Anacleto Brizuela engrasó los rodillos de la estación de Chilecito por última vez un martes de enero de 1927, con el sol todavía bajo detrás del Velasco y el olor a nogal verde subiendo desde las quintas. Tenía las manos negras hasta la muñeca. Sobre el banco, junto al bidón de grasa, había un frasco de vidrio con dulce de membrillo y un trapo atado con hilo sisal.
Hacía veintidós años que alimentaba ese cable. Había visto subir rollos de soga, bolsas de harina, cajones de velas, leña, herramientas, hasta una vez un piano desarmado que nunca supo para quién era. Y había visto bajar el mineral en las vagonetas, una detrás de otra, balanceándose sobre las torres con ese chirrido parejo que él conocía mejor que la voz de su mujer.
Esa mañana el jefe de estación había leído el papel. Se terminaba. La última vagoneta cargada salía a las siete y media, y después apagaban las calderas.
—Hacé lo que tengas que hacer, Brizuela —le dijo—. Pero lo que no es de la empresa no sube. Son órdenes.
Anacleto asintió y no dijo nada. Se quedó mirando el frasco.
Arriba, en la estación de Los Bayos, a casi cuatro mil metros, estaba su compadre Ceferino Olmos. Llevaba nueve inviernos allá, con una estufa a leña y un teléfono de manivela que sonaba tres veces por día. Ceferino le había mandado a decir por línea, la semana anterior, que se quedaba hasta el final, que bajaría con la última mula cuando cerraran todo, y que lo único que extrañaría de abajo era el dulce de membrillo de Rosa, la mujer de Anacleto.
Por eso el frasco.
A las seis y media empezaron a cargar. Los peones iban y venían con los cajones de repuestos, los últimos que subirían a una mina que ya nadie quería abrir. Anacleto esperó a que el capataz se fuera a la caldera. Se acercó a la vagoneta que estaba en el andén, la tercera de la fila, y levantó la tapa de un cajón de clavos.
—No lo hagas —dijo una voz detrás.
Era Telma, la hija del telegrafista, que a los catorce años ya atendía el teléfono de la estación cuando el padre se descomponía. Tenía una trenza gruesa y una libreta donde anotaba los llamados.
—Si el jefe lo ve, te saca la jubilación —dijo.
—No me va a ver. Son cuatro horas hasta Los Bayos y no hay quien revise un cajón de clavos.
—Y si se rompe.
—Es vidrio grueso, de Rosa. Aguanta el viaje y aguanta una guerra.
Telma lo miró un rato largo. Después tomó el frasco de las manos de Anacleto, lo envolvió en el trapo, lo acomodó entre dos bolsas de clavos y cerró la tapa con el pie, despacio, para que no sonara.
—Yo aviso allá que va —dijo—. Si no, Ceferino lo tira con los clavos.
A las siete y media el silbato sonó una sola vez. El cable tensó, las ruedas giraron, y la fila de vagonetas empezó a subir despacio hacia la primera torre, una atrás de otra, cada una con su sombra larga estirada sobre el cerro. Anacleto las siguió con la vista hasta que la tercera se perdió detrás de los algarrobos. Ese chirrido, que había escuchado casi toda la vida, se fue alejando como un animal que se va a dormir.
Esperó. La estación quedó en silencio, apenas con el crujir de la chapa que se enfriaba. Rosa vino con un mate y se sentó a su lado en el banco, sin preguntar.
A las once y media, el teléfono de la oficina sonó con la señal larga. Telma salió corriendo, descolgó, escuchó, y levantó la cabeza hacia la puerta.
—Anacleto. Es para usted.
Él tomó el auricular con las dos manos, todavía sucias de grasa. La línea traía mucha estática, un viento de altura que silbaba entre los cables, y detrás, muy lejos, la voz de Ceferino:
—Compadre. Llegó un frasco entre los clavos.
—¿Llegó entero?
—Entero. Con el trapo y todo. Lo abrí con el cuchillo. —Hubo un silencio largo, y se oyó crujir la leña de una estufa—. Está tibio, Anacleto. Anduvo cuatro horas al sol.
—Es el membrillo, que se hace el tonto —dijo Anacleto, y se dio cuenta de que le temblaba la voz.
—Estoy mirando hacia abajo. Se ven las luces de Chilecito, chiquitas. Y acá no se mueve nada. Es la primera vez en nueve años que no escucho el cable.
Anacleto cerró los ojos. Detrás de los párpados todavía veía las vagonetas subiendo, una por una, tan despacio que parecían quietas.
—Comelo con pan, compadre —dijo—. Y bajá cuando puedas.
Del otro lado, antes de cortar, Ceferino dijo algo que el viento se llevó. Anacleto colgó el auricular y salió al andén. Arriba, en el filo oscuro del Famatina, había una luz sola, amarilla, donde no había ninguna: la de una estufa a leña en la ventana de Los Bayos, encendida para nadie más que para él.
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