El vaso de agua de Teresa

El primer sábado de septiembre, a las nueve de la noche, Teresa Bordón puso un vaso de agua sobre la mesa de la cocina y se sentó a esperar.

Esperó hasta las diez. El vaso quieto, la pava enfriándose, el ventilador de techo girando despacio para nada. Del otro lado de la calle, el galpón del club tenía el portón de chapa cerrado y una sola lamparita prendida arriba del candado. En cuarenta y un años no había pasado un primer sábado de septiembre sin que ese portón se abriera y el barrio entero empezara a temblar.

Ella conocía el temblor de memoria. Primero llegaba el surdo, grave, y el agua del vaso hacía un anillo chiquito que iba de la orilla al centro. Después entraban las cajas, y el anillo se deshacía en mil arrugas. Los tamborines hacían tintinear las copas de la alacena. Teresa había pasado cuatro décadas diciendo que no se podía vivir así.

—Esto no es un barrio, Atilio, es un parche de tambor —decía.

Atilio, que había manejado el camión de la cooperativa lechera hasta jubilarse, levantaba los ojos del diario.

—Y vos tenés la casa en el centro del parche. Aprovechá.

Atilio había muerto en marzo. Ese septiembre la casa estaba tan callada que se oía la heladera.

A las diez y cuarto Teresa se puso el cárdigan, agarró el vaso con las dos manos para que no se derramara y cruzó la calle. El empedrado todavía guardaba el calor de la tarde. Golpeó la chapa con la palma abierta. Tuvo que golpear tres veces.

Abrió un pibe de veinte años, con una remera del club y una caja colgada del hombro.

—Señora, ¿pasó algo?

—Pasó que son las diez y cuarto de un sábado de septiembre y acá no suena nada.

El pibe se rió, nervioso, y miró hacia atrás. Adentro había olor a pintura fresca, a cola vinílica y a cuero nuevo. Había una carroza a medio armar, con un cuello de garza de telgopor que casi tocaba el techo, y unos treinta chicos sentados en el piso, con los instrumentos en la falda, sin tocar.

—Es que se nos rompió el surdo grande —dijo—. El parche se rajó el jueves. El que sabe hacerlos está en Concepción del Uruguay y no llega hasta el martes. Sin el surdo no podemos arrancar. Se escucha todo flaco, parecemos una murga de escuela.

Teresa miró el vaso. Estaba quieto.

—¿Y quién lo manda a Concepción del Uruguay?

—El director.

—¿Y dónde está el director?

—Atrás, con el pegamento.

El director era un hombre de barba canosa y manos manchadas de celeste, que se limpió en el pantalón antes de saludarla. Le explicó lo mismo, con más palabras. Ella lo escuchó sin soltar el vaso.

—Yo vengo a pedirle una cosa —dijo cuando terminó—. Y usted me va a decir que no.

—Pruebe.

—Que toquen. Con lo que tengan. Una hora.

—Señora, sin el surdo…

—Mi marido se murió en marzo —dijo Teresa, y lo dijo parada, sin pestañear, como quien da una dirección—. Cuarenta y un años me quejé de ustedes. Hoy me quedé sentada mirando un vaso de agua que no se mueve. No le pido que suene lindo. Le pido que suene.

El director se quedó callado. Los pibes también, porque en un galpón con treinta personas el silencio se escucha. Alguien dejó una baqueta en el piso y el ruido rebotó en la chapa.

—Hay un tacho de aceite de doscientos litros —dijo al fin una chica del fondo, con voz finita—. Vacío. Suena grave si le pegás con la maza.

—Es un tacho —dijo el director.

—Es grave —dijo la chica.

Lo trajeron entre tres, lo apoyaron sobre dos cubiertas viejas y alguien le dio un golpe de prueba. Salió un trueno de lata, medio hueco, con un temblor largo al final. Teresa sintió que le vibraban los dientes.

—Ese —dijo.

Los chicos se acomodaron. El director levantó el brazo, esperó a que se hiciera el silencio de verdad y lo bajó. El tacho dio el primer golpe, las cajas entraron como una bandada y los tamborines pusieron encima una lluvia de chapitas. Sonaba sucio, desparejo, con un surdo que había sido de aceite. A los diez compases se acomodó solo, como se acomoda una familia en una mesa larga.

Teresa levantó el vaso y lo apoyó sobre una caja de pintura. El agua tembló. Un anillo fino fue de la orilla al centro, y otro, y otro, cada vez más apretados.

No supo cuánto tiempo estuvo así. Cuando levantó la vista, una de las chicas del fondo, la de la voz finita, le estaba alcanzando una silla.

—Siéntese, señora. Todavía falta la parte de los metales.

Teresa se sentó con el vaso en la falda. Del otro lado de la calle, en su cocina, había dejado la luz prendida. Desde la silla se veía la ventana, amarilla, vacía, y ella pensó que Atilio iba a protestar por el ruido.

—Y vos aprovechá —dijo en voz baja, sin dirigirse a nadie.

Afuera, en la noche tibia de Gualeguaychú, empezaron a prenderse las luces de las casas vecinas, una por una, como si el tambor las fuera llamando por el nombre.

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