El la de Eusebio

Nélida Quiroga bajó del 37 en Caseros y caminó las tres cuadras que faltaban con el estuche contra el pecho, como se lleva a un chico dormido. Había llovido a la mañana y las veredas de Parque Patricios olían a hierro mojado y a pan de la panadería de la esquina. En la calle Cátulo Castillo, entre dos galpones, una persiana levantada hasta la mitad dejaba salir una luz amarilla y un sonido finito, repetido, como de alguien que prueba una misma cuerda una y otra vez.

Se agachó para pasar. Adentro había tres mesas de trabajo, estantes con fuelles de cartón marmolado y un ventilador parado. Un muchacho de delantal gris, con anteojos levantados sobre la frente, soplaba un peine de lengüetas diminutas con una pera de goma.

—Buenas tardes —dijo ella—. Me dijeron que acá arreglan bandoneones.

—Arreglamos, afinamos y a veces resucitamos. —El muchacho dejó la pera—. Soy Emmanuel. ¿Qué le pasa al suyo?

Nélida apoyó el estuche sobre la mesa y trabó los broches con los pulgares. Adentro, sobre un paño verde gastado, estaba el instrumento: negro, con las esquinas de metal opacadas por cuarenta años de sudor de manos. En la tapa, casi borrada, se leía AA.

—Es un Alfred Arnold —dijo Emmanuel, y bajó la voz sin darse cuenta—. ¿De qué año?

—De 1938. Eso decía mi marido. Se lo compró a un tipo de Barracas en el cuarenta y nueve, con la plata de dos meses de sueldo en la fábrica de zapatillas. Yo me enojé tres semanas.

—¿Y ahora?

—Ahora no suena. Eusebio se murió en marzo y el fuelle perdió aire mucho antes. Hace años que está en el ropero. —Se acomodó la cartera en el hombro—. No quiero que lo dejen perfecto ni nada de eso. Quiero que suene una nota. Una sola. Un la, abriendo, la mano derecha.

Emmanuel levantó el instrumento con las dos manos, lo estiró un par de centímetros y acercó la oreja. Se oyó un resoplido largo, como de globo que se desinfla.

—El fuelle está pinchado en varios lados. Hay que desarmarlo, y eso lleva semanas.

—Yo tengo hasta el domingo —dijo Nélida—. Ese día se cumplen seis meses y mi hijo viene de Rosario con los nietos. Quiero que lo escuchen una vez.

El muchacho no contestó enseguida. Miró el reloj de pared, que marcaba las cinco y diez, y miró la cara de ella, que no pedía nada más.

—Venga mañana a la tarde —dijo—. No le prometo la nota. Le prometo que lo intento.

Esa noche Emmanuel se quedó solo en el taller. Sacó los tornillos de las tapas, uno por uno, y los fue ordenando en un platito, como le habían enseñado. Separó el fuelle del cuerpo. Con una linterna chiquita revisó los marcos de cartón y encontró lo que esperaba: el cuero de las esquinas estaba reseco y cuarteado, y en dos pliegues se veía la luz a través.

Pero entre el cartón y la tela del último pliegue, doblado en cuatro, había un papel.

Lo abrió con la punta de una pinza. Era el talón de una entrada a un baile, impreso en azul, con la fecha 14 de agosto de 1951 y el nombre de un club de Boedo. Del otro lado, escrito a lápiz con letra apretada, decía: “Para que no se olvide cómo suena cuando ella se ríe”.

Emmanuel lo dejó sobre la mesa. Estuvo un rato largo sin tocar nada. Después puso la pava, cebó un mate y volvió a trabajar.

Parchó los pliegues con cuero fino y cola tibia. Cortó cartón nuevo para un marquito. Con una lima del grosor de un cabello revisó la lengüeta del la, que estaba sucia pero entera, y la limpió hasta que brilló un poco. Cuando por fin apoyó el instrumento sobre el banco, afuera ya había empezado a clarear sobre los galpones y pasaba el primer colectivo con las luces prendidas.

Nélida llegó a las cuatro de la tarde, con el mismo abrigo marrón. No preguntó nada. Se quedó parada frente a la mesa.

—Todavía no está listo —dijo Emmanuel—. Le faltan semanas. Pero el la lo pude dejar.

Le puso las correas en las manos. Ella las tomó con una torpeza de años, apoyó el instrumento en las rodillas y buscó con el pulgar derecho el botón, que todavía recordaba. Abrió despacio, sin apuro, con el codo flojo.

Salió un la corto y un poco ronco, con aire de más, que se quebró al final. Después, sin que ella hiciera nada, el fuelle lo sostuvo un segundo más.

—Ahí está —dijo Nélida.

Emmanuel le alcanzó el talón de entrada, ya alisado entre dos hojas de papel de seda.

—Estaba adentro. Es suyo.

Ella lo leyó parada, con los labios moviéndose apenas. Se rió, primero por la nariz y después con la boca abierta, una risa corta y aguda que llenó el taller.

Y en el fuelle, todavía abierto sobre sus rodillas, quedó un último soplo de aire que sonó a la par, una nota muy baja, como si el instrumento también se acordara.

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