A la una y media de la madrugada, Aurelio Funes ya había abierto once compuertas. La doce era la que le pesaba en el bolsillo de la campera, doblada en cuatro: la boleta de turno del parral de los Cortez, cuarenta minutos, de tres y diez a tres y cincuenta, hijuela Sarmiento, Maipú.
Era el primer riego de la temporada. Durante el invierno los canales habían quedado secos y limpios, con las barrancas peladas, y esa noche el agua bajaba de nuevo desde el río con olor a piedra mojada y a tierra que se despierta. Aurelio caminaba el borde de la acequia con la pala al hombro y la linterna apagada. Después de treinta y ocho años no necesitaba luz para saber dónde se ensanchaba el cauce ni dónde había que pisar de costado para no hundirse en el barro.
Esa era su última noche. El lunes entraba un muchacho nuevo, con tableta y un aparato para medir caudales, y a Aurelio le habían organizado un asado en la inspección de cauce para el viernes. Él había dicho que sí a todo, porque a esa edad uno aprende a decir que sí cuando lo que quiere es otra cosa.
Lo que quería era llegar a las tres y diez al parral de los Cortez.
El problema era que la finca ya no era de los Cortez. La habían vendido en agosto, y en el cuadro de turnos nuevo que le dieron en la inspección, el padrón aparecía partido en catorce lotes, con una anotación a lápiz: sin cultivo, turno en suspenso. Nadie le había prohibido abrir. Nadie le había pedido que abriera. Si se quedaba en la cabecera de la hijuela con el termo y el mate, a las siete de la mañana nadie lo iba a notar.
A las tres menos cuarto llegó a la toma. Apoyó la pala, se sentó en el cemento todavía tibio del día y cebó el mate. Del otro lado de la acequia, entre los álamos, vio una luz que se movía despacio, chiquita, como de quien no quiere que lo vean.
—Yo te vi —dijo Aurelio, sin levantar la voz—. Salí, que no muerdo.
Del álamo salió una nena de unos diez años, en pijama y con botas de goma, con una linterna de esas que se cargan a manivela. Se paró a tres metros, lista para correr.
—Soy Julieta. Vivo en la casa del fondo. Mi papá compró el terreno.
—¿Y tu papá sabe que estás acá?
—Duerme. —Se quedó callada un rato—. Usted es el que abre el agua.
—Soy el tomero.
—Mi papá dice que el parral lo van a sacar en noviembre. Que viene una máquina. Dice que es una planta vieja que da poca uva.
—Es uva criolla —dijo Aurelio—. Plantada por el abuelo de los Cortez, del año treinta y pico. Da poca, sí. Pero dulce.
La nena apuntó la linterna al piso.
—Entonces, ¿para qué quiere abrirle el agua si lo van a sacar?
Aurelio no contestó enseguida. Escuchaba el agua en la compuerta de arriba, que golpeaba apenas contra la chapa. Tampoco él tenía la respuesta ordenada. Tenía otra cosa: una costumbre que le habían enseñado a los veinte años, cuando el tomero viejo, don Segundo, lo llevó de la mano a esta misma acequia y le dijo que el agua no se le pregunta a nadie, que se entrega.
—Porque a las tres y diez le toca —dijo—. Mientras ese parral esté parado ahí, tiene cuarenta minutos que son suyos. Los papeles los cambia cualquiera. Un turno hay que cumplirlo.
—Pero si nadie lo mira.
—Por eso mismo.
Julieta lo pensó con el ceño fruncido. Después cruzó la acequia por la tabla, con cuidado, y se sentó a su lado en el cemento.
A las tres y nueve Aurelio se levantó y fue hasta la compuerta de la hijuela. Era una chapa herrumbrada con un volante de fierro que había que girar con las dos manos. La nena puso las suyas junto a las de él, sin que se lo pidiera, y empujaron juntos. El volante rechinó, cedió, y el agua entró por el cauce chico con un ruido espeso, de cosa que llevaba meses esperando.
Caminaron detrás de ella. El agua iba adelante, marrón y brillante bajo la linterna a manivela, doblando por el surco entre las matas de pasto seco, hasta que encontró la primera hilera de cepas. Las ramas desnudas del parral formaban un techo bajo, retorcido, lleno de nudos. El agua se abrió en tres, en cuatro, en cinco hilos finos que fueron entrando de a uno en cada pie.
—Mirá —dijo Aurelio, y era la primera vez que tuteaba a alguien en toda la noche—. Escuchá.
Se quedaron callados. Bajo la tierra, y entre las raíces, sonaba algo parecido a un trago largo.
A las tres y cincuenta, cuando volvió a la compuerta para cerrar, Julieta ya no lo seguía. Se había quedado de rodillas en el borde del surco con la linterna apagada, mirando cómo el último hilo de agua se hundía en el pie de la cepa más vieja.
Aurelio giró el volante hasta que la chapa tocó el fondo. Agarró la boleta del bolsillo, la alisó contra la pierna y le anotó con la lapicera de siempre la hora de cierre. Después, en la línea de observaciones, escribió: entregado.
Caminó de vuelta hacia el camino con la pala al hombro. Atrás, en la oscuridad, la nena seguía en el parral, y el aire olía a tierra mojada, que en Mendoza es el olor de que todavía queda tiempo.
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