La yegua overa de Eleuterio

Eleuterio Cañumil entró a la radio con el sombrero en la mano y un pedazo de etiqueta de yerba doblado en cuatro. Eran las nueve y diez de la mañana en Río Gallegos, el viento sacudía el cartel de la avenida y en el hall olía a café recalentado y a estufa de kerosén.

—Vengo por un mensaje —dijo.

Ofelia Bustos levantó la vista del mostrador. Hacía veintidós años que recibía mensajes para el hombre de campo en pedazos de cuaderno, en boletas del almacén, una vez en la tapa de una caja de fusibles. Ya no se sorprendía por el soporte. Se sorprendía, de vez en cuando, por el contenido.

—Dame, don.

Eleuterio le alcanzó la etiqueta. Estaba escrita a lápiz, con letra grande y apretada, de alguien que aprendió a escribir de grande y le tiene respeto al renglón. Ofelia leyó en voz baja: «Para Anselmo Cañumil, puesto Los Tres Cerros, camino a Gobernador Gregores. La yegua overa parió. Es colorada. Que venga a verla.»

—Está clarito —dijo Ofelia—. Lo leemos a las doce y a las siete de la tarde. Son cuarenta pesos por lectura.

—Una sola vez.

—¿A qué hora?

Eleuterio miró el reloj de pared, que adelantaba, y después la ventana, donde un camión de lana pasaba a los barquinazos.

—A las doce. Cuando él come.

—¿Es tu hermano?

El hombre tardó en contestar. Sacó un paquete de cigarrillos, lo miró, lo guardó otra vez.

—Era.

Ofelia no preguntó más. Había aprendido que a ese mostrador la gente llegaba con la mitad de la historia y se iba con la otra mitad sin contarla. Anotó el mensaje en el cuaderno de tapas duras, le puso la hora y la sigla, y le dio el recibo.

Eleuterio se quedó parado.

—¿Pasa algo?

—Si la dice así, ¿él va a entender?

—Es un aviso de yegua.

—Claro. Pero si la dice así, él va a entender que yo… —y se calló, buscando la palabra entre las manos—. Veinte años son. Desde la muerte del viejo, por el campo. No nos hablamos más. Yo me quedé con el puesto de arriba y él con el de abajo, y nos cruzábamos en la tranquera sin saludar. Después él se fue para el lado de Gregores y yo me quedé solo con los capones.

—¿Y la yegua?

—Era del viejo. La overa. Cuando se murió, Anselmo se la quiso llevar y yo no lo dejé. —Se rascó la nuca—. Ahora parió, y la cría salió colorada como el potro que tenía él de chico. Eso él lo va a saber. Nadie más.

Ofelia dejó la lapicera sobre el cuaderno.

—Entonces el mensaje está bien, pero le falta una cosa.

—¿Qué cosa?

—Tu nombre. Así como está, parece que lo manda cualquiera.

—Si pongo mi nombre no viene.

—Si no lo ponés, tampoco sabe que lo llamás vos.

Afuera, el viento le dio un golpe seco a la puerta vidriada. Eleuterio miró el piso de baldosas, la alfombra gastada, la foto de la antena en 1938 colgada detrás del mostrador. Se acordó de que el hermano, de chico, nunca contestaba a los gritos: había que ir a buscarlo.

—Ponele —dijo por fin—. Ponele «de parte de Eleuterio».

Ofelia tachó, escribió y le devolvió el cuaderno para que viera. Él lo miró de lejos, sin lentes, y asintió como si firmara una escritura.

—Una cosa más —dijo ella—. Hay mensajes que se leen a las doce, pero los lee Jorge, el locutor, con voz de noticia. Si querés, lo leo yo, que me quedo hasta las dos. Lo leo despacio.

—¿Hay diferencia?

—La gente que escucha se da cuenta cuando alguien se lo cree.

Eleuterio se calzó el sombrero. Ya en la puerta, se dio vuelta.

—¿Y si no viene?

—Entonces la yegua se queda con vos y el potrillo crece igual.

Él sonrió por primera vez, apenas, con la boca cerrada, y salió. Ofelia lo vio cruzar la avenida contra el viento, con el cuerpo inclinado, hasta que la camioneta de un vecino lo tapó.

A las doce menos cinco, Ofelia pasó al estudio con el cuaderno. Jorge le cedió el micrófono con un gesto de ceja. Sonó la cortina de la radio, un compás de guitarra gastado de tantas repeticiones, y en la sala de control se encendió la luz roja.

Leyó los avisos como siempre: un pedido de donantes de sangre, unas ovejas con marca de oreja, un cumpleaños en Cañadón León. Al llegar al de la yegua, se detuvo medio segundo de más.

—Para Anselmo Cañumil, puesto Los Tres Cerros, camino a Gobernador Gregores. La yegua overa parió. Es colorada. Que venga a verla. De parte de Eleuterio.

Repitió el último nombre, despacio, una vez más que de costumbre, y no corrigió el ritmo.

Después siguieron las noticias del puerto, el pronóstico con viento del oeste y la hora exacta.

A las cuatro de la tarde sonó el teléfono del mostrador. Una mujer, con ruido de estática detrás, dijo que llamaba desde el almacén de un paraje y que un hombre le había pedido que avisara: que había escuchado, que salía el sábado, que llevaba mate.

—¿Cómo se llama el hombre? —preguntó Ofelia, aunque lo sabía.

—No quiso decirlo. Dijo nomás que el mate lo llevaba él.

Ofelia colgó, abrió el cuaderno de tapas duras y debajo del mensaje de la mañana escribió, con la letra más prolija que tenía, una línea que ningún locutor iba a leer jamás: «Recibido.»

Después apagó la estufa de kerosén, porque en la radio ya hacía calor.

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