repartían estampitas. Ahora el santo iba a viajar por la ría, y Bautista con él, en la Tana, entre redes dobladas y un balde lleno de claveles.
—¿Y si me trabo? —preguntó.
—No te trabás —dijo Rubén—. Son nombres. Los conocés a todos.
No los conocía a todos. Conocía a ocho o nueve, los que salían en las fotos del museo y en las charlas de sobremesa. Los otros los había copiado él mismo, la semana anterior, del cuaderno de tapa verde de la Sociedad, con la lengua afuera y cuidando la letra: Esposito, Cerri, Vitelli, Aversano, Mazzella, Di Fiore. Apellidos que terminaban todos en vocal, como si vinieran empujados por una ola desde Ponza.
La lancha arrancó. A la derecha pasaron los silos altos, grises, y las grúas del puerto quietas como garzas. Adelante iba la lancha del santo, con las banderitas, y atrás empezaron a juntarse las otras. Una sirena largó un bramido y después otra contestó, y la ría se llenó de ese ruido ancho que a Bautista le subía por los pies.
—Cuando la de Prefectura levante la mano, tirás la corona —le explicó Rubén—. Primero leés, después tirás, después suenan las sirenas. En ese orden. Los muertos son de orden.
Bautista asintió. Se tocó el pecho para sentir la carpeta. Estaba ahí, duro, el rectángulo.
Entonces el viento cambió. Fue una cosa de segundos: el agua se puso de otro color, las banderitas dejaron de flamear para ponerse a chasquear, y una ráfaga fría, de esas que en la bahía llegan sin avisar, le sacudió la campera. Bautista se agachó a agarrar el balde que se movía. Se le abrió el cierre. Alcanzó a ver la carpeta salir volando, abrirse en el aire como una gaviota torpe y caer, de canto, lejos, en el agua verde y espesa.
—¡La lista! —gritó—. ¡Tío, la lista!
Rubén miró hacia el agua. La carpeta flotaba un instante, brillante, y se hundió con un movimiento perezoso. No había red ni gancho que llegara a tiempo.
—Bueno —dijo Rubén, y se rascó la barba—. Eso pasa.
—¿Cómo “eso pasa”? ¡Eran veintitrés nombres!
—Y vos los escribiste. Los escribiste uno por uno, ¿no? —Rubén lo miró por primera vez en toda la tarde—. Entonces los tenés en la mano. La mano es como la boca, flaco. Nada más que más lenta.
Bautista cerró los ojos. Sintió la birome, el borde de la mesa de la Sociedad, el olor a café recalentado. Vio la primera línea, la letra torcida. Dejó que la mano se acordara.
La lancha de Prefectura se puso a la par y un hombre de gorra levantó el brazo. Se hizo un silencio raro, de motores a media máquina. Alguien, en otra embarcación, apagó la radio.
Bautista se paró en la proa, con los zapatos mojados, y agarró la corona con las dos manos. Le temblaban un poco las rodillas, pero la voz salió entera.
—Andrés Esposito —dijo—. Rómulo Cerri. Lucía Vitelli, que no pescaba, pero conoció a todos los que sí.
Siguió. Los nombres le venían de a uno, como peces que mordían en orden: Aversano, Mazzella, Di Fiore. En el cuarto o quinto se le cruzaron dos, y se corrigió despacio, sin que nadie se riera. Pasó el décimo, el decimosexto. Cada uno que decía hacía que el agua pareciera más quieta, y del otro lado de las barandas había gente con la gorra en la mano.
Llegó al veintidós y se detuvo un segundo. El último lo sabía sin esfuerzo, pero no se lo habían contado como a los otros. Lo había escrito con más cuidado, y había repasado las letras dos veces, por eso lo tenía fijo.
—Y Ernesto Ferreyra —dijo—, que fue mi abuelo y tenía una lancha amarilla y nunca aprendió a nadar.
Rubén se pasó la manga por la cara, como si le hubiera pegado el viento.
Bautista tiró la corona. Cayó sin hacer ruido, abierta, roja y blanca sobre el agua oscura, y la corriente la fue llevando despacio hacia el canal. Entonces sí. Primero una sirena grave, de remolcador, después las de las lanchas, una atrás de otra, un coro desparejo que hizo vibrar el casco de la Tana hasta los tablones donde Bautista tenía los pies.
Se quedó mirando la corona hasta que fue un punto. Con la mano derecha, sin darse cuenta, seguía moviendo los dedos como si escribiera, y no sabía todavía que esa noche, en la mesa, iba a repetir los veintitrés nombres sin errores.
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