La cara del Pujllay

La abuela Bernarda puso sobre la mesa de la cocina una bolsa de arpillera y dijo que adentro estaba todo lo que hacía falta. Era sábado de víspera, las once de la mañana, y desde la ventana se veía la Paleta del Pintor con la luz plana de febrero. Joaquín tenía doce años y las manos todavía sucias de haber ayudado a su tío con las cajas del fortín.

—¿Todo qué? —preguntó.

—El Pujllay. Lo cosés vos.

Joaquín sacó de la bolsa un rollo de tela de lienzo crudo, un puñado de lana de oveja para el relleno, retazos de bayeta colorada, un par de botones negros y una aguja capotera gruesa con el hilo ya enhebrado. Todo olía a naftalina y a humo de leña. La abuela se sentó frente a él y apoyó las manos sobre el hule. Las tenía hinchadas en los nudillos. Cuarenta años había hecho ella el muñeco de la comparsa de la cuadra, y el año pasado, al enterrarlo en el mojón, lo habían dejado sin cara, porque el viento había barrido la tinta en la corpachada y nadie se acordaba de cómo era.

—Nadie se acuerda —dijo Bernarda—, salvo yo. Y a mí no me responde el pulso.

—Pero el desentierro es hoy.

—A las seis. Subimos con la luz que queda.

Joaquín miró el reloj de la cocina. Siete horas. Pensó en decirle que comprara uno hecho en Tilcara, de esos con ojos de plástico, y no lo dijo porque ella ya lo estaba mirando como si hubiera escuchado el pensamiento.

Empezaron por el cuerpo. Ella no tocaba nada, pero señalaba: la costura va chiquita, de atrás para adelante, no tires, que el trapo se arruga. Joaquín cortó dos rectángulos, los unió con un pespunte torcido que ella le hizo deshacer dos veces. A mediodía comieron un plato de locro frío parados junto a la hornalla. A la una el cuerpo estaba relleno, gordo y desparejo, con los brazos de distinto largo. La abuela dijo que así tenía que ser. Que un diablo parejo no asusta a nadie.

Quedaba la cara. Joaquín la dejó para el final porque no sabía por dónde empezar, y cuando llegó el momento se dio cuenta de que Bernarda se había quedado callada, mirando la ventana.

—¿Cómo era? —preguntó él—. El año pasado.

—No era igual a ninguno. Nunca. Cada año es distinto porque la cara no se copia, se encuentra.

—No entiendo.

—Yo cosía y mientras tanto pensaba en el año que se iba. Y lo que salía salía.

Joaquín tomó los botones. Los puso donde iban los ojos y los sacó. Los puso más juntos y los sacó. Por la ventana entraba el olor a albahaca de las macetas de la vecina, y de lejos, desde el lado del pueblo, el primer tarareo de bombos de alguien que probaba. Pensó en el año. Pensó en el verano que su papá se fue a trabajar a la zafra y volvió con una tos. Pensó en el día que se cayó la tapia del fondo con la lluvia, en la caja de zapatos donde guardaba figuritas que se mojó, en la vez que se perdió en la quebrada de Purmamarca y lo encontró un arriero. Mientras pensaba, cosió. La boca le salió ancha y torcida hacia un lado, no del todo una sonrisa. Los ojos quedaron desparejos, uno más alto. Con la bayeta colorada le hizo dos cuernos cortos, y con un retazo, una lengua.

Cuando terminó eran las cuatro y media. Lo apoyó contra la botella de aceite, a la vista.

La abuela lo miró un rato largo sin decir nada. Después estiró una mano, despacio, y le acomodó un cuerno que había quedado de costado.

—Se parece a tu papá cuando se ríe de mala gana —dijo.

—No quise.

—Por eso se parece.

A las seis menos cuarto salieron. La comparsa ya estaba reunida al pie del cerro, cuarenta personas en silencio, los músicos con los instrumentos bajo el brazo y los enmascarados con los disfraces dobladitos, como manda la costumbre. Subieron por el sendero entre cardones, con la tierra seca crujiendo bajo las zapatillas. Joaquín llevaba el muñeco envuelto en un poncho, apretado contra el pecho. Arriba, el tío Ramiro y dos hombres más desarmaron el mojón piedra por piedra y cavaron hasta que apareció la olla de barro enterrada un año atrás. Alguien hizo la corpachada: coca, cigarrillos, un chorro de vino, serpentina, harina. Cada uno pasó por el hueco a dejar lo suyo. Bernarda se acercó apoyada en el brazo de Joaquín y volcó un poco de chicha de maní, lo único que no temblaba en su mano.

Alguien encendió un churqui, y el cardón seco prendió con un crujido que iluminó las caras ya medio transformadas. El tío Ramiro se puso la máscara de diablo y tronó la primera bomba de estruendo. Los gritos le contestaron desde todos lados.

Entonces miró a Joaquín. Él desenvolvió el poncho y levantó el muñeco con las dos manos, bien alto, con su cara torcida y sus ojos desparejos. Hubo un segundo de silencio. Alguien dijo, bajito, que ese sí que era un Pujllay.

Los bombos arrancaron. La comparsa empezó a bajar hacia el pueblo con el carnavalito, tirando talco, repartiendo ramitas de albahaca, y Joaquín bajó al frente con el muñeco en alto. Atrás, apoyada en el brazo de su hijo, la abuela Bernarda caminaba despacio, mirando el cerro que se oscurecía, y por primera vez en cuarenta años no llevaba nada en las manos.

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