El grito de Ramón

A las siete de la tarde el asfalto de la calle San Juan todavía devolvía el calor del día, y Ramón Insaurralde caminaba despacio por la sombra de los lapachos, con el tereré colgado en un termo y el pañuelo rojo anudado al cuello. Iba hacia la Plaza Vera. Su nieta Anahí lo esperaba allá, con el acordeón de botones cruzado al pecho, para el Desfile de Fuelles.

Ramón había sido, cuarenta años atrás, el que largaba el sapucay en las peñas de Santa Ana de los Guácaras. Lo contaban así: cuando Insaurralde tiraba el grito, los perros de tres chacras contestaban. Después vino el tumor chiquito en la garganta, la operación, y una voz que ahora salía como arena fina, apenas un hilo. Hablaba bajito y la gente se inclinaba para escucharlo. Nunca más había intentado el grito. Le daba vergüenza que le saliera un chillido de gallo.

—Abuelo, llegaste tarde —dijo Anahí cuando lo vio, sin enojo. Tenía dieciséis años y las manos ya duras de tanto fuelle—. Estamos en la fila de la Escuela de Acordeón. Salimos a las ocho.

—Son las siete y diez.

—Por eso, tarde.

Le dio un chipá todavía tibio que había comprado en la esquina y se rió cuando él le dijo que tenía la mitad de queso y la otra mitad de aire. Alrededor, la plaza se llenaba de acordeones. Los había de todos los tamaños, de nenes con las piernas colgando de los bancos y de viejos con el fuelle remendado con cinta. Alguien afinaba un fa que nunca terminaba de caer. Olía a humo de choripán, a repelente y a la humedad de la tarde que se iba.

Ramón se sentó en el cordón de la vereda. Hacía dos semanas que no dormía bien. Anahí le había dicho, así, de pasada, mientras pelaba una mandarina: «Me gustaría que me lo dieras vos, el grito, cuando pasemos frente al palco». Él había contestado que sí antes de pensar. Ahora el sí le pesaba en el pecho como una piedra de río.

—¿Y si no me sale? —preguntó en voz baja.

—Entonces no sale.

—Tu abuela me hubiera retado.

—La abuela te hubiera hecho practicar en el patio. —Anahí lo miró un segundo de más—. ¿Practicaste?

No había practicado. Una vez, a la madrugada, se había parado en el fondo de la casa, entre la parra y el aljibe seco, con la boca abierta, y no había salido nada. Ni aire. Había vuelto a la cama sin despertar a nadie.

A las ocho menos cinco sonó un bombo. La fila empezó a moverse hacia la Plaza Cabral, con los fuelles abriéndose y cerrándose todos a la vez, como un animal grande que respira. Ramón caminó al costado de Anahí, con la mano en el hombro de la nena, y sintió contra la palma el temblor del acordeón: ese zumbido bajo que sube por los huesos antes de que uno oiga la música.

La gente se apretaba en las veredas. Una señora aplaudía con un abanico en la mano. Un chico, sentado sobre los hombros del padre, tenía un cucurucho de helado derritiéndose por la muñeca. Cada cuadra se sumaba otra melodía, un chamamé que se montaba sobre otro, y nadie corregía a nadie.

Frente al palco las luces eran blancas y casi hacían ruido. Anahí tocaba con los ojos cerrados. Ramón la miraba, y sabía que ahora tenía que ser. Juntó aire hasta abajo, hasta donde dolía la cicatriz. Abrió la boca.

Salió un sonido fino, quebrado, que no llegaba ni al segundo cordón de gente. Un chillido de gallo, justo lo que había temido. Dos personas se dieron vuelta. Una sonrió.

Él se quedó quieto con la boca todavía abierta y el calor subiéndole a la cara. Anahí no dejó de tocar. Abrió los ojos, lo miró, y con el pie marcó el compás un poquito más fuerte, como quien le dice «seguí». Después hizo algo que él no esperaba: sostuvo una nota larga, la más aguda, y la dejó colgada en el aire, abierta, esperando.

Entonces la señora del abanico, a su lado, puso las dos manos alrededor de la boca y gritó. Fue un sapucay ancho, de pecho, de los de antes. Del otro lado contestó un hombre. Detrás, un muchacho de gorra. Y el grito fue corriendo por la fila, de vereda en vereda, rebotando contra los frentes de las casas, hasta que Ramón ya no pudo distinguir cuál era el suyo ni cuál el de los demás.

Se pasó la mano por la cara. Estaba mojada, y no era sudor.

—Te dije que ibas a salir —dijo Anahí cuando pararon a descansar junto al canal de los naranjos, con el fuelle todavía respirando contra su pecho.

—Salí chillando.

—Salió el principio. —Ella se encogió de hombros—. El resto lo pusieron ellos.

Ramón destapó el termo y le ofreció el tereré. La nena tomó con ganas. Allá adelante el bombo seguía marcando el paso, y la noche olía a pasto cortado y a pólvora lejana. Se aflojó el pañuelo rojo y lo ató en el asa del acordeón, donde colgaba un hilo de lana vieja que había sido de la abuela.

Cuando el desfile volvió a arrancar, Ramón no gritó más. Caminó atrás, con las manos en los bolsillos, escuchando cómo el fuelle de su nieta abría y cerraba el aire, abría y cerraba, hasta que el último sapucay de la cuadra se apagó y quedó solamente la música, que se alargaba como un hilo, y él detrás de ella, siguiéndola.

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