Mitad y mitad

El interurbano de las 21.10 salió de la terminal de Paraná con once pasajeros y un olor a campera mojada. Remigio Ferreyra se sentó del lado del río, aunque del río no se iba a ver nada. Al lado, Abril, su nieta, de trece años, ya había sacado el celular y lo miraba como si adentro pasara algo más importante que afuera.

—Abuelo, ¿cuánto dura el túnel?

—Con este chofer, unos tres minutos. Con otro, cuatro.

—¿Y por qué me hacés venir a Santa Fe un martes a la noche, para volver a las once?

Remigio se tocó el bolsillo de la campera. Ahí llevaba un punzón de acero con el mango de madera gastado, el mismo que usaba para marcar las tapas de las cajas de conexiones. Hacía nueve años que no lo sacaba del cajón.

—Para que veas una cosa —dijo—. Si la encuentro.

La bajada empezó con ese silencio que todos los paranaenses conocen, el de los motores que se aprietan y la radio que se corta. Las luces de la rampa pasaron una por una sobre la cara de la nena. Remigio las contó por costumbre, como cuenta un albañil los ladrillos de una pared ajena.

Había trabajado veinte años en el mantenimiento eléctrico del Túnel Subfluvial, que el 13 de diciembre de 1969 había unido Paraná con Santa Fe por debajo del río, cuando él tenía once años y su viejo lo había llevado a ver cómo cortaban la cinta. Entró a la planta en 1989. Aprendió a trabajar de noche, con el túnel cerrado de un lado y los camiones esperando del otro, y con la humedad que se te mete en las muñecas y no sale más. Se jubiló con una placa, un reloj y una tos que le duraba el invierno entero.

—Mirá —dijo cuando el colectivo ya estaba abajo y el ruido cambió, más hueco, más cerrado—. Fijate en la pared de tu lado. Ahí, donde están las cajas grises.

Abril levantó la vista de mala gana. Las cajas pasaban demasiado rápido: grises, grises, grises, un cable, una manguera, otra caja.

—¿Qué tengo que ver?

—Una que tiene una rayita en la tapa. Una R.

—Abuelo, van a ochenta.

—Van a sesenta. Mirá igual.

La nena se pegó a la ventanilla. Remigio hizo lo mismo desde su asiento, con la frente casi tocando el vidrio frío. No había hecho esa marca por vanidad. En el invierno del 2007 se había quedado dos horas arreglando un tablero con el agua de la filtración cayéndole en el cuello, y cuando terminó, el capataz, que era un tipo seco, le dijo: «Dejá algo, así sabemos que alguien estuvo». Remigio sacó el punzón y rayó una R en la tapa de la última caja que había cerrado. Después le dio vergüenza y no se lo contó a nadie.

Pasó una caja con la tapa nueva, brillante. Otra con la pintura saltada. Otra más.

—Ahí —dijo Abril, de golpe, sin voltear—. Esa. Tiene una letra. Una R chueca.

Remigio se quedó inmóvil. El colectivo ya la había dejado atrás, pero la nena la había visto de verdad: lo supo porque la dijo torcida, como estaba. Cerró los ojos. El túnel siguió adelante con su hilera de luces en el techo, cada una en su lugar. Quedaban sobre ellos, sin que nadie pudiera sentirlos, los kilómetros de agua marrón que bajaban desde el Brasil.

—¿Eso era? —preguntó ella—. ¿Una letra en una caja?

—Eso era.

—¿Y para eso me trajiste?

Él abrió los ojos.

—No sé si se entiende. Cuando uno trabaja en algo que nadie mira, que se supone que no se tiene que notar, que si anda bien nadie se acuerda, cuesta saber si estuviste o no. Yo estuve veinte años acá abajo. Y desde que me jubilé, a veces me levanto a la mañana y no sé si de verdad pasó.

La nena no dijo nada. Bajó el celular hasta la falda, lo apagó y lo apoyó boca abajo sobre la mochila.

A mitad del túnel, el colectivo cruzó la franja donde termina una provincia y empieza la otra. Remigio sabía bien dónde estaba el cartel, aunque a esa velocidad era un borrón verde. Conocía de memoria el lugar donde el piso cambia de mano, como un hombre que, después de mucho andar, reconoce la raya del medio de su propia casa.

—Este es el punto justo —dijo—. Mitad Entre Ríos, mitad Santa Fe. Yo siempre decía que había que santiguarse ahí, pero no lo hice nunca porque me daba cosa que me vieran.

—Hacelo ahora.

—No me animo.

Abril sonrió por primera vez en toda la noche. Entonces, con un gesto enorme y exagerado, se persignó ella por los dos: frente, pecho, hombro izquierdo, hombro derecho. Una señora del asiento de adelante se dio vuelta para mirarla, y la nena la miró de vuelta con total seriedad.

—Listo —dijo—. Ya está pagado el peaje.

Remigio se rió con la tos de siempre, una risa que le sacudió el pecho. Unos metros más adelante el túnel empezó a subir, y el aire cambió: más seco, con olor a asfalto y a noche de verdad. Salieron por el lado de Santa Fe y las luces de la costanera se les vinieron encima como una sorpresa antigua.

En la terminal bajaron los once, y tuvieron veinte minutos hasta el regreso. Compraron dos garrapiñadas en un puesto y se sentaron en el cordón.

—Abuelo —dijo Abril, masticando—. Yo te vi la R.

—Ya sé. Te creí.

—No, escuchame. Si vos no la hubieses hecho, yo no la habría visto. Así que estuviste.

Remigio sacó el punzón del bolsillo y se lo dio, con el mango para su lado.

—Guardalo vos. Por si algún día te toca dejar algo.

Ella lo agarró con las dos manos, lo dio vuelta, lo miró contra la luz del poste. Después lo metió en la mochila, entre el cuaderno y el cargador.

A las 22.15 subieron al interurbano de vuelta. Esta vez Abril eligió el asiento del lado del río. Cuando el colectivo bajó otra vez a la boca de la rampa, se acomodó contra el vidrio, abrió los ojos grandes y empezó a contar las cajas grises en voz baja, una por una, hasta que llegó a la que tenía la letra chueca y levantó apenas la mano, como se saluda a alguien que sigue en su puesto.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *