A la tercera mañana, Dalila ya no sentía los dedos. Los tenía negros de resina, pegajosos hasta la muñeca, y cada vez que se rascaba la nariz le olía la cara a pasto fermentado y a algo amargo que no terminaba de nombrar. Eran las siete y el Piltriquitrón todavía tenía una gorra de nubes. Abajo, en la chacra de Mallín Ahogado, las guías del lúpulo colgaban de los alambres como cortinas verdes de cinco metros, y los tractores ya habían empezado a bajarlas.
Tenía dieciséis años y era su primera cosecha. Se había anotado por la plata, que era poca, y por otra cosa que no le había contado a nadie.
—Los conos al cajón, los palos afuera —le había dicho Oscar el primer día, sin mirarla. Era el capataz, flaco, con una gorra de la cooperativa y una balanza colgada del hombro que usaba como si fuera parte del cuerpo—. Lo que se cae al suelo es del suelo. Lo que va al cajón se pesa. Y lo que se pesa se paga. Lo demás no existe.
Dalila asintió. Después se quedó mirando el galpón del fondo, donde el secadero zumbaba día y noche. Salía de ahí un olor distinto al del campo: más redondo, más dulce, como si el lúpulo fresco fuera un grito y el seco una conversación.
Lo que ella quería era una almohada.
Su abuela Rosa vivía en un fondo de El Bolsón, cerca del río Quemquemtreu, y desde el invierno no dormía. Desde que murió el abuelo se acostaba a las diez, se levantaba a las dos y se quedaba en la cocina con la pava, mirando la ventana. Una vez, en marzo, Dalila la había visto dormir de golpe en el sillón. Había una sola cosa distinta ese día: una vecina, hija de colonos, le había dejado un puñado de flores secas de lúpulo en una bolsita de tela, y la bolsita estaba en el apoyabrazos.
—Es de antes —había dicho la abuela, tapándose la boca para bostezar—. Los viejos las ponían en la almohada. Te sacan el ruido de la cabeza.
La vecina se mudó a Bariloche. La bolsita se gastó. Y a Dalila se le ocurrió que, si iba a trabajar una semana entre esas plantas, podía volver con una almohada entera.
El problema era la balanza.
Los conos se cosechaban para las cervecerías, para pellets, para exportar. Todo se pesaba, todo se anotaba en una planilla que Oscar guardaba bajo la tapa de un termo. El segundo día, Dalila se metió un puñado en el bolsillo del buzo. El tercero, tres. Los apretaba contra la panza mientras trabajaba, y sentía cómo se le humedecía la tela. Por la noche los dejaba sobre la repisa del cuarto que alquilaba con otras dos chicas, y a la mañana estaban chatos, marrones en los bordes, con olor a pasto cortado y a nada más.
—Se pudren —le dijo Yamila, la compañera de cama de arriba, sin darle mucha importancia—. Hay que secarlos con calor, Dali. Si no, es verdura.
Al quinto día entendió que tenía razón. Y que el único lugar con calor era el secadero.
A la hora de la siesta, cuando la cuadrilla se tiraba bajo los álamos con los termos de mate, Dalila rodeó el galpón. La puerta lateral estaba entornada. Adentro hacía un calor de panadería y el aire parecía espeso, verde, casi comestible. Los conos se amontonaban sobre una malla gigante que el aire caliente atravesaba desde abajo, a una temperatura que alguien había cuidado para que no se fuera el aroma. Dalila vio la mano de una máquina que removía lentamente la capa de arriba. Estiró el brazo, apenas, para agarrar un puñado.
—Ese cuesta más que un mes de tu sueldo, si lo sumás —dijo una voz atrás.
Oscar estaba en la puerta con la balanza al hombro y los ojos entornados. Dalila sintió que se le subía toda la sangre a la cara.
—Yo… —empezó—. Estaba mirando.
—Estabas robando. Pero sin saber, que es peor. Si te llevás conos verdes de los bolsillos, los vas a tener enmohecidos en dos días. —Se acercó, le sacó con dos dedos el puñado de la mano y lo miró contra la luz de una claraboya—. ¿Para qué los querés?
Ella pensó en mentir. Pensó en decir que eran para una cerveza casera, para un novio inventado, para cualquier cosa. Le salió la verdad con voz de nena.
—Para mi abuela. No duerme. Dicen que el lúpulo en la almohada ayuda. Yo pensé que, si iba a estar toda la semana acá…
Oscar no dijo nada. Soltó los conos otra vez sobre la malla, uno por uno, como si los devolviera a un dueño. Después fue hasta un estante junto a la puerta, agarró una bolsa de tela de las que usaban para las muestras del laboratorio y la llenó, sin pesarla, hasta que quedó redonda como una pelota.
—Esto es descarte de la prueba de humedad —dijo, y la voz le salió medio áspera—. Va a la basura. Si alguien pregunta, se la llevaste vos de la basura.
Dalila agarró la bolsa con las dos manos. Pesaba casi nada y olía a todo el valle. Tenía la garganta cerrada.
—Mi mujer dormía así, con eso debajo de la oreja —agregó el capataz, ya de espaldas, rumbo a la balanza—. Dos mil flores y ni una pesadilla. Volvé a la fila, que las guías no se cortan solas.
El sábado a la noche, Dalila tomó el último colectivo hasta el centro con la bolsa sobre las rodillas. Había cosido una funda de lienzo con hilo prestado y la había rellenado a mano, flor por flor, hasta que la almohada quedó chata y crujiente, como un colchón para un pájaro.
Su abuela abrió la puerta en camisón, con el pelo suelto. Miró la almohada. La olió. Y se la llevó contra la cara con los ojos cerrados, mucho tiempo, hasta que se le aflojaron los hombros.
—Pasá —dijo al fin—. Hacé un mate. Voy a acostarme un ratito.
Dalila se quedó en la cocina, con las manos todavía manchadas, escuchando el agua llegar al hervor. Cuando volvió a asomarse al cuarto, Rosa dormía de costado con la cara hundida en la almohada, y el olor del lúpulo subía hasta el techo y lo llenaba de montaña.
Eran las diez y diez. Afuera, en alguna parte, el Quemquemtreu seguía bajando.
Leave a Reply