La mujer subió al Fiat Siena de Efraín Cabrera con una mochila en la falda y un grabador chato, de los de teclas cuadradas, abrazado contra el pecho como si fuera un bebé.
—A Parque Luro —dijo—. Tengo que estar antes de que se ponga el sol.
—Son treinta y cinco kilómetros por la ruta 35. Con el sol a las siete y cuarto, llegamos de sobra.
—Mejor que de sobra.
Efraín tenía sesenta y un años, veintidós de remís y un termo que no se despegaba del apoyabrazos. En la terminal de Santa Rosa la había visto bajar del micro de Retiro, la última del pasaje, desorientada como quien llega a un lugar que conoce solo de oídas. Se llamaba Verónica. Eso fue lo único que dijo en los primeros diez kilómetros.
Salieron de la ciudad con la tarde de abril ya inclinada. Por la ventanilla pasaba el campo bajo, amarillo, con alambrados torcidos y algún molino sin aspas. Después empezaron a aparecer los caldenes, retorcidos, bajos, con esa copa chata que parece peinada por el viento. Verónica los miraba como si tuvieran que ser distintos.
—¿Usted va seguido? —preguntó por fin.
—Llevo gente todo el año. En marzo y abril es lo más pedido. La brama.
—Mi viejo decía eso. La brama.
Efraín esperó. En la ruta, esperar es un oficio.
—Vino en el ochenta y nueve, con un amigo —siguió ella—. Era electricista, de Villa Devoto. Nunca había grabado nada en su vida, pero compró este grabador para traer el sonido. Decía que había que escucharlo una vez para entender que los ciervos no son de acá y sin embargo ya son de acá.
Apretó una tecla. Del parlante salió un siseo largo, un roce de pasto contra el micrófono, una tos de hombre. Y después nada. Verónica cortó.
—Eso es todo lo que hay. Doce minutos de ruido. Mi viejo se murió en julio y yo encontré el casete en un cajón, con una etiqueta que decía “Luro, abril”. Quiero ponerlo en el mismo lugar donde lo grabó y dejarlo sonar.
—¿Y qué esperás que pase?
—No sé. Que conteste algo.
Efraín no se rio. Miró por el espejo la cara de ella, tensa, y vio que era la de alguien que ya se había reído de sí misma durante todo el viaje.
A la altura de la entrada apareció a lo lejos el edificio blanco, con los techos verdes, hundido en el mar de caldenes, junto a la laguna salada. Efraín bajó la ventanilla y entró el olor a tierra seca y a hoja de jarilla.
En la portería, un guardaparque de campera naranja les explicó que la visita de la brama era guiada, con reserva, y que el último grupo ya había salido hacía veinte minutos. Verónica sacó el celular, buscó un mail, se lo mostró. Tenía el lugar anotado a nombre de ella, pero para las seis y media. Había llegado antes, y el grupo se había adelantado por la luz.
—Hacemos así —dijo el guardaparque, mirando el reloj—. Los alcanzo. Pero tienen que ir pegados a mí y no se puede poner música en el monte.
—No es música.
—Mejor todavía.
Efraín no tenía reserva, ni intención de caminar. Pero cuando vio que Verónica se colgaba la mochila y le temblaba una mano, dejó el termo en el auto y los siguió.
Caminaron por un sendero de arena fina, entre caldenes que tenían las ramas llenas de espinas y de silencio. El guardaparque hablaba bajo. Les mostró un rascadero, una huella, un charco de agua barrosa con marcas de pezuñas. El aire se enfriaba rápido. Cada tanto, a lo lejos, algo crujía.
Alcanzaron al grupo en un claro, doce personas con binoculares, callados, mirando hacia el bajo donde empezaba a juntarse una bruma finita. El sol era una brasa del otro lado del monte.
Y entonces llegó el primero. Un bramido ronco, largo, que no parecía de un animal sino de la tierra misma abriéndose un poquito. Efraín lo había escuchado cien veces y le volvió a pasar lo de siempre: se le erizó la nuca. Otro respondió desde la izquierda, más agudo, más furioso. Luego un tercero, lejos.
Verónica se había quedado quieta. Con el grabador contra la panza, sin apretar nada. Efraín la vio mirar el aparato, mirar al guardaparque, que le hizo un gesto con la cabeza apenas, un permiso que no figuraba en ningún reglamento.
Ella apretó la tecla.
El siseo del casete se mezcló con el monte. La tos del padre, el roce del pasto, el silencio de treinta y siete años atrás. Y en medio de ese silencio grabado, inesperado, nítido, el bramido de un ciervo viejo. Más ronco que los de hoy. Más cansado.
Un macho, del otro lado del bajo, contestó.
No era una respuesta, claro. Efraín lo sabía. Era un animal marcando territorio frente a un sonido que se parecía a otro animal. Pero Verónica se tapó la boca con la mano libre y se le llenaron los ojos, y nadie en el claro dijo nada. Doce personas con binoculares bajaron los binoculares.
El casete terminó. Ella dejó que la cinta siguiera girando en vacío hasta que el aparato se detuvo solo con un clic.
Volvieron en la oscuridad, ya sin linterna, siguiendo la espalda naranja del guardaparque. En el estacionamiento, el cielo había cerrado en un azul pesado y se veían las luces del castillo, una sola ventana encendida.
—Gracias —dijo Verónica, ya en el auto.
—Yo no hice nada. Manejé.
—Por eso.
Arrancó. Los faros abrieron la ruta, un túnel de caldenes. A los diez kilómetros ella se quedó dormida contra la ventanilla, con el grabador apagado en el regazo.
Efraín bajó la velocidad. Alcanzó el termo, se sirvió el último mate, ya tibio, y manejó el resto del camino a Santa Rosa sin radio, con la ventanilla apenas abierta, por si el monte tenía algo más para decir.
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