A las seis menos diez de la mañana, la niebla del río Uruguay todavía se pegaba a las chapas del galpón y Mirta Zalazar ya tenía puesto el delantal celeste, el mismo desde hacía once años, con el bolsillo izquierdo descosido y vuelto a coser con hilo de otro color.
Era junio, el mes en que el empaque de las afueras de Concordia no apagaba nunca las máquinas. Camiones con mandarinas hacían cola desde la madrugada. Adentro olía a cáscara abierta, a cartón húmedo y a ese frío de cámara que se te mete por los puños aunque lleves dos camperas.
Era su último turno. Cuarenta años. Nadie lo había anunciado, pero en el comedor alguien había dejado sobre la mesa una torta de dulce de leche con una vela apagada, y Mirta hizo como que no la veía.
En la cartera, entre el termo y la libreta del banco, llevaba un rollo de papel de seda. Lo había comprado en una librería de la peatonal, al lado de la Plaza 25 de Mayo, y la chica le había preguntado si era para un cumpleaños. Mirta dijo que sí. Era más o menos cierto.
—Mirta, ¿vas a querer unas palabras? —le preguntó Darío, el encargado nuevo, con una tablet bajo el brazo. Tenía treinta y pocos años y hablaba siempre de eficiencia con la voz baja, como si pidiera perdón.
—Lo que quiero es un cajón —contestó ella.
—¿Cómo un cajón?
—Uno solo. A mano. Una mesa libre en la punta de la línea y una hora.
Darío miró la tablet como si ahí estuviera la respuesta. La línea no se podía parar, había pedido para esa tarde, y a una hora de mesa le correspondían mil doscientas mandarinas que pasaban por la calibradora sin que nadie las tocara. Pero también estaban las caras de las muchachas de la clasificación, que habían dejado de mirar la fruta para mirarlo a él.
—Una hora —dijo al final—. Con la mesa del fondo.
Mirta se lavó las manos hasta los codos. Sacó el rollo, cortó cuadrados con las tijeras de la oficina y los fue apilando contra el borde de la mesa. Alisó el primero con la palma. Después eligió una mandarina del tacho de descarte, una que tenía una manchita en la base pero la piel firme, la apoyó en el centro del papel y juntó las cuatro puntas con un giro de muñeca. Un movimiento corto, seco. Una vuelta y listo.
Nadie lo hacía ya. Hacía veinte años que la fruta salía sin envolver, derecha del calibrador a la caja de cartón con el logo impreso, porque en el puerto no pagaban más por el papel y sobraba la mitad de la mano de obra. Pero Mirta había entrado al galpón a los diecinueve, cuando todavía se envolvía una por una, y su madre, que cosía bolsas de arpillera en la casa de la calle Entre Ríos, le había dicho: «Si te quedás, aprendé bien».
Aprendió bien. En el ’89 llegó a envolver ciento cuarenta por minuto. Había una foto de esa época, en un cuadro torcido en el pasillo de la oficina, con ella de pelo largo y los dedos borrosos de tan rápidos.
Se corrió la voz por el galpón. Primero vino Nelba, que trabajaba en la cinta de descarte, a mirar con los brazos cruzados. Después los dos muchachos del autoelevador, que apagaron el motor para escuchar el ruido del papel. Después las de la clasificación, de a una, hasta que alrededor de la mesa del fondo se armó un semicírculo de delantales celestes.
—Qué rápido, Mirta —dijo alguien.
—No es rápido —respondió ella sin levantar la vista—. Ahora estoy lenta. Antes no se veía la mano.
Fue acomodando las mandarinas en el cajón de madera que había pedido prestado a la cámara, el último de un lote viejo, con las tablas gastadas de tanto estibar. Una al lado de la otra, en filas parejas, con el ombligo para arriba. El naranja de la fruta se veía entre los pliegues del papel como una luz detrás de una cortina.
A los cuarenta minutos le temblaba un poco la mano derecha. Se la sacudió y siguió. Darío había dejado de mirar la tablet.
—¿Para quién es? —preguntó por fin.
—Para mi hermana Estela. Vive en Quilmes desde el ’94. Cuando éramos chicas, mi papá volvía de la quinta con un cajón así, envuelto, y lo dejaba arriba de la heladera. Ella decía que las mandarinas con papel sabían distinto. Yo le decía que eran las mismas. —Mirta alisó otro cuadrado—. Es mentira que sabían distinto. Pero ella las comía más despacio.
Terminó a los cincuenta y cinco minutos. Quedaban dos filas sin cerrar y se le acabó el papel. Miró la mesa, el rollo vacío, el cajón casi lleno, y se quedó un momento quieta con las manos abiertas sobre la madera.
Entonces Nelba se sacó el pañuelo del cuello, un cuadrado de algodón floreado, y se lo tendió sin decir nada. Después una de las chicas de clasificación dio su barbijo de repuesto, limpio, todavía en el sobre. Uno de los del autoelevador, que no encontró nada, se agachó, arrancó una hoja del cuaderno de remitos que llevaba en el bolsillo y la dejó sobre la mesa.
Mirta los miró uno por uno. Después envolvió una mandarina en el pañuelo, otra en la hoja de remito con las columnas de kilos y fechas, otra en el celeste del barbijo. Las puso en el cajón, en las dos últimas filas, con el ombligo para arriba.
Cuando la línea volvió a arrancar, el ruido de la calibradora llenó otra vez el galpón. Mirta clavó la tapa con cuatro clavos chicos, escribió en un costado con fibrón «Estela – Quilmes», y se sacó el delantal celeste para doblarlo sobre el cajón.
Afuera la niebla se había levantado. Cargó el cajón en brazos hasta la parada, con el sol flaco de junio calentándole apenas el dorso de las manos, y esperó el colectivo con la fruta contra el pecho, tibia por fin, como algo vivo que respiraba despacio bajo la madera.
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