A las diez y cuarto de la mañana, con el sol recién asomado detrás de los cerros y la escarcha todavía pegada a los techos de chapa, Nené Oyarzún subió la escalera de mano de la sociedad de fomento con una caja de herramientas en una mano y un termo en la otra. Era domingo, 29 de junio de 1986. El partido empezaba a las tres.
Nené tenía sesenta y un años, había nacido en Punta Arenas y hacía treinta y cuatro que arreglaba televisores, radios y calefones en Ushuaia, casi siempre con las mismas cuatro herramientas. Nadie en el barrio le discutía el oficio. Pero esa mañana el televisor del salón, un Philco blanco y negro que la comisión había pagado en cuotas, mostraba solamente nieve. Y en el salón ya había treinta y siete sillas ordenadas, un cartel escrito a mano que decía “Hoy se grita” y una olla de lentejas que doña Berta había puesto al fuego desde las ocho.
—¿Qué tiene? —preguntó Berta desde abajo, con la cuchara en alto.
—Imagen no tiene. Sonido sí. Escuchá.
Del parlante salía una voz lejana, mezclada con un zumbido, que leía un aviso de la cooperativa. Nené revisó la antena de arriba: el mástil estaba derecho, el cable sano. Bajó, abrió la parte de atrás del aparato, olió el polvo quemado de adentro y encontró enseguida lo que buscaba. Un transistor del sintonizador estaba negro, con la patita partida.
—Se fue el de la sintonía —dijo—. Necesito uno igual. Un AF-algo, de los viejos.
—¿Y dónde se consigue eso un domingo?
Nené se limpió las manos con un trapo y no contestó. Los dos sabían la respuesta. Hacía once años que Nené no le hablaba a Evaristo Cárdenas, el dueño de la casa de repuestos de la calle Maipú, desde el día en que Evaristo le dijo delante de un cliente que su taller era “un cajón de recuerdos”. Nené había contestado que a lo mejor, pero que los recuerdos de él, al menos, andaban. Después de eso cada uno se fue por su vereda.
—Voy a ver si en casa me quedó algo —dijo.
No le quedaba nada. Revolvió cuarenta minutos entre cajas de zapatos llenas de tuercas, tubos, perillas y un reloj sin agujas, y encontró dos transistores que no servían y una foto de su madre en el puerto de Punta Arenas con un pañuelo atado bajo el mentón. Se quedó mirándola un rato. Después guardó la foto en el bolsillo de la campera, como hacía siempre que iba a hacer algo que le costaba.
La casa de repuestos tenía la persiana baja a medias. Adentro se oía una radio. Nené golpeó el vidrio con los nudillos y Evaristo apareció desde el fondo, flaco, con anteojos pegados con cinta y un jarrito de mate.
—Mirá quién viene —dijo.
—Necesito un transistor para un Philco del sesenta y pico. Se me quemó el del sintonizador.
—¿Para el de la fomento?
—Para el de la fomento.
Evaristo se quedó callado. Del otro lado de la ventana pasó un camión de la Municipalidad con la caja llena de leña. Adentro, la radio dijo que ya estaban entrando los equipos a la cancha, y un coro lejano cantaba en un idioma que no era el de ninguno de los dos.
—Tengo uno —dijo por fin Evaristo—. Uno solo. Lo guardaba para un cliente de Río Grande que nunca vino.
Fue al fondo, volvió con una bolsita de papel de estraza y la puso sobre el mostrador. Nené sacó la billetera. Evaristo levantó la mano.
—Guardá eso. Pero con una condición. —Señaló el techo con el mentón—. Mi antena también se cayó con el viento del jueves. Yo no puedo subir con la rodilla así. Si lo arreglás, me hacés un lugar en el salón.
—Hay treinta y siete sillas.
—Mirá qué bien. Con mi silla son treinta y ocho.
Nené miró la bolsita, miró a Evaristo, y pensó en algo que su madre decía de los inviernos del sur: que se pasan mejor si uno aprende a pedir fuego. Asintió una sola vez.
Le llevó veinte minutos enderezar el mástil de Evaristo, atarlo con alambre y reponer un tramo de cable, trabajando con los guantes de lana mientras el viento le tiraba de la campera. Después fue corriendo a la fomento. A la una y media soldó la patita nueva con el soldador que le pasó una vecina. A las dos menos diez giró la perilla, y en la pantalla, entre rayas grises, apareció de golpe una cancha verde bajo un cielo azul que parecía de otro planeta.
Berta aplaudió con la cuchara. Los chicos que esperaban en la puerta entraron como una corriente de aire.
A las tres menos cuarto el salón estaba lleno, con olor a lentejas, a lana mojada y a estufa a leña. Evaristo llegó con su silla plegable bajo el brazo y se sentó al fondo. Nené se quedó parado junto a la puerta, con el termo, porque había prometido subir otra vez al techo si el viento movía la antena.
Y la movió. Hacia el final, con el partido empatado y el salón entero agarrado de las sillas, la imagen empezó a nevar. Nené no dijo nada: trepó por la escalera de mano en dos tiempos, se agarró del mástil con los dos brazos y lo sostuvo contra el viento. Desde allá arriba, con la mejilla pegada al metal frío, no veía nada. Solo escuchaba, por el caño de la estufa, cómo la sala contenía la respiración.
Entonces el techo vibró bajo sus botas. Un grito subió desde adentro, redondo, interminable, y atravesó la chapa, las paredes y la calle. Le llegó también desde las otras casas, de a una, como luces que se prenden en cadena. Nené sintió la vibración del mástil en las costillas y se rió solo, con la cara contra el aluminio y la foto de su madre apretada en el bolsillo, sin soltar la antena.
Abajo, en el fondo del salón, un hombre flaco con anteojos pegados con cinta levantaba una silla plegable por encima de la cabeza.
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