El camión de Río Cuarto llegaba a las diez, y a las seis de la mañana Ofelia Colque todavía no había cortado el primer pan. En Salinas Grandes, a más de tres mil cuatrocientos metros, el frío de la madrugada se mete por las mangas y se queda. La salina estaba blanca y dura, con esa costra que cruje como azúcar quemada, y el cielo recién empezaba a despegarse de la sierra de Chañi.
Había treinta y ocho panes pedidos. Para el ganado, le había dicho el chofer por teléfono, la voz entrecortada por la señal: sal en pan para los campos de allá abajo, que los animales la lamen y se ponen fuertes. Treinta y ocho, ni uno más. Ofelia los tenía contados desde el lunes con piedritas en el bolsillo del delantal.
Pero esa mañana iba a cortar treinta y nueve.
—Abuela, ¿para qué hacés uno de más? —preguntó Yanina, que a los catorce años se había levantado con ella sin que se lo pidieran y ahora soplaba las manos paradas junto a la cantera—. Si no te lo pagan.
—Ya vas a ver.
Tomó el hacha. No era la que usaban ahora, con el mango de aluminio que les había dejado un proveedor. Era la de su padre, con el filo gastado en media luna y el cabo de madera oscurecido por cuarenta años de manos. Ofelia la apoyó contra la costra, marcó el rectángulo con dos golpes cortos y empezó.
La sal se corta con paciencia. Un golpe no, tres; después se hunde la punta en la línea y se hace palanca, y el pan se levanta con un ruido seco, de puerta que se abre. Ofelia los fue sacando uno por uno, blancos, parejos, del largo de un antebrazo. Yanina los apilaba en la chata con la cara metida en la bufanda. A las ocho llevaban treinta y ocho. El sol ya pegaba sobre el salar y la luz rebotaba tan fuerte que había que mirar con los ojos casi cerrados.
—Ese es el del pedido —dijo Ofelia, y se sentó en un cajón a masticar coca—. Ahora viene el otro.
Cortó el último con más lentitud, y lo eligió de una zona donde la sal tenía un tono apenas celeste. Cuando lo levantó, lo limpió con la palma y lo puso aparte, sobre un poncho doblado.
—Mi papá hacía el último viaje así —contó—. Antes de que hicieran la ruta, bajaban a la Quebrada con los burros cargados de pan, veinte, treinta animales. Se cambiaba sal por harina, por maíz, por fruta. Iban quince días entre ida y vuelta. Y siempre, antes de salir, un pan se cortaba para dejarlo en la apacheta.
—¿Y qué se hacía con ese?
—Nada. Se dejaba. Con coca, con un poco de alcohol, con una lana de color atada a las piedras. Era para pedir que el camino fuera bueno. —Ofelia se tocó la rodilla, que le dolía con el frío—. Yo hace veinte años que no dejo nada. Primero porque no había tiempo, después porque nadie lo hacía, después porque me daba vergüenza. Y mi papá murió y me quedé con el hacha y con esa deuda.
Yanina miró el pan celeste. Era hermoso, pero era un pan de sal, nada más.
—Es plata que perdés —dijo, bajito.
—Es plata que perdí veinte años —contestó la abuela, sin enojo.
A las nueve y media se oyó el motor. El camión subía por la ruta cincuenta y dos con la cabina cubierta de polvo y una patente de Córdoba. El chofer bajó, un hombre ancho, de bigote, con un termo bajo el brazo, y contó los panes con la lapicera en la mano. Treinta y ocho. Firmó el remito, le alcanzó un mate a Ofelia y se quedó mirando el poncho con el pan aparte.
—¿Ese me lo olvidé de pedirlo?
—Ese no se vende.
El hombre asintió despacio, como quien entiende algo que no sabe explicar. Ayudó a cargar sin hacer más preguntas y, antes de arrancar, sacó de la cabina un atado de coca que le quedaba y se lo dejó a Yanina sobre el capot.
—Por si hace falta —dijo.
Cuando el camión se perdió en la curva, Ofelia envolvió el pan en el poncho, lo acomodó sobre el lomo del burro viejo que usaban para cargar el agua, y emprendió el camino por la ladera, hacia las piedras apiladas que se veían a un kilómetro, donde un sendero de herradura cruzaba el cerro. Yanina la siguió con la mochila y el atado de coca.
La apacheta era un montículo de piedras de todos los tamaños, algunas con restos de lana descolorida. Ofelia bajó el pan con las dos manos y lo apoyó arriba. Después sacó la botella chica de alcohol y challó el suelo, tres gotas para cada lado. Masticó una hoja de coca, la dejó entre las piedras y le hizo a su nieta un gesto con el mentón.
Yanina dudó. Se sacó del bolsillo el hilo rojo con el que se ataba el pelo, lo enrolló alrededor de una piedra y lo ató con doble nudo.
Ofelia no dijo nada. Miró hacia abajo, donde la salina brillaba entera hasta el pie de las sierras, y el viento le llevó el pelo a la cara.
Volvieron caminando atrás del burro. A mitad de la bajada, Yanina se dio vuelta y vio que sobre las piedras, contra el cielo, el pan celeste había tomado la luz de la mañana y brillaba como una lamparita encendida para alguien que todavía venía en camino.
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