A las siete y diez de la mañana el termómetro de la farmacia de la esquina ya marcaba treinta y dos, y Hortensia Vallejos llevaba en la bolsa del supermercado un pan de cera de abejas, un frasco de aceite de lino, un trapo de algodón que había sido camisa de su marido y un termo con agua para el tereré. Cruzó la vereda con cuidado, esquivando las baldosas flojas, hasta quedar frente al tronco.
Era un tronco de urunday de casi dos metros, labrado en tres pliegues que subían como una llama quieta. Lo habían hecho en un concurso de la plaza, hacía más de treinta años, un escultor flaco que dormía en el galpón de la Fundación y que se cortaba el pelo solo, con tijera de cocina. Después lo habían trasladado a esa vereda, entre un kiosco y una verdulería, y ahí se había quedado, con el sol de frente cada tarde.
Hortensia lo tocó con la palma abierta. El urunday es madera de hierro: no se hunde, no cede, pero se abre. Y en el pliegue del medio, a la altura de su hombro, había aparecido una fisura nueva, fina como un pelo de gato.
—Señora, no se arrime, que hoy lo intervienen.
El que hablaba era un muchacho de remera gris con el logo del taller de restauración municipal, con un cuaderno en la mano y una cinta amarilla colgada del cuello. Tendría veintipico. Tenía la cara de quien recibió una orden y la va a cumplir sin ganas.
—Ya sé que hoy lo intervienen —dijo Hortensia—. Por eso vine temprano.
—¿Es familiar del artista?
—Soy la que le vendía el tereré.
El muchacho levantó las cejas. Hortensia se sentó en el cordón, con las rodillas crujiéndole, y sacó el termo. Le sirvió un vaso a él sin preguntar. Él dudó y lo tomó.
—En el ochenta y ocho yo tenía treinta y cuatro años y una heladera de telgopor —dijo—. Me ponía debajo del lapacho, al lado de los escultores, con el hielo, la yerba y los limones. Este hombre trabajaba de seis a doce, y a las doce paraba porque la madera se le calentaba tanto que le quemaba las manos. Yo le llevaba el vaso y él me explicaba cosas que yo no le había preguntado. Que el urunday no se pinta. Que no se le pone nada brillante. Que lo único que le hace bien es la cera, una vez al año, antes de la época de lluvias, en caliente.
—Hoy le vamos a poner una protección de poliuretano —dijo el muchacho, mirando el cuaderno—. Dura diez años. Es lo que dispuso el área.
—Dura diez años y después se levanta en escamas. Lo vi en el banco de la plaza.
El muchacho no contestó. Tomó otro trago. En el techo de la verdulería, las chicharras empezaron a gritar todas juntas, como si alguien las hubiera enchufado.
—¿Cuánto falta para que llegue la camioneta? —preguntó Hortensia.
—Media hora. Capaz cuarenta minutos.
—Me alcanzan.
No esperó permiso. Armó la cera en una latita de durazno que traía en la bolsa, la puso a baño maría sobre un calentador a alcohol, derritió el pan despacio, le sumó tres cucharadas de aceite de lino y revolvió con un palito de helado. El olor a miel quemada y a cocina de abuela le ganó a la nafta de la avenida. El muchacho se quedó mirando, con el vaso vacío en la mano.
—Tiene que ser tibia —explicó ella—. Si está caliente se chorrea, y si está fría se hace grumo. Probala en el dorso de la mano.
Él se acercó, dudando, y se puso un poco en la muñeca.
—Tibia.
—Bien. Ahora el trapo.
Hortensia empezó por abajo, donde el tronco se hundía en el cemento. Pasaba el trapo en círculos chicos, sin apretar, y la madera, que parecía gris de lejos, se iba poniendo del color de la tierra del Chaco después de la lluvia, un colorado oscuro con venas casi negras. En la fisura del medio no frotó: apoyó la cera con el dedo, apenas, y esperó. La grieta bebió. Se la vio beber.
—No sabía que se podía hacer así —dijo el muchacho, en voz baja.
—No se podía hacer de otra manera. Eso es lo que me quedó de él.
Pasó un colectivo y levantó una nube de polvo caliente. Una señora con bolsas de feria se frenó a mirar, y después siguió. El muchacho dejó el cuaderno sobre el cordón, se enjuagó las manos con el agua del termo y estiró una mano hacia el trapo. Hortensia se lo dio sin decir nada. Le mostró el movimiento una sola vez, con la muñeca suelta, y lo dejó solo con el pliegue de arriba, donde ella ya no llegaba.
Él trabajó con la lengua apretada entre los dientes. Cada tanto se agachaba, miraba el tronco al ras de la luz y corregía. Cuando terminaron, la escultura brillaba sin brillar: tenía ese lustre apagado de las cosas que se tocan seguido.
La camioneta del taller dobló por la esquina a las ocho y cuarto. De la cabina bajaron dos hombres con guantes y un tarro de laca. El muchacho se les adelantó, tapando con el cuerpo el tronco.
—Esperen —dijo—. Hay que hablar con la jefa. Esto ya está tratado.
—¿Tratado por quién?
El muchacho miró a Hortensia. Ella ya había guardado la latita, el calentador y el palito de helado en la bolsa, y estaba enroscando la tapa del termo con las dos manos.
—Por el taller —dijo él.
Hortensia se levantó del cordón, sacudió la pollera y empezó a caminar hacia la parada. A los diez pasos escuchó que alguien repetía, atrás, con otra voz, “cera, dice, en caliente, una vez al año”, y no se dio vuelta. Adelante, el sol ya había trepado hasta el techo de la verdulería. Detrás, en la vereda, el urunday se dejaba calentar sin abrirse, oscuro y parejo, con la grieta cerrada como una boca que acaba de tomar agua.
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